José Luis Díez nació en Ciempozuelos (Madrid), en el seno de una familia católica, hizo el bachillerato en el colegio “Nuestra Señora del Buen Consejo” de los PP. Agustinos en Madrid, estudiando después Obras Publicas, Filosofía, Teología y Graduado Social. Viudo con cinco hijos, siempre ha trabajado como empresario hasta su jubilación.

Ha recibido el premio “Manuel Delgado Barreto” de Círculos San Juan. Articulista en varias revistas y periódicos, y he escrito y editado los siguientes libros: “Buscando a Franco”, “Patria, su ser o la nada”, “Acuérdate alma cristiana que hoy has de…” “En el umbral de lo infinito”; y sin editar: “Francisco Franco, Oro de ley”, “Crónicas del XIV centenario del III Concilio de Toledo”, “Lo que dice el Evangelio” (cuatro tomos), “Cronología de Jesús”, “Camino del Cielo”, “Yo te busco, Tu ne encuentras”, “¿Dónde está la Primavera del Concilio Vaticano II?” “Comentarios a la Carta a los Romanos” “Comentarios a la I Carta a los Corintios”, “Comentarios a la II Carta a los Corintios”, “Explicando: Así quiero ser”, “Camino del Calvario”, y pendiente de terminar: “Con Franco vivíamos mejor”, “Con el alma abierta”, y “Delenda est Democratia”.

También ha dibujado y editado las láminas del Centenario de Franco, y ha realizado unas 250 películas subidas a YouTube, algunas le han sido restringidas y otras eliminadas, que ha vuelto a subir a Vimeo.

En la actualidad es el Secretario General de la Asociación para la Reconquista de la Unidad Católica de España y mantiene las siguientes páginas en internet:

http://www.produccionesfidelitas.es/

http://www.jldradio.es/

http://www.unidadcatolicadeespaña.es/

http://www.siemprepalante.es/ y próximamente subiré http://www.niunpasoatras/

En la actualidad es el Secretario General de la Asociación para la Reconquista de la Unidad Católica de España.

¿Por qué ha escrito el libro Camino del Calvario?

Permíteme, que antes de entrar en materia y contestar a tu pregunta, hacer un pequeño análisis del estado comatoso en que estamos inmersos. En los tiempos que corren y que hoy se vive, sobresale el hecho relevante y sobresaliente del cambio racional que ha producido en el seno de nuestra cultura: el Dios de la España católica se ha convertido en un Dios inoportuno, insólito, extraño, ajeno, distante e incluso, para muchos inexistente, como si se tratase de una quimera irreal, de un ensueño hipotético de ciencia ficción. En una palabra, un ser anónimo, al que se le ha exiliado o dado la espalda renegando de Él.

En cualquier caso, la realidad es que Dios, de ser la figura principal y necesaria en la vida, ha pasado a ser el ausente, alejado, distante, desaparecido y hasta inexistente.

Ante esta situación tan anómala, de ostracismo y sustitución de lo divino por lo humano, es decir, exiliar y remplazar de luz por la tiniebla, se hace necesario tomar conciencia de ese destierro y de esa suplantación, para su reversión.

Pienso que las causas de este catastrófico proceso de descristianización han sido ocasionadas por la falta del conocimiento de Dios. Habiéndose remplazado en las vidas, no solo lo material por lo espiritual, imponiendo con leyes inicuas y machaconamente, en los medios de comunicación, una laicidad sin mesura, al tiempo que se suprimía la enseñanza religiosa e histórica por un analfabetismo sin límites.

