Desde nuestros ya lejanos años de mocedad y varonil lozanía, venimos dando uso a eso que hemos dado en llamar como “Cuaderno de viaje”. Si bien este instrumento propio del ocio y encuadrado en el reino del gozo consistió en su origen en un cuadernillo o libreta que apañábamos aquí o acullá y que destinábamos a un menester poco menos que de escribano caminante, a día de hoy, y desde hace unos años, viene siendo un cuadernillo artesanal elaborado con un lote de hojas A4, fixo y un par de grapas. De manera que al poner nuestra mirada en un rincón de España ya estamos confeccionando el citado soporte en el que anticipar, esto es, proyectar lo que más tarde viviremos.

Las citadas hojas A4 se cortan por su mitad y se doblan, el conjunto de hojas dobladas se grapa por su doblez y se protege con una tira de fixo sobre el doble grapeado. Con fixo forramos la cubierta y reforzamos la primera y última hoja tanto en su borde exterior como a lo largo de su unión con el resto del lote de hojas, pero antes, con un cúter, a modo de improvisada guillotina, igualaremos el borde del conjunto, siempre colocando debajo un periódico para no rajar la mesa en que trabajamos. De seguido trazamos a bolígrafo líneas paralelas en ambas caras de la primera hoja que nos servirán para completar el índice y a continuación numeraremos las hojas por una cara en su esquina inferior derecha. Importante es rotular el título de nuestro cuadernillo en su portada antes de forrarla con tiras de fixo. Cabe dar conocimiento que este trance de encuadernar esa libretilla ya es parte inicial y con sustancia del gozo que sentimos por recorrer las tierras de España.

Ruta de Ochagavía (Navarra) a San Jean Pie de Port (Francia)

Entendemos, pues, que planificar un viaje, esto es, estudiar tanto la ruta de ida como la de vuelta, así como las excursiones y lugares que más tarde vamos a conocer, es la manera más adecuada para sacar partido a esa zona del mapa, dejando previstas las rutas bien de media jornada bien de jornada completa. Hace años, movidos por esa energía inagotable de la juventud, arrancábamos el coche a las ocho de la mañana y regresábamos bien entrada la noche, pero a día de hoy, que es sana costumbre sincerar lo que se narra, hacemos rutas de mañana y descansamos por las tardes.

Los mapas que dibujamos en nuestro cuadernillo llevan anotados los kilómetros que separan una población de otra, para darnos idea de la duración del recorrido, y diferencian los caminos de ida y vuelta cuando esto es así. Si hay puertos o carreteras de montaña complicadas, mejor solventarlos por la mañana a primera hora en que estaremos “más frescos” y encontraremos menos tráfico, dejando las vías rápidas y anchas para la vuelta.

La felicidad que nos viene suponiendo viajar se sucede en tres fases muy definidas que hemos repetido una y otra vez:

La primera consiste en planear ese viaje en el mapa de España, seleccionando una ciudad y su demarcación próxima, para ello empleamos desde siempre el Mapa de Carreteras del MOPU y la Guía Michelín de España, así como otros libros de viajes (“Un país en la mochila” del inolvidable y entrañable José Antonio Labordeta…), nuestras anotaciones recogidas en un cuaderno tras visionar numerosos capítulos de “España a vista de pájaro” de TVE y otros tantos folletos, como también consultamos la información en la web.

La segunda parte de un viaje consiste en su ejecución. Si bien bromeamos con lo inflexible de nuestra agenda, en realidad esto es un ardid para hacer más amena la lectura. Las rutas previstas son propuestas que una vez en el terreno cumplimentamos en todo o en parte, incluso variando algún recorrido o cambiando de carretera, como es lógico suponer. Lo que sí estamos acostumbrados es a hablar con las gentes del lugar y patear los pueblos calle a calle sin son de reducidas dimensiones, pues nuestras preferencias giran en torno a explorar la España olvidada, la España que están vaciando los iletrados papafritas de la capital autonómica en contraste con la España de las grandes ciudades: carreteras poco transitadas, pueblos alterados lo menos posible por “el progreso”, la España del ayer, esos son nuestros territorios más amados.

La reseña de cada lugar nos permite manejar información a compartir con los lugareños: “¡Buenos días!, perdone usted, ¿dónde cae la plaza de este pueblo, la Plaza de España?”. Sin duda, las plazas son el lugar más representativo de cada villa, en ella se concentra el comercio propio de la zona, la iglesia que no suele andar muy lejos y otros elementos definitorios de esa comarca.

La tercera parte, la más duradera, es el conjunto de vivencias y conocimientos que aporta un viaje. Si a esto añadimos que conservamos un cuadernillo que hemos completado con anotaciones in situ en cada viaje, justo entonces, ese soporte material pasa a ser una parte de nosotros y es una vía al pasado. Si la nostalgia es la memoria del alma, tales cuadernillos son la llave al pasado, un pasado en el que fuimos quienes fuimos, porque el tiempo no cesa de moldearnos como barro que somos.

 

Entrada a la Foz de Lumbier (Navarra)

De mapas del MOPU de ediciones pasadas solemos recortar el trozo que corresponde a la zona a visitar y lo pegamos en las última hoja del cuadernillo, también se puede hacer lo mismo con el plano de un pueblo o del centro de una ciudad. Una costumbre que aprendí de otros colegas de profesión, un matrimonio de maestros de Escuela, fue pegar alguna que otra entrada a un museo o lugar determinado en las hojas que han quedado en blanco en nuestro cuaderno de viaje.

Muy importante es conocer los horarios y días de vista, dado que museos y lugares de interés suelen cerrar un día a la semana.

Con esto hemos querido dar a conocer nuestra personal forma de abordar los viajes por tierras de España. No obstante, tanto encanto tienen tales días de contento que, con cuadernillo o sin él, que eso es parte del ser de cada uno, quedan grabadas tan intensamente en nuestro ser tales caminatas que somos quienes somos a la par de lo que fuimos un día y una hora en sabe Dios qué rincón de nuestra amada España. Ciertamente somos el hoy y, a la par, en común unión, mucho de lo que fuimos ayer y vivimos allí, justo allí.

Y en esto de transitar por las dos Castillas e ir más allá de las cordilleras que a modo de diadema la contornean, descendiendo por valles hasta alcanzar los mares y el océano que delimitan la España peninsular, será en gran parte el efecto del paso de los decenios, será esa lucidez y sensibilidad que acompaña a la paz de espíritu de los cristianos envejecidos que nunca hicimos mal a sabiendas, de los que cada nuevo día sin faltar uno siquiera agradecemos al Señor el bendito lugar y oficio en que nos puso, una escuela y su niñez, en confidencia decimos que nos duele España, nos duele su incomparable belleza.