En el siglo VI, San Gregorio Magno estableció en su Magna Moralia los siete pecados capitales: Superbia, Invidia, Ira, Avaritia, Accidia (pereza), Gula y Luxuria.

Sin embargo, no fue hasta el siglo XIII, cuando Henricus de Bartholomaeis, en Summa Hostiensis (1271), los reordenó tal como hoy los conocemos; Superbia, Avaritia, Luxuria, Invidia, Gula, Ira y Accidia; asignando al peor de todos los pecados cerrar la lista, en último y deshonroso lugar.

Accidia, acedia, pigritia, o desidia, se suelen acompañar de tristitia (tristeza) y anomie (anomia), y sus numerosos sinónimos reflejan su presencia y hasta dominancia y gobierno en el ánimo de los hombres: molicie, abandono, negligencia, incuria, galbana, abulia, dejadez, holgazanería, descuido, desgana, modorra, apatía, desinterés, gandulería, inapetencia, haraganería…

En el ámbito literario, criticaba Gracián, desde una perspectiva teológica, en 1653, la pereza iluminista de los alumbrados o dejados, que, abandonándose al amor de Dios, despreciaban las obras frente a la Gracia divina:

“Estaba la puerta patente, y el portero muy sentado, por no cansarse en abrir. Tenía calzados unos zuecos de conchas de tortugas, desaliñadamente sucio y remendado. 

Este dijo Critilo, a ser hembra, fuera la Pereza.

¡Oh, no! dijo el Ermitaño, no es sino el sosiego; no hace aquello de dejamiento, sino de Pobreza; no es suciedad, sino desprecio del mundo”. 

(El Criticón, Segunda parte, Crisi 7, El Yermo de Hipocrinda).

Y más tarde, por supuesto, Iván Goncharov, en su obra Oblomov (1859) inmortalizó el arquetipo del perezoso en el personaje Ilia Illich Oblomov:

“Cuando por su rostro se extendía una nube de preocupación que le subía del alma, entonces la mirada se le nublaba, aparecían unas arrugas en su frente, y en sus facciones se reflejaba duda, melancolía y susto; pero rara vez la inquietud se concretaba en una idea determinada y casi nunca se transformaba en una resolución.”1

Pero lo cierto es que, por desgracia, en nuestros tiempos, ni Gracián ni Goncharov  figuran entre los autores de referencia, ni Oblomov pertenece al acervo compartido por los españoles. Aunque, por no leer, tampoco se lee a Julio Camba, aquel escritor que sostenía, con humor, sobre la pereza: “Por mi parte, confieso que lo que más me divierte es el no hacer nada. Si yo tengo una verdadera afición en el mundo, es la afición a la pereza. La pereza constituye mi vicio central, mi pasión única”. (Sobre casi nada, 1962).

Lamentablemente, en España, sucesivas leyes educativas han desterrado y borrado los útiles modelos que el pasado nos proporcionaba, marginando las Humanidades en aras de la mejora de la llamada “competencia tecnológica”. Privilegiando la actualización permanente en el campo digital, en detrimento de una formación sólida encaminada a fomentar la reflexión y promotora del pensamiento crítico2... Y olvidando que sin los referentes suministrados por los clásicos de la literatura –como fuentes del pensamiento–, nuestros conciudadanos se hallan inermes frente al engaño y desprevenidos contra los males del alma, incluida, por supuesto, la desidia. Desidia coadyuvante, a su vez, al imperio de la ignorancia, en un círculo vicioso en el que la pereza y la ignorancia se alimentan mutuamente.

Porque, sabiendo que el espíritu es susceptible de corromperse, y que siempre nos acecha la amenaza de sucumbir a nuestras debilidades –prestas a torcer nuestra memoria, entendimiento y voluntad, que diría San Agustín–, con la lectura y mediante la enseñanza, podían anticiparse las consecuencias de nuestros actos. O de nuestra inacción. De forma que, aún asumiendo que jamás podrán desterrarse nuestras flaquezas, éstas podían ser corregidas, o al menos paliadas, tempranamente. Es decir, a tiempo. 