Con el fin de poder ayudar a mis prójimos en el conocimiento de Dios, y así restaurar el Amor en sus corazones, he querido poner mi granito de arena escribiendo el libro “Camino del Calvario”, una especie de Vía Crucis, donde expongo y desgrano en cada uno de sus 25 consideraciones y núcleo central, según las Fuentes de la Revelación, la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, desarrollando, en cada una de ellas, un comentario explicativo de los diferentes padres de la Iglesia sobre los textos sagrados, previo a la meditación y contemplación de los momentos destacados y más importantes de la Pasión de Jesucristo, seguida de una oración para con su rezo y adhesión, abrir el corazón del lector y ayudarle a conocer a Cristo, para que le vea y mire con el corazón, y, por ende, le ame sobre todas las cosas, ayudándole a aceptar su Santa Voluntad y vivir coherentemente con ese asentimiento.

Agrego, que, gratuitamente, pueden leer y bajar el libro “Camino del Calvario” de internet visitando la página www.produccionesfidelitas.com en el apartado de libros.

¿Cómo ha influido la muerte de su esposa?

Reconozco que a lo largo de mi vida nunca he experimentado un sentimiento tan importante, urgente, necesario y deseable, como ha sido aceptar conscientemente la voluntad de Dios en la muerte de mi esposa.

Estando para entrar en agonía y ante la inevitable muerte, me dijo con ternura: “No llores, me voy con el Señor a esperarte en la Gloria. Me muero, pero mi amor no muere, te seguiré amando en el cielo, como te he amado en la tierra”. Tras una rápida agonía y haber recibido los últimos sacramentos, sujetándola su mano y sin cesar de recomendar su alma al Señor, al poco, expiró. En ese preciso momento comprendí que Dios nos concede la gracia de nacer, siempre con un propósito y que del mismo nos llama a su Reino de Luz cuando considera nuestra misión en la tierra cumplida, no antes, ni tampoco después.

Tras aflorar mis lágrimas, unos segundos de agobio, dolor y tristeza…, con humildad profunda y seguro de que mi petición sería escuchada, imploré al Señor por el alma de mi esposa, a quien acababa de llamar a la su Lado, y lleno de fervor salió de mi corazón esta plegaria: “¡Padre celestial!, por favor, permite el descanso en el paraíso de su alma, que ya ha abandonado este valle de lágrimas y emprendido el viaje al cielo prometido. Tú que eres Dios de amor y perdón, por favor, Dios mío, te pido la eximas de todas las faltas que haya podido cometer en su vida y concédela la gracia de la vida eterna Contigo. Y a mí dame la tranquilidad para mantener la calma por esta perdida tan importante en mi vida, inteligencia para mejor honrar su memoria, a quién no puedo dejar de querer ni olvidar, tras su muerte, y el valor de continuar mi misión en la tierra con tu Compañía haciendo tu Santa Voluntad”.

Nada más pronunciar estas palabras fui consciente de que había llamado al Señor: “Dios de amor”, e inmediatamente me dí cuenta de que algo de lo que había estado ausente durante toda mi vida: de ese Amor desconocido que es el Espíritu Santo, y que Jesús nos envió el día de Pentecostés. Y consciente del amor que Dios me tiene, y al que tan poca atención, hasta ese momento, le había prestado, anhelé amarle sobre todas las cosas.

Consciente del Amor de Dios por el hombre, usted anheló amarle sobre todas las cosas, pero, ¿cómo amar lo que no se conoce?

La frase atribuida a Leonardo Da Vinci: “No se puede amar lo que no se conoce” es una verdad selecta y esclarecedora. Ningún hombre estudioso o ignorante ama lo desconocido, pero sí que, generalmente, cuando oye hablar de ciertas singularidades y detalles de las cosas desconocidas, se imprime en su alma una forma selectiva que le impulsa a anhelar, en muchos casos, a su estudio y conocimiento, y consiguientemente conocerlas y amarlas.

