La higuera fue uno de los primeros frutales cultivados por el hombre hace cinco mil años. En la Biblia se encuentra entre las siete especies vegetales con que Dios bendijo Tierra Santa y le consideraron árbol de paz. En el libre del profeta Miqueas puede leerse: “y descansará cada uno debajo de su parra y de su higuera sin tener temor de nadie: pues lo ha prometido por su boca el Señor”.

También en el Libro de los Reyes, en el de los Macabeos, en las profecías de Jeremías y Zacarías es símbolo de vida tranquila y también de prosperidad. En la mitología latina jugó un papel destacado por haber sido consagrada a Baco, y emplearse en ceremonias relacionadas con este dios. El hecho de que Rómulo y Remo hubieran sido amamantados por la laba bajo una higuera prestigió al árbol, haciendo de él árbol de culto. En la tradición occidental posterior su reputación adquirió caracteres adversos, y se dijo que su sombra, sobre todo la de la higuera negra, trae funestas consecuencias y da calentura. Una copla del siglo XIX recoge de esta manera esta creencia:

Anda, vete de mi vera,

que tú pa mí has tenío

sombra de negra jiguera.

 

Junto con la del nogal, la sombra de este árbol es tenido por dañina. Tenía asimismo fama de árbol gafe que trae desgracia, y se aseguró que no es bueno buscar cobijo bajo sus ramas ni siquiera para guarecerse de una tormenta: el aire acumulado debajo de este árbol produce males. Tan mala fama tuvo que ver con cierta creencia extendida en el siglo XV según la cual el fruto que hizo pecar a Adán y Eva fue el de la higuera, ofrecido por la serpiente a la mujer para tentar a su compañero. Incluso la caída de este árbol, que no suele ser muy alto, es considerada de efectos mortales. Es creencia popular que quien se recueste sobre su tronco para dormir, tendrá dolor de cabeza. Parte de esta creencia es achacable a un relato evangélico donde se lee: “Así que salieron de Betania, (Jesús) tuvo hambre, y como viese a lo lejos una higuera con hojas encaminose allá para ver si encontraba en ella alguna cosa; y llegando, nada encontró sino follaje, porque no era aún tiempo de higos. Y hablando a la higuera, le dijo: Nunca más coma ya nadie fruto de ti”.

De la misma manera pudiera verse en esta consideración negativa el que Judas Iscariote escogiera la higuera para ahorcarse tras vender a su maestro;

de ahí que se le asocie con la traición y falsedad del personaje y aún hoy puede escucharse la siguiente comparación popular: “Más falso que rama de higuera”. En Aragón creen que el agua que mane en su proximidad procede del infierno. A su mala fama contribuyó la creencia de que alberga en sus ramas sabandijas y animales desagradables: un cantar popular lo pone de manifiesto de esta manera:

A una higuera me subí

y me caí de lo alto.

A la higuera sólo suben

los grajos y los lagartos.

 

En Canarias tenían conjuros contra el maleficio de la sombra de la higuera: tirar tres hojas de este árbol al suelo. Dicen que su madera al arder desprende mal olor.

En documentos castellanos de 1070 aparece el término “ficus”, que nuestro primer poeta castellano, Gonzalo de Berceo, escribe “figuera” a principios del siglo XIII:

Avíe hy grant abondo de buenas arboledas

milgranos e figueras, peros e manzanedas.