Se nos ha muerto Miguel Ors. Le conocí, personalmente, en los estudios de la vieja Radio Intercontinental. Era yo entonces, allá por los lejanísimos años noventa del siglo pasado, el jefe de los Servicios Informativos. Me lo presentó don Ramón Serrano Suñer. En  la sección de Deportes Miguel Ors ponía la sabiduría y el análisis y Héctor del Mar, la pasión narrativa en los partidos de fútbol.

Primero le admiré, después le quise, como se quiere a los hombres que encarnan la sólida dualidad de la maestría y la camaradería. Miguel Ors fue el mejor heredero de esa tradición de cronistas deportivos ocasionales, y no por ello menos geniales, como Rafael García Serrano, Jaime Campmany y hoy Federico Jiménez losantos, que hicieron del relato deportivo algo más, bastante más que una mera narración de lo que sucede en la cancha. Miguel Ors ennobleció y profesionalizó el periodismo deportivo en aquellos tiempos en los que a las secciones de Deportes de los periódicos iban a parar los que no valían para otra cosa, tal y como hoy acaban todos en la crónica rosa.

Su grandeza profesional, indiscutible, incuestionable, era sólo una manifestación más de su grandeza humana. Fue de los pocos que en tiempos de mudanza rentable se mantuvo firme en sus principios y en sus lealtades políticas y espirituales. Por eso, en los últimos años de su carrera, se negó a jugar en la liga de los chaqueteros y de los advenedizos. Jamás cambió de camiseta. Sólo tuvo una, y una sola bandera. Por eso no cotizó nunca en la lonja de fichajes de los Cebrián, los Onega y tantos otros que vivieron muy bien de Franco y contra Franco.

Era grande y leal, era Miguel Ors. Que Dios lo tenga en su Gloria.