Si bien es verdad que en lo referente al anhelo de las cosas del mundo o de los bienes terrenales existe una brecha entre el deseo y la posesión, porque entre el desear ansiosamente algo material y poseer su propiedad hay una profunda zanja insalvable, en cambio, con respecto a anhelar los bienes espirituales, para aquellos que realmente los desean y los quieren, tan pronto los anhelan ya comienzan a poseerlos. Lo que equivale a afirmar que a Dios podemos comenzar a amarle desde el mismo momento en que anhelamos amarle, porque Dios, en el infinito amor que nos tiene, nos concede la gracia de ese inicio en su amor.

Bien es verdad que, tras el anhelo, hemos de permanecer en comunicación con Dios a través de los sacramentos y de la oración, para, con su Ayuda y Gracia, profundizar en el conocimiento de su Esencia, que no es otra que el Amor.

Usted afirma que en el anhelo de los bienes terrenales existe una brecha entre el deseo y la posesión, en cambio, con respecto a los bienes espirituales, para aquellos que realmente los desean y los quieren, tan pronto los anhelan ya comienzan a poseerlos. ¿Por qué esto es así?

En el fondo de todo ser humano aparecen dos fuentes de deseos, dos orígenes de pulsaciones y atracciones, ambas constitutivamente humanas, irrenunciables y genuinamente representativas del corazón humano dividido anhelando múltiples y contradictorias cosas materiales y espirituales. Unos anhelos corresponden a desear las cosas de Dios y otros las cosas del mundo.

De los múltiples deseos terrenales, te pongo como ejemplo: los que desean que le toque el premio gordo de la lotería, o hacer suya la reina de la belleza, e incluso que se muera un familiar para heredar sus bienes; deseos terrenales que conllevan la avaricia mezquina, la concupiscencia encendida y la mezquindad egoísta, características todas ellas contradictorias a la finalidad para que el hombre ha sido creado, conllevan, en sí la zanja abierta de la desilusión posesiva, donde caen esos deseos, impidiendo su propiedad.

En tanto que, cuando se anhelan las cosas de Dios, se está en comunión con la finalidad para la que el hombre ha sido creado, que, según nos define San Ignacio, es para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su alma. Consiguientemente cuando anhelamos sinceramente amar a Dios ya empezamos a amarle, porque querer amar a Dios es un sentimiento muy humano y acorde al sentimiento de Cristo Jesús. ¿Quién no quiere que su corazón lata junto con el corazón de Cristo? Si nos fijamos en la figura de los santos, vemos que sus corazones han latido y resonado con el corazón de Jesucristo. Y mucho más palpable es el ejemplo y actitud de la Virgen María que al pronunciar simplemente: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra”, la Palabra se hizo carne en ella.

Usted también indica que, tras ese anhelo de amar a Dios, los sentimientos hacia Él cambian a través de su conocimiento. ¿Cómo se produce este cambio?

Tenga la seguridad de que, tras ese anhelo de amar a Dios, los sentimientos hacia Él cambian a través de su conocimiento. Trataré de explicarme. Casi todos sabemos que Dios nos ama, que nos ha creado, redimido, elegido, hechos cristianos y conservados hasta el día de hoy, pero ¿nos atreveríamos a afirmar que estamos cercanos a Él, que le sentimos vivo, presente, familiar, tal y como es realmente? En una palabra ¿cuán a fondo le conocemos y tenemos conciencia del amor que Él nos tiene?

