Desde la entrada en vigor de este liberticida “estado de alarma” -toques de retreta forzada; prohibición de movimiento, circulación, reunión y manifestación; bozales obligatorios en todo tiempo y lugar; vacunaciones obligatorias, etc.-, surgió el fenómeno de la “policía de balcón” al más rancio estilo bolchevique. Es decir, el estado policial en su más pura esencia.

Inoculado el terror, cual vacuna efectiva contra la libertad, a base de grandes dosis diarias, por medio tanto del propio Gobierno, facilitando datos contradictorios y falseados, como por los medios de comunicación lacayos del poder, insistiendo, de forma machacona y a diario, sobre el mismo tema, surgió el fenómeno más vil y rastrero que pone de relieve la miseria humana: la delación, utilizando para ello todos los medios al alcance del poder.

No debemos perder de vista aquellas palabras de aquel General de la Guardia Civil que hablaba de “minimizar los efectos de las críticas al Gobierno” y, a partir de ahí, surgió todo lo demás. Entrevistas radiofónicas y televisivas en las que tal o cual ciudadano ponía el grito en el cielo por ver a grupos de jóvenes reunidos o a vecinos que salían a correr sin mascarilla, siendo el propio locutor o locutora -más estas últimas- el que animaba, sin recato, a que todo aquel que observase tales conductas “delictivas” actuase de vulgar “lametraserillos” y diese cuenta a la autoridad competente de acciones tan deleznables.

Eran estos, los mismos que incitaban a que, cada tarde a las ocho, saliesen las masas a los balcones, como borregos, a ovacionar y dar gritos de ¡olé!, sin saber muy bien a quien iban dirigidos tales aplausos, ni tales felicitaciones, ni siquiera que fin perseguían o si simplemente constituían una cortina de humo para ocultar lo que realmente estaba sucediendo.

Esta operación de gran calado y sabiamente planificada y dirigida, sirvió para crear la base de “la policía de balcón” con la que cualquiera, aparándose en el miedo y en su propia seguridad, es capaz de delatar a otro, incluso al vecino o al compañero.

Se trata de instaurar el sistema policial puro, al más rancio estilo comunista -así pervive todavía un régimen liberticida como el cubano-, donde cada inmueble, cada calle y cada barrio cuentan con un comisario político que pone en conocimiento de la autoridad aquellas conductas de sus convecinos que considera desviadas de acuerdo con los patrones ideológicos del régimen.

De esta forma, amparándose en el principio de la “buena ciudadanía”, tienen cabida y se justifican conductas tan deleznables como la delación, cuando no el simple y miserable hecho de saldar viejas rencillas y, encima, como siempre, tirando la piedra y escondiendo la mano, un gesto “muy gallardo y valiente”. La miseria humana en estado puro.

No hace mucho, supimos de aquel chat de militares retirados donde un miserable traidor, que se tildaba de compañero, delató la conducta de uno de ellos, sin duda con el fin de lograr la sonrisa cómplice y el vil reconocimiento del poder.

Otro día, supimos de aquella patada en la puerta provocada por las denuncias de vecinos que hablaban ante el medio de comunicación de turno, con el rostro tapado y sin dar la cara a la cámara, que, probablemente, exagerando los hechos, reclamaron la urgente presencia de la Policía con el fin de terminar viejas rencillas de escalera.

Y hoy, sabemos de la apertura de expediente disciplinario a tres policías que, en un chat privado del que forman parte teóricamente compañeros de destino o promoción, osaron aludir al Ministro del Interior diciendo que “se Marlaska la tragedia”. “Grave ofensa”, se mire como se mire.

Sin embargo, lo más grave de todo esto es que la delación, la traición, partió de un tipejo que, el resto de los participantes en el chat, consideraban “compañero”. Solo hay que imaginarse que se puede esperar de un tipo como este, que si es capaz de traicionarte con motivo de un comentario tan infantil como el antedicho, qué no haría si tuviese que jugarse la vida contigo en la calle en el contexto de una actuación. Sin duda, habría que ponerse en lo peor.

Lo realmente grave de todo esto es que este malvado gobierno comunista, con la aquiescencia de los reyezuelos autonómicos de la derechona, nos está conduciendo a esta situación en la que la traición y la deleción, incluso entre compañeros, están a la orden del día, justificándola tras la cortina de terror que nos han inoculado, con la burda justificación de que tales conductas pueden salvarnos la vida.

Todos recordamos con odio a aquel despreciable compañero de clase que, cada vez que se alteraba el orden en el universo del aula y el profesor de turno exigía conocer la identidad de los responsables de tal alteración, se encargaba de señalar a los infractores con el fin de lograr alguna prebenda ulterior. Pues bien, la conducta de aquel deleznable y odiado “chiveta” de clase de primaria y bachillerato, ahora ha aflorado nuevamente convertido en vecino “responsable y fiel cumplidor de las normas” impuestas por estos políticos canallas o, lo que es peor, en compañero, que no camarada, de profesión o promoción que pretende ganarse los favores del mando, es decir, hacerse acreedor a recibir las treinta monedas al más rancio estilo del Judas de turno.