Tantas mujeres casadas

me han contado sus historias

que un libro podría escribir

recogiendo sus memorias.

Algunas al matrimonio

llegaron ilusionadas,

felices y enamoradas

de un hombre que de repente

trocó de príncipe en rana.

«Cambió», sentencian las damas,

sin que ellas en tal cambio

tuvieran culpa de nada.

Hay otras que el mismo día

de su boda ya dudaban

del paso que dando estaban

y su duda despejaron

ya metidas en el drama:

el novio no era el hombre

que querían en su cama.

Y las hay que irreprochable

‒trabajador, muy buen padre‒

encuentran a su marido,

sólo que por lo demás

el tipo es harto aburrido

y las aburre a matar.

Más que esposas de él se sienten

tal si fuesen sus hermanas,

lo cual les quita las ganas

del débito conyugal.

En estos y en otros casos

afines suele acabar

la cosa en una opereta

de chusca infidelidad.

Un maromo indefectible

aparece muy locuaz

a enseñarles cómo ama

un macho que sabe amar

y entonces las pobres damas

entran en una espiral

de cuernos que además

de estropearles su fama

las lleva a un triste final.