La respuesta a esos interrogantes, viene dada con la incongruencia de vida que estamos viviendo, como consecuencia de la ausencia de ese anhelo de amar a Dios, pero, que cuando se hace presente en nuestro corazón, le impulsa a profundizar en el conocimiento del amor de Dios, cambiando la respuesta y sentimientos, que hasta ese momento, habíamos dado con nuestra vida a esos interrogantes, cambiando de vida al sentirnos amados, conociendo y creyendo el amor que Dios nos tiene, y que Él nos amó primero. Cambios de sentimientos que se nos confirma las propias palabras de Jesús: “Permaneced en mi amor” (Juan 15, 9). En este sentido inequívoco de sus palabras, no quiere Él decir: “permaneced amándome, sino que dice: “Yo os amo como Mi Padre me ama a Mí; permaneced en mí amor”, es decir, en este amor que os tengo y que ahora os declaro; invitándonos a permanecer en esa privilegiada dicha del que se siente amado, para enseñarnos a no apoyar nuestra vida espiritual sobre la base deleznable del amor que pretendemos tenerle a Él, sino sobre la roca eterna de ese amor con que somos amados por Él. Lo que aquí descubrimos es, sin duda alguna, la más grande y eficaz de todas las luces que puede tener un hombre para la vida espiritual, como lo expresa muy bien Santo Tomás diciendo: “Nada es más adecuado para mover al amor, que la conciencia que se tiene de ser amado”. No se nos pide que le amemos directamente, sino que creamos que somos amados. ¿Y qué puede haber más agradable que ser amado?

¿Se puede amar a Jesucristo, si no nos esforzamos en conocerlo?

A lo largo de mi vida me he sorprendido, en muchas ocasiones, que lo que me imaginas de una persona, una vez ahondando en su conocimiento y llegado a conocerla a fondo, comprobar que en realidad era absolutamente distinta a lo que me había figurado. Y entonces, o bien me encontraba mejor y otras decepcionado, pero, en cualquier caso, una vez que llegas a conocerla, los sentimientos hacia ella son distintos a los que a primera vista me figuraba.

De igual forma ocurre con Jesús, nuestro Dios y Señor. Como le he dicho anteriormente, los sentimientos hacia Él cambian a través de su conocimiento. ¿Cuán a fondo le conocemos? ¿Nos atrevemos a afirmar que estamos cercanos a Él, que le sentimos vivo, presente, familiar, tal y como es realmente? En una palabra ¿tenemos conciencia del amor que Él nos tiene?

Concienciarnos de ese amor es inequívocamente, corresponder de forma recíproca a amarle. Ahora bien, ¿Cómo podemos amar a Jesucristo, si no nos esforzamos en conocerlo? Jesús es la fuente del amor infinito, imagínate cuanto más podremos amarlo si lo conocemos a fondo, como Él realmente es.

Para llegar a conocer a Jesucristo en profundidad se pueden elegir varios caminos, pero, ¿cuáles son las más idóneos?

Para llegar a conocer a Jesucristo en profundidad se pueden elegir varios caminos, pero la manera más idónea y directa, a mi entender, es a través de la lectura, reflexión y contemplación de los Evangelios y a la luz de la Tradición. Su Vida entre nosotros es su mayor testimonio de amor.

Y eso, ¿por qué? Simplemente porque cuando después de leer, reflexionar y meditar sus hechos y palabras, entendemos que Jesús se da de forma abierta y amorosa a todas las almas que se abren humildemente a Él, al tiempo que comprendemos también que ese amor está disponible para cualquiera que quiera gozarlo. Y es que el Señor, generosísimo, dona, da a mano abierta, manifestando que nos ama aquí y ahora, brindándonos sin límites su amor. Es entonces cuando tomamos conciencia de que Jesús nos mira, está pendiente de nosotros, nos cuida y nos espera en todo el tiempo. Siempre atento a un gesto nuestro, a un saludo, a un pensamiento, a una jaculatoria, a una oración. Un eterno enamorado de nuestras almas, que espera pacientemente ser reconocido, ¡Y, lo más importante, es nuestro Dios!

Os aseguro que es imposible conocer a fondo a Jesús y no amarlo, sobre todo si se hace con un corazón bien intencionado. El amor crecerá entonces como consecuencia lógica de entender que Él está ahí, esperando que le conozcamos, le descubramos y le abramos nuestras puertas a su amor.

