La voluntad, que es la última potencia del alma, impele la necesidad de andar el camino, anclado a una obligación que te lleva cual vocación insoslayable a otra realidad muy diferente. Nadie sin ella podría vivir, y con la memoria y el entendimiento, la voluntad hace recorrer la línea invisible, no exenta de problemas, hasta su final en una despedida que ha de ser heroica y honorable. La existencia no puede darse de otra manera en el reino animal -excluyendo los animales- y el reino vegetal, obviando el mineral. El ser humano que es el que reina en todos los reinos, ha de dar el mejor ejemplo de su propia vida y muerte.

La vida humana, un frenesí, una sombra, una ficción, es la imposición del destino de cuya exigencia nadie puede entender sus razones. A nadie le preguntaron si quería aterrizar en este mundo. Lo dejaron en él y ya está. Como si se hubiera caído por un accidente, o lo hubieran botado del limbo de los niños de un puntapié, por travieso, en un ataque de ira. No hay más preguntas ni respuestas. ¡Usted se calla! No va a ser esto el cuento de nunca acabar.

Después la forma de marcharse, es la menos edificante, ecuánime y razonable que puede imaginarse. Así y sin conseguir despedirme de ellos se me fueron muchos amigos, algunos por la pandemia. No se puede encontrar fin menos venerable para ellos también, ni para loar la amistad a que son acreedores tantas personas. El no reconocimiento debido es una forma de injusticia. Y se fueron de aquí miles de almas buenas de tan mala manera bochornosa que hiere hasta la mente recordarlo.

La información de la existencia de la cornisa del purgatorio me llegó como algo inesperado e inimaginable. Me produjo una gran alegría cual si desde el cielo me iluminara un rayo divino con su omnipotencia. ¿Dónde van a estar mis amigos más que en el purgatorio? ¡Qué ocasión de poderme despedir de ellos como Dios manda y sacarme esta torturadora espina que nunca se me cura! Ellos me lo agradecerán y luego yo volveré a donde estaba, a lo que Dios disponga, y tras cumplir con mi deber. Y será la mejor misión cumplida, pues son las obras no acabadas las que te torturan toda una eternidad. Y las hechas bien, las que satisfacen tu voluntad y memoria al recordarlas, mientras dignifican tu persona.

La información me la completarán con las coordenadas y todo lujo de detalles para poder trasladarme y acceder hasta junto a la cornisa del purgatorio. Luego será cosa de acceder al umbral y aventurarme a lo que caiga, a la suerte o desgracia que el cielo disponga. Pues se llega según mis últimas informaciones hasta la explanada próxima bajo la tupida cornisa vegetal de urces entrelazadas por una pista forestal construida recientemente, y en un todo terreno, que se ha de dejar allí, y luego la hazaña requiere concluirla a pie. Son posibles muchas más cosas de las que parecen. Pero por cobardía o pereza queda en el pudridero del olvido.

Como ya no puedo resistir más sin mis buenos amigos, cuyo cordón umbilical se rompió al no poderlos despedir, no puedo hacer menos por ellos que restañar lo roto e ir hasta el purgatorio a despedirlos como se merecen. Salvaré así esta estúpida cadena de frustraciones del destino que nos ata a la fatalidad de la que ya no nos desprendemos. No poder decir adiós, ni hasta luego a aquellos con los que te confías, que no te traicionan, y te cuentan su vida como ellos saben la tuya.

Mi aventura ya está en movimiento y no hay nadie quien la detenga. Si me ocurre algo raro, tampoco me importa mucho. Que me quedo en el intento, pues qué se le va a hacer. El que algo quiere, algo le cuesta. Pues es una aventura lejos de la realidad mostrenca que rompe la rutina habitual del chusco de cada día; que implica salirse de este mundo a otra dimensión muy distinta y desconocida. Si no puedo volver para contarlo, será lamentable, pero el quedarme de brazos cruzados será mucho peor. Se necesita mudar esta vieja realidad gastada que ya no sirve, para buscar otra nueva verdad muy diferente.