Cada vez es más frecuente toparse con el discurso del cambio climático en boca de un sacerdote. Uno va tranquilamente a la iglesia creyendo que allí podrá descansar de la propaganda ideológica del mundo, creyendo que encontrará sólo a Cristo y cuanto le hace relación; pero insertado en el sermón como sutil paréntesis, o en la oración de los fieles para que lo repitamos desprevenidos, aparece el retal de un mitin contra el cambio climático. En esos momentos uno no puede evitar preguntarse: «¿Será Leonardo DiCaprio disfrazado de nuestro sacerdote para deslizarnos su discurso? ¿Estoy en Misa, o en una conferencia de Greta Thunberg?

   Esta tendencia se hace notar también en las redes sociales. Desde sus cuentas, algunos sacerdotes aprovechan para acostumbrar a sus seguidores al argot ideológico. Sólo periódicamente, entre diatribas contra el cambio climático, apologías a favor del colectivo LGTB y comentarios a cualquier frivolidad del momento, intercalan alguna referencia a Cristo y a su Iglesia.

   Podría entenderse que utilizaran las redes sociales para hablar de Dios y de la doctrina católica, y que eventualmente opinaran sobre alguna cuestión profana. Pero con estos sacerdotes ocurre todo lo contrario. La mayor parte de sus mensajes son comentarios a cuestiones mundanas, en el mejor de los casos, o intentos de justificar una ideología moderna con una exégesis ad hoc de las Escrituras, en el peor. Sólo de vez en cuando nos hablan sencillamente de Jesucristo.

   Con más tristeza que indignación lo digo: este error ha alcanzado también a la alta jerarquía de la Iglesia. Recientemente, un cardenal español escribía en Twitter un alegato contra el cambio climático. No pude dejar de expresarle mi opinión al respecto, así como no puedo dejar de recordar esa opinión ahora.

   No sabemos (por hablar con la máxima cautela) si el cambio climático existe o no en los términos en que la ideología medioambiental lo presenta. Es decir, sabemos que existen cambios de clima, y hasta estamos dispuestos a reconocer que en verano no hace tanto frío como en invierno; pero que el clima vaya a sufrir inminentemente o esté sufriendo ya un cambio que pone en peligro la supervivencia humana, es algo que como poco puede ponerse en duda. Parece, por lo tanto, que si un sacerdote, un cardenal o cualquier otro ministro de la Iglesia quisiera pronunciarse al respecto, tendría que hacerlo con tanta más prudencia cuanto incierta es la materia que se trata.

   Lo que sí sabemos, y el mundo está lejos de tratar de ocultarnos, es que el aborto existe, y que por su causa son asesinados en torno a 100.000 niños al año sólo en España. Sabemos también que el aborto está reprobado por el quinto Mandamiento, por las Escrituras, por los Padres y Doctores de la Iglesia, por encíclicas papales y por el Catecismo.

   Comparando estas dos cuestiones, la primera incierta y de escaso recorrido teológico, la segunda cierta y de suma importancia para la salvación de los hombres, parece completamente claro que cualquier ministro de la Iglesia, sea cual sea su jerarquía, debería expresarse poco y con poca contundencia sobre la primera cuestión, y mucho y con mucha contundencia sobre la segunda.

   Gracias a Dios, muchos ministros de la Iglesia así lo entienden y actúan en consecuencia. Pero otros, entre los que se encuentran cardenales y obispos, hacen exactamente lo contrario. Sobre lo incierto y poco importante para la fe como es el cambio climático, no dejan de pontificar, declamar, hacer apología y proselitismo si es necesario, sin temor a herir la sensibilidad de quienes no están de acuerdo; sobre lo cierto y de mayor importancia para la fe como es el aborto, son ambiguos, imprecisos, diplomáticos y comprensivos, y repiten que hay que tratarlo con delicadeza para no impresionar al mundo ni herir la sensibilidad de quienes no están de acuerdo. Pregonan contra el cambio climático y musitan contra el aborto.

   Como puede verse, aquí hay una incoherencia difícil de explicar, o que sólo puede explicarse por un excesivo apego al mundo. Quienes no confían en la Iglesia ni en la promesa que Jesucristo nos hizo sobre ella, creen que deben mendigar al mundo protección, que deben condescender con su enemigo para que no la destruya por completo, que introduciendo algo del discurso del mundo en la propia Iglesia a ésta se le perdonará la vida y se le permitirá subsistir. No es así como pensaron y sintieron los primeros católicos, los apóstoles, los Padres de la Iglesia, los santos de los primeros siglos. Jamás temieron contradecir al mundo ni al poder secular, y de hecho los tiempos más fructíferos para la Iglesia fueron aquellos en que desafiaron directamente la moral y las costumbres paganas.

   Ahora se ha hecho la prueba contraria. Se ha condescendido con el mundo, se le ha tratado con delicadeza, se le ha temido, se ha permitido que introduzca sus ideas en nuestros altares, se le ha cedido el terreno en todas las esferas por miedo a la represalia. El resultado es que las iglesias están cada vez más vacías.

   Todo parece indicar, por lo tanto, que nuestro proceder en la Iglesia debe regirse más por la promesa de Cristo que por las amenazas del mundo. La Historia nos ha demostrado que, en cuanto a la Iglesia se refiere, los cálculos humanos fallan, los pronósticos más verosímiles se equivocan y los actos que acabarían con cualquier asociación puramente humana a ella la fortifican. Los más grandes estrategas han reconocido su impotencia ante ella. Napoleón acabó confesando: «los pueblos pasan, los tronos se derrumban, pero la Iglesia permanece. Entonces, ¿cuál es la fuerza que mantiene en pie esta Iglesia asaltada por el océano furioso de la cólera y del desprecio del mundo?»  

   También las ideologías pasarán. Que no teman estos ministros que la Iglesia vaya a perecer si no incorpora el discurso del cambio climático al mensaje de Cristo, si no contemporiza con la modernidad, si no se muestra tolerante con las aberraciones, si no tiende puentes. Hay que fijarse en la cruz, que permanece mientras todo pasa, mientras todo cambia, mientras todo se derrumba y muere alrededor. No necesitamos más puentes. La cruz es un puente que sólo puede cruzarse cargándolo a nuestras espaldas.