Sí, Jesús, está a la puerta de nuestros corazones (de esos corazones que le arrojaron de ellos) y nos llama todos los días esperando que le abramos. Quiere traernos la paz y la alegría, ayudarnos en nuestras empresas, compartir nuestras penas, aliviar nuestros dolores. ¿Por qué Jesucristo insiste en la llamada? Porque nos ama y por eso precisamente busca nuestro amor… insistiendo en que le abramos…

Jesús, es tan generoso y benigno, que nos está esperando y desenado que le conozcamos, para luego enamorarnos perdidamente de Él, con el amor que Él quiere que le amemos.

¿Cómo hacer para amarle? Cada vez que acudamos con confianza a la oración, cada vez que venzamos una tentación para no ofenderle, cada vez que perdonemos al que nos hace agravio, cada vez que hagamos bien al necesitado, cada vez que observemos cualquier mandamiento divino porque todo eso Dios lo quiere, estamos amando a Dios. Le estamos amando con obras y de verdad, que es amor verdadero.

Camino del Calvario”, una especie de Vía Crucis, a través de 25 consideraciones. ¿Cuáles serían las más importantes?



Sí, así es, este libro en un Vía Crucis ampliado, que desgrana la Pasión de Cristo en 25 consideraciones mas un prefacio, en el que Jesús, momentos previos a su detención en Getsemaní, manifiesta, ante los doce Apóstoles, que uno de ellos la iba a traicionar. Misterio insondable que nos predispondrá, y así lo espero, al dolor y al sufrimiento que, a lo largo de nuestra vida, tendremos al llevar la cruz en todos nuestros caminos. Cruz que no la inventó Jesús, sino que se la impusimos nosotros, y que no tiene sentido para quienes no quieren darle lugar al lenguaje del amor, de un amor que se entregó y entrega así: sin medida.

No sé, ni conozco cuales de estas consideraciones pueden afectar más a sus lectores, razón por las que no me atrevo a dar preferencias. Lo que si te puedo decir es que, en cada una de ellas, nos encontraremos frente a la cruz, esa cruz que nos invita a la amistad y a la vida, a amar y a vivir, conformes siempre al ejemplo de Jesucristo, quien se presentó y actuó como el mejor amigo, entregándose con fidelidad, hasta dar la vida por nosotros, conforme a su propia enseñanza y a su propio compromiso, declarándonos cómo y cuanto nos ama: “Que os améis unos a otros como Yo los he amado. Nadie puede tener amor más grande que dar la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis esto que os mando. Ya no os llamo más siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor, sino que os he llamado amigos, porque todo lo que aprendí de mi Padre, os lo he dado a conocer” (Juan 15,12-15).

¿Qué frutos espera de este libro?

Jesucristo, nos llama, como acabo de decir, a amar como Él nos ama. En su amor debemos evaluar hoy nuestro amor. Él es el rostro humano del amor del Padre. Vamos, pues a contemplar el sufrimiento de Jesús, y en Él vamos a ver nuestros propios sufrimientos, pero con una visión especial: El Camino del Calvario es el camino del hijo pródigo cuando vuelve al Padre. Sí, Jesús “se convirtió en el hijo pródigo” para nuestra salvación. Abandonó la casa del Padre celestial, se vino a un país lejano, derrochando cada día, misericordiosamente, todo lo que tenía. Y volvió con su cruz, de regreso hacia el Padre.

Imitemos a Cristo. Ese es nuestro camino, el camino que debemos y hemos de recorrer, día a día, todos nosotros, los hijos pródigos, en nuestro regreso al Padre misericordioso.

Espero y os ruego, como yo hago, que, a través de la lectura y reflexión de este libro, toméis a Cristo por compañero en este “Camino del Calvario” para que podáis llegar felizmente al puerto de salvación.