Por supuesto, las fábulas, las Sagradas Escrituras, los cuentos y los refranes, constituían el sustrato principal de aquella educación preventiva, pero la literatura en general, ya fuera en verso o prosa, a través de infinitos ejemplos, daba un utilísimo bagaje,   permitiendo aprender en piel ajena. 

A pesar de todo, hoy no se lee. Contra lo que digan algunas estadísticas autocomplacientes –las mismas que llevan décadas martilleando con la cantinela de “la generación más preparada de la historia”–, es un hecho que cada vez hay menos lectores y menos adultos que comprendan lo que leen. Entendiéndose el término adulto como una mera cuestión nominal. Y así, sin lecturas ni espíritu, e insertas en el círculo vicioso de la pereza y de la ignorancia, las nuevas generaciones son, simultánea y progresivamente, más proclives a la negligente esclavitud de sus apetitos. 

De modo que nos encontramos ya en el año 2021 y, mientras algunos destruyen la democracia, socavan las instituciones, anulan la separación de poderes y cercan a los pocos que osan resistir, la masa asiste impávida al desmoronamiento de su nación y a la instauración de una dictadura en la que, por descontado, no se admite la disidencia.

Y ciertamente, como ya se ha dicho, si esto es así, se debe, en gran medida, a las sucesivas leyes de Educación que –siempre en el mismo sentido– unos han impulsado, y otros, perezosos, se han negado a combatir. Pero también, no lo olvidemos, la molicie y la anomia son, en último término, responsabilidad de cada uno. Circunstancia ésta, invariablemente orillada por el holgazán, quien, a pesar de su indolencia, siempre halla resquicio para echar la culpa de sus faltas a cualquiera menos a él mismo. Pobre víctima de las circunstancias, sin fuerza para vencer la presión ambiental, encadenado a mil y una vicisitudes que le impiden actuar si no es a favor de la corriente. Ese hombre del colchón que diría Unamuno: “El hombre del colchón es el que se pasa la vida buscando un colchón, católico, protestante, budista, racionalista, materialista, ateo, agnóstico o lo que sea, en que poder echar sus siestas lo más largas posibles. El hombre del colchón quiere seguridades que le ahorren quebraderos de cabeza; el hombre del colchón quiere tener dónde dormir”. (“El hombre de la mosca y el del colchón”, El Sol, Madrid, 10 de febrero de 1918).

El zángano, el cómodo, el gandul, ese hombre del colchón es un ser desactivado. Pero cabe añadir que desactivados están, también, los adoradores de su ombligo; los que se refugian en la introspección de su mismidad, engañándose a sí mismos mientras dilapidan su tiempo con la mente en blanco, fumando marihuana o jugando a la play. Los que se aíslan de los problemas sociales y políticos encerrándose en una burbuja a su medida, habitada por hadas, duendes y unicornios, aferrándose a su infancia. Los que creen que los problemas se arreglan meditando, haciendo ejercicios respiratorios, yoga, taichi o mindfulness. Desactivados están los que creen en el karma, el tarot o en los héroes de Marvel…

Como los que recriminan a un estafermo el no hacer nada, para volver a apoyarle sin ganas, para de nuevo reprocharle que no mueva un dedo… Y que reincidirán en el mismo error con su heredero a la mínima ocasión que se presente. Por pura pereza.

 1. Goncharov, I. Oblomov, Editorial Calpe, Colección Universal, nº 977-980,  Madrid, 1924, Tomo I, p.8.

2. En palabras del Catedrático de Filología Griega Carlos García Gual, poco antes de ingresar en la Real Academia Española, a sus 76 años: “La reducción del horizonte intelectual es un empobrecimiento. La vida no sólo está hecha de saberes técnicos. […] La batalla en favor de las Humanidades está perdida […] Hay demasiados intereses económicos en contra. La apabullante venta de soportes tecnológicos es una de ellas”. (Entrevistado por Antonio Lucas en El Mundo, Madrid, 14-02-2019). N.A.