Cuando los medios de transporte eran muy rudimentarios, en La Rioja Alta había dos personajes muy populares que efectuaban sendos servicios en coche de caballos: uno era Chungué que transportaba a los viajeros que utilizaban el ferrocarril de Haro; el otro se llamaba Chapela, que acercaba al hotel Comercio a los viajeros que entraban a la ciudad por la estación del ff.cc. calceatense.

La vida en la ciudad, desde principios del siglo XIX, hasta bien entrado el XX, no era entonces tan cómoda como hoy. Algunas familias empobrecidas, que vivían en la calle Mayor, desde el parador al final de la calle, y que eran conocidas como los Rachas, controlaban el barrio y, si alguien osaba pasar por allí, le robaban todo lo que llevara y, además, le calentaban; aunque había serenos con chuzo, aquella zona estaba prohibida para quien no fuera vecino. Eran tiempos en los que las chicas que iban a bailar a Grañón, si daban calabazas a algún mozo, no las permitían volver al baile.

El transporte de viajeros por carretera se realizaba, además de en diligencias, en caballerías, coches, galeras, etcétera. Se distinguían dos clases de vehículos: de dos ruedas y de cuatro; los primeros eran calesas, calesines, tartanas, birlochos o carabaes; los segundos, coches, berlinas, góndolas, es decir, diligencias, faetones, triciclos y galeras. Mientras los primeros vehículos llevaban cuatro asientos, los de la segunda, de servicio público, ofrecían 15 y más asientos.

Casi todos los viajes de servicio público se efectuaban en galeras y diligencias; la galera era un carro grande sin muelles; la diligencia era, desde la primera mitad del siglo XIX, el medio de viajar más utilizado. El equipaje se amontonaba en la parte de atrás, o en una especie de voladizo, delante. Para guiar este vehículo se emplean dos personas: el mayoral, que era quien mandaba, y su ayudante, el mozo, o mejor aún, el zagal, que, en árabe, se refiere a un muchacho fuerte y activo.

Los viajes por la posta estaban regulados desde el 7 de octubre de 1826; en los viajes a caballo, a la ligera, la tarifa era de 14 reales por legua, además de los 40 reales de la licencia y del doble pago de la primera posta; en los viajes en silla, es decir, sobre ruedas, la tarifa era de 7 reales por legua por la plaza de la silla y 6 reales por legua por cada caballería, dos como mínimo, en general, y otros 6 reales por posta en concepto de agujetas para el postillón, amén de la licencia y del pago doble de la primera posta.

Las posadas donde paraban las diligencias, para que los viajeros descansaran, comieran y, en su caso, durmieran, se llamaban paradores, y en las carreras principales estaban bastante cuidadas, con buenas camas, ropa limpia, y hasta con cubiertos de plata. Los costes de los servicios eran: desayuno, 2 reales; almuerzo-comida, 8 reales; comida, 12 reales; cena, 10 reales; y cama, 4 reales.

Las casas de postas se disponían en las grandes poblaciones, a lo largo de las líneas de correos y en las vías principales, para proveer el suministro de caballos necesario para realizar los viajes. Muchas servían también de parada de diligencias para viajeros. Sobre la puerta de la casa se ponía un escudo con las armas reales y un rótulo con grandes letras moldeadas con estas palabras: Parada de Postas. Había postas en Belorado y en el Echaurren de Ezcaray.

La “Compañía del Ferrocarril de Bilbao a Tudela por Miranda” inició la explotación de la línea, aunque, a partir de 1879, asumió la concesión la “Compañía del Norte”. El trazado de aquella línea es el que pervive en nuestros días. Otras líneas de ferrocarril se enmarcaron en el Plan de Ferrocarriles Secundarios que afectó a La Rioja Alta con el proyecto de varias líneas: Haro-Laguardia, Haro-Pradoluengo o Haro-Casalarreina-Santo Domingo-Ezcaray. Ninguna de ellas fructificó hasta que, el 9 de julio de 1916, se puso en servicio la línea ferroviaria entre Haro y Ezcaray, que dio servicio durante casi cincuenta años; hasta el 16 de enero de 1964.

Había otra forma de viajar en caballería, uniéndose a las reatas de arrieros, sobre todo si iba una sola persona, u ocupando algunas de las mulas vacías. Los muleros de España gozaban de gran renombre; el término genérico es arriero, por su iarre, arre!, que es árabe, como son casi todos los vocablos relacionados con su arte, pues los moriscos fueron durante mucho tiempo los trajinantes en España. Viajar con un arriero, cuando el viaje era corto o iba una persona sola, era seguro y barato.

Lo mismo que hoy en día…; después de todo, fueron nuestros abuelos los que viajaron en diligencia, como quien dice, ayer mismo.