Así mismo, Espero y deseo que la lectura y meditación de este libro sirva para unir nuestro pensamiento al pensamiento de Dios, y que nuestro corazón se deje llevar por el experimento más maravilloso que nos sucederá: tener los mismos sentimientos que Jesucristo, por lo que ya no habrá ignorancia y consiguientemente alejamiento, ni desavenencia entre la fe, el pensamiento y el corazón. Que dejemos de vivir rutinariamente despreocupados y ajenos al amor de Dios y al prójimo. Que, poco a poco, formaremos una unión con Él, fusión de la cabeza y el corazón, de la vida interior y exterior, del trabajo y la oración, de amor a Dios y al prójimo, que significará el nacimiento del Hijo de Dios en nuestras almas. Que seamos consciente de que Él está entre nosotros y no podremos dejar de amarle y por tanto cumplir sus Mandamiento y hacer su Voluntad.

¿Con qué actitud hay que leerlo?

Siguiendo a Jesús en el “Camino del Calvario”, no sólo he querido mostrar la Pasión y Muerte de Jesús; también mi intención ha sido terminar ese camino, como he dicho anteriormente, restaurando su Amor en nuestros corazones. Y esta es la profunda intención que me ha movido a realizar este trabajo escrito, para que, con su lectura, abrir el corazón del lector y ayudarle a ver con el corazón.

Los Padres de la Iglesia consideraban que el mayor pecado del mundo pagano era su insensibilidad, su dureza de corazón, y citaban con frecuencia la profecía del profeta Ezequiel 36, 26: “Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne”. Convertirse a Cristo, quiere decir recibir un corazón de carne, un corazón sensible ante la pasión y el sufrimiento de los demás.

Nuestro Dios no es un Dios lejano, intocable en su bienaventuranza. Nuestro Dios tiene un corazón; más aún, tiene un corazón de carne. Se hizo carne precisamente para poder sufrir con nosotros y estar con nosotros en nuestros sufrimientos. Se hizo hombre para darnos un corazón de carne y para despertar en nosotros el amor a los que sufren, a los necesitados.

Pero, además de darnos un corazón de carne para despertar en nosotros el amor, quiso que el suyo fuese traspasado para entregar por nosotros pecados hasta de las últimas gotas de Sangre que le quedaban después de muerto.

Es más, nos entrega un corazón de carne para que tengamos la seguridad de que el Él se cumplieron todas las profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías que tenía que liberar a su pueblo. Y no ocurrió por simple casualidad, sino que Dios actuó conforme a la Ley, la misma que nos condena por nuestros pecados. Por tanto, si existe una solución en alguien que nos rescate de nuestros pecados, ese es Jesús. No nos empeñemos en buscar seguridad en ninguna otra persona o cosa. Solo Aquel que juzga y en el que se cumplieron todas las profecías es el único que puede salvarnos en el juicio.

La actitud, pues, con que hay que leer este libro es poner a Dios, como centro de nuestras vidas, en ese corazón de carne que Él nos ha regalado, rechazando previamente los ídolos que nos acechan por doquier y que nunca nos dejarán en paz. Y, sin olvidar su Presencia y que Él nos amó primero, amémosle sin medida, recordando, porque todos lo hemos vivido, que, cuanto más nos hemos alejado de Dios, menos felicidad tuvimos. Y es que incluso, cuando nosotros mismos nos apartamos un poco de Él, nos sentimos inseguros y sin paz ni alegría en nuestros corazones.

Por consiguiente, tengamos la seguridad que Dios nos ama, porque Dios es amor, y no un tirano y juez intransigente. Dios es generosidad absoluta, benevolencia infinita. Para dar testimonio de la autenticidad del amor de Dios para con nosotros Él no dudó en entregarnos a su propio Hijo. A este Dios, que es amor, y que nos llama a esta unión de amor con Él, debemos corresponderle con toda nuestra gratitud. También debemos ofrecerle, además, nuestra entrega total realizando la vocación en la que nos ha llamado a servirle. Y, finalmente, debemos hacer que nuestro amor a Él se exprese en ese amor a la Santísima Virgen María y es ese “amarnos unos a otros, porque el amor es de Dios”.