Me siento tranquilamente para tomarme un café y un pastel en la cafetería de unos grandes almacenes. Al mismo tiempo aprovechaba para leer el periódico. Cuando elegí la mesa no me percaté de que a la izquierda se sentaba una familia con un niño pequeño (3, 4 años). El niño se movía con libertad en torno a mi mesa y, de vez en cuando, la rozaba, con el correspondiente bailoteo de tazas y objetos.

Eso hacía que mi lectura del periódico fuera sobresaltada y fragmentaria. Cada vez que veía al niño de acercarse temía lo peor. Pero, más adelante me di cuenta de que también a mi izquierda había otra tierna criatura de parecida edad con ganas de juego. Esta fue más directa en su ataque y me dio un envite tal, que la taza del café se derramó en parte y los objetos que estaban en la mesa sufrieron una especie de amago de terremoto. Por fin me atreví a proferir una advertencia (más bien un ruego) al travieso infante: Nene, ten cuidado.

Lo más curioso del caso es que las respectivas familias, en las que sólo había mujeres (perdónenme mis amigas feministas, pero es así), que debían ser sus madres y abuelas y las amigas de la familia, no se inmutaron en ningún momento de la batalla. No miraron a los niños, ni les advirtieron, ni mucho menos les regañaron. Siguieron con su charla y su café como si aquello fuera un asunto que transcurría en el planeta Marte.

Por tomarme la vida con filosofía, lo cual puede llegar a ser una deformación profesional, y no alterar mi tensión arterial ya un poco alta por la dieta desequilibrada que arrastro, en lugar de enzarzarme en una discusión con las señoras, me acordé de las teoría educativas y filosóficas de Rousseau, que allí estaban tendiendo una aplicación práctica, tres siglos después.

El pensador francés, como se sabe, uno de los ideólogos e inspiradores de la Ilustración, afirmaba que el hombre es bueno en su estado natural primitivo y que es la sociedad con sus convencionalismos y trabas artificiales, quien lo echa a perder. De ahí provienen las teorías del “buen salvaje” y su aplicación práctica en el mundo educativo. Hay que dejar al niño que haga lo que quiera; es un contrasentido limitarlo con nuestras convencionales normas. Al imponerles pautas de conducta, estamos limitando su espontaneidad, su creatividad natural. Estamos imponiendo un sistema de valores que es convencional y antinatural. Ya irá aprendiendo solo. Y si, por ejemplo, le tira el café a este señor calvo que lee el periódico, ya aprehenderá por si solo las consecuencias negativas que esto conlleva. Además, si no, este señor pide otro café y tranquilos.

Las teorías de Rousseau tuvieron una larga influencia tanto en la filosofía como en la pedagogía (la llamada “pedagogía libertaria” le debe mucho) y llegaron hasta el famoso experimento de la escuela inglesa de Summerhill. Su aplicación, aunque sea inconsciente, en una generación de tiernos infantes hispanos tendrá sus consecuencias.

Lo que no podía sospechar el buen francés es que en, en los comienzos del siglo XXI sus teorías del “estado natural” se llevarían a la práctica, como diría el tópico periodístico, en vivo y en directo.