Palabra griega que viene de tafios (sepultura) y la preposición epi (encima)

Hace bastantes años, con ocasión del fallecimiento de alguien, cuyo nombre no recuerdo ahora, visité el cementerio de Logroño y, en compañía de un amigo, recorrimos un buen número de sepulturas para leer los epitafios que los difuntos habían mandado a sus deudos escribir sobre aquellas. Aunque intentamos ser respetuosos, confieso que pasamos un buen rato disfrutando de las ocurrencias de algunos de aquellos inquilinos del camposanto. Muchos epitafios eran sentencias sinceras, otros simples pareados, más o menos ocurrentes, y los más aconsejaban a los curiosos como nosotros sobre lo que no debían hacer en sus vidas, con cierta ironía y no carentes de sentido del humor. Aunque estos escritos no son de ahora, vienen de tiempos muy remotos.

Llega a mi memoria también, lo escrito en las tapias del cementerio, creo recordar, en un pueblo cercano al puerto de Urquiola, y en letras grandes y muy legibles, esta tremenda frase: sois como fuimos, somos como seréis, cuando menos lo penséis.

A la hora de escribir un epitafio, no faltan las salidas de tono para reírse de la muerte, como muestra este epitafio de un tabernero egipcio: Los viñedos de Baco lamentan tu muerte porque has abandonado la luz del sol, tú que con tus manos vertías vino dulce como miel y a todos procurabas el licor que hace olvidar las penas. Ojalá cuando llegues al Hades te reciba Osiris y sobre tu cuerpo vierta el agua que hace brotar las flores.

A menudo el epitafio transmite una noticia trágica. Con pocas palabras se cuenta el final de una vida feliz. Un carrero de Rodas se quejaba desde su última morada sobre su triste final: Llorad por mí, que he muerto, desdichado, al quitar el puntal de un carro que llevaba una pesada carga de tinajas de vino. Mi nombre era Pluto.

Curioso epitafio, que nos invita a esbozar en los labios de quien lo lee una sonrisa ante lo inesperado del mensaje. Sobre una tumba de Rodas, del siglo III antes de Cristo, dice un niño con la espontaneidad propia de la adolescencia: Llorad por mí, y anunciad a todos que a los catorce años he muerto de una pedrada en la cabeza. Bajo el sombrío manto de la noche yace, pues, Dafneo, envuelto por la funesta tierra.

Y cerramos estas referencias a los epitafios con una cita del Libro de Aleixandre, de mediados del siglo XIII, donde leemos:

Fizol pitafio oscuro ditado,

de Daniel lo apriso que era notado,

cuemo era Apelles clérigo bien letrado,

todo offiçio teníe bien decorado.

Para neutralizar la mala suerte en este tipo de aspectos, existía un único remedio: el fico, del latín ficus (la higa), gesto que consistía en asomar la punta del dedo pulgar entre los dedos corazón e índice, dirigiendo el puño hacia el lugar tenebroso o preocupante; este gesto para los romanos era fálico y pretendía deshacer el miedo a lo desconocido.

Para que luego digan algunos que en los cementerios no hay poesía.