Las prisas no suelen ser buenas para nada. Y, sin embargo, comprobamos una vez más cómo, arrastrados por informaciones muy fragmentarias –opiniones vertidas en un telediario, oídas en la radio, leídas en algún periódico, o a partir de vídeos compartidos en las redes sociales–, todo el mundo parece tener claro lo que sucede en Ucrania. Y, sobre todo, quién tiene razón y quién es culpable. Inmediatamente nos sentimos obligados a tomar partido, a tener una posición sobre la guerra, y a debatir o discutir sobre lo que se puede y debe hacer al respecto. Los expertos y opinadores escriben artículos a toda velocidad, acaparan las tertulias y la atención de la audiencia queda absolutamente atrapada con un conflicto que empezó hace diez años, que una mayoría ya había olvidado y que muy pronto volverá a olvidar.

No resulta muy arriesgado suponer que, si la guerra termina pronto, dentro de apenas un par de años serán muy pocos los que recuerden ciudades como Odessa, Jarkov o Donetsk; los ríos Dniéster, Dniéper y Don, o incluso el nombre de la misma capital ucraniana. Pues, en general, lo que se aprende rápido se olvida rápido. Y cuando en los hogares no se lee, en la escuela se desdeña la memoria –cuántas veces habremos oído despreciarla como “la inteligencia de los tontos”– y en los medios escritos la política internacional se trata esporádica y superficialmente, comprobamos que no hay sustrato sobre el que apoyar una visión sensata y razonada sobre este asunto o cualquier otro.

Por descontado, nada de esto es casual y dado que nuestros políticos han renunciado a que España tenga una política exterior propia y ésta se halla sometida a los dictados de intereses ajenos, es “lógico” que se pretenda erradicar de nuestro imaginario cualquier interés ciudadano por la Historia en general y por la nuestra en particular. ¡Qué incómodos aquéllos que reivindican un papel de España en el mundo acorde a su legado cultural! Sin embargo, todos esos politicastros de tres al cuarto que han renunciado por nosotros a defender el lugar que nos corresponde se afanan en destruir cualquier motivo para el orgullo patrio a través de las leyes, la enseñanza y los medios. Como buenos siervos de amos extraños, mequetrefes como Casado o González Pons se prestan a tender cordones sanitarios contra millones de españoles estigmatizándolos vilmente bajo la misma acusación que hasta ayer les criminalizaba a ellos mismos. Mientras la chusma que nos gobierna socava la democracia a diario y arruina nuestra economía ¡achacándolo a la guerra!

Por supuesto, quien menos sabe antes toma partido, y con un par de datos cogidos al vuelo –todo lo se que está dispuesto a saber– y prejuicios inamovibles encontramos el modo de encajar este episodio, una vez más, en nuestras propias creencias. Pero no está de más recordar que adquirir una idea de las cosas de forma acelerada suele oponerse a un verdadero conocimiento. De hecho, una aproximación semejante, impaciente y abreviada es contraria al verdadero estudio, y la aprehensión de datos intensiva y fugaz es enemiga de la disposición reflexiva necesaria para analizarlos adecuadamente.

Así mismo, toda postura nacida de una simplificación excesiva y maniquea contribuye a la propagación de planteamientos semejantes por afinidad u oposición. De modo que no estaría de más contemplar algunos aspectos que nuestros políticos y periodistas suelen pasar por alto:

En primer lugar, Ucrania ha sido abandonada por los mismos que la invitaron a ingresar en la OTAN. De modo análogo a como el Reino Unido dejó colgada de la brocha a Polonia tras la invasión nazi y soviética en septiembre de 1939, convirtiendo en papel mojado el Pacto de Ayuda Mutua. De esto no se habla, pero el paralelismo es evidente y los patéticos discursitos de los políticos occidentales de hoy son idénticos a los de entonces.

En segundo término, es un error analizar estos hechos ateniéndonos estrictamente a los parámetros de la guerra fría; despachando a Rusia como una “tiranía comunista” y a Putin como un “psicópata”. Del mismo modo que es absurdo dar pábulo a la propaganda que etiqueta de “nazis” a los ucranianos. Ninguna de estas simplificaciones ayuda a entender nada.

Ahora se “cancelan” en Occidente los medios de propaganda Russia Today y Sputnik. Como si la manipulación y censura en los propios medios occidentales no estuviese más que acreditada y no nos hubiera conducido ya a un estado de desinformación permanente.

Así mismo, para tener un mínimo contexto es necesario recordar algunos sucesos recientes que parece se hubieran olvidado. Nos referimos a las llamadas “revoluciones de colores” –Yugoslavia (2000), Georgia (2003), Ucrania (2004) y Kirguizistán (2005)– y las “primaveras árabes” –Líbano (2005), Túnez (2010), Egipto (2011), Libia (2011) y Siria (2011)–. Revueltas impulsadas por EEUU en el este de Europa y norte de África respectivamente, que han conducido a la desestabilización de dichas regiones hasta hoy.

Por otra parte, Rusia es Europa. Parece haberse asumido la idea de que Rusia es un país extraño, oriental, bárbaro, olvidando que es un gran país europeo con una cultura cristiana similar a la nuestra. Rusia es la nación de escritores como Pushkin, Chéjov, Gógol, Dostoyevski, Tolstói, Bunin, Solzhenitsin o Aleksievich; de músicos como Rimsky-Kórsakov, Chaikovski, Rachmaninov, Prokofiev o Stravinski; de pintores como Shishkin, Repin o Súrikov; de escultores como Mark Antokolski o Mijaíl Mikeshin; y de científicos como Mendeléyev. ¿Significa esto justificar la guerra o a Putin? Nada más lejos de nuestra intención. Pero conviene considerar esta circunstancia para no incurrir en la injusta caricatura que con maliciosa ligereza se hace de Rusia. La misma, por cierto, que tantas veces hicieron de España nuestros “civilizados” vecinos europeos degradándonos a nación pintoresca, inculta, de bandoleros, guitarra y flamencas con  navaja en la liga.

Volviendo a la escuela, la devaluación de contenidos emprendida hace décadas en favor de la sentimentalización de la enseñanza no contribuye, precisamente, a un estudio sereno y reflexivo de casi nada. Y yendo como vamos de cabeza a convertir España en un país de camareros, no puede extrañarnos que, desde hace tiempo, las consignas y la “manifestación de emociones” imperen sobre el raciocinio.

Mientras tanto, aquí nadie mueve un dedo ante la invasión de territorio español alentada por Marruecos. Cualquiera diría que los compatriotas de Ceuta, Melilla y Canarias estuvieran más lejos en nuestro pensamiento que los ucranianos.