1. La leyenda del Ibero Enkidú
  2. La castidad tiene dos puertas
  3. La leyenda del romano
  4. La leyenda de "Natalio el Carteyano"

Encerrado como estoy en mi "harén particular" (ojo, que en mi harén solo hay libros, periódicos, informes y papeles...porque ya ni si quiera tengo a mi lado mi "Lara", la mejor perra que conocí y tuve muchos) aunque no se lo crean estoy leyendo más que nunca. Quizás porque según Hans Selye, el padre del
"estrés", no hay mejor antídoto contra las enfermedades raras que la lectura... y en ese viajar de estas noches por las páginas más raras he ido recogiendo algunas leyendas para después incrustarlas en mis novelas.

Hoy me complace reproducirles tres de ellas y bien diferentes:

La Primera: La leyenda del Ibero Enkidú

La historia que aquí se va a contar sucedió en el siglo VI antes de Cristo, en un poblado íbero del cual sólo quedó el nombre, Carruca. Según Estrabón el poblado pudo estar situado en los montes que rodean el joven pueblo de Nova Carteia, "las cumbres", en la Campiña de Córdoba y dentro del amplio valle del Guadalquivir. Sí se sabe que los poblados íberos eran de dos tipos: los pequeños asentamientos, situados en zonas llanas que carecían de fortificación y los recintos fortificados, que eran estructuras de dimensiones reducidas con fuertes defensas y estaban situados en las partes más altas del terreno. Luego estaban los grandes poblados, que controlaban una región o zona más amplia. Normalmente los pequeños poblados de la llanura sólo se ocupaban temporalmente y para trabajos relacionados con la agricultura. Los pobladores de estos asentamientos los abandonaban en cuanto oteaban en el horizonte algún peligro... Y los peligros venían casi siempre de las luchas que mantenían los distintos pueblos íberos que ocupaban las zonas más próximas al Mediterráneo, que eran muchos: sordones, ceretanos, andosinos, indigetes, layetanos, ilergetas, suessetanos, adetanos, oretanos y turdetanos. Entonces España era Iberia.

Naturalmente una historia de aquellos remotos tiempos, y cuando no está suficientemente demostrada como lo apuntan los profesores Almagro Gorbea y José María Blázquez, acaba siendo una leyenda y como tal pudo ser cierta o fruto de la imaginación popular, transmitida de generación en generación. Pues bien, la historia del íbero Enkidú entra en el capítulo de las leyendas.

Al parecer en aquel poblado de Carruca y en aquella tribu de turdetanos existían unas normas muy rigurosas con relación al amor y al matrimonio. Aunque no estaba escrito era obligado que la novia elegida antes de la noche de bodas tenía que acostarse con todos y cada uno de los miembros varones de la familia del novio, incluyendo los más viejos. Sólo al haber pasado este trámite los jefes del poblado autorizaban la boda. Se llegaba a más, si los viejos, abuelos o tíos, no podían hacer el amor con la novia, por falta de una erección suficiente, tenían que provocar el orgasmo con los dedos. Era, al parecer, un modo de asegurar que los futuros niños de la pareja procedían de la sangre del esposo. Esta era la norma, la costumbre heredada de los antepasados y mantenida a través de los tiempos.

Pero, esta ceremonia prematrimonial además tenía que ser pública para completar el guión de los antepasados. Por ello, en cada "acto carnal" tenían que estar presentes el Justicia Mayor del poblado y dos testigos elegidos por el pueblo (una mujer y un hombre) y por ello cada boda se convertía en una verdadera "fiesta del amor", ya que duraba tantos días como familiares tuviese el novio. Y todavía más, todo tenía que estar orientado como una ofrenda a los tres dioses que se implicaban en el acontecimiento. La ofrenda se hacía en la Plaza del poblado y consistía en el sacrificio de 7 vacas, 7 cabras y 7 ovejas, que se asaban después de ser decapitadas para degustación de los habitantes del poblado y de otros llegados de poblados cercanos... Y los tres dioses eran:

ACHELÓO, el Dios toro símbolo de la virilidad y la fertilidad masculina.

AMMA, la Diosa consagrada a las madres y la fertilidad femenina, y

BARAECO, el Dios protector del Poblado.

Hasta que le llegó el turno al joven guerrero Enkidú, el más apuesto y fuerte de los jóvenes de Carruca. Porque Enkidú se sublevó y se rebeló. No aceptaba que su amor, la mujer elegida para ser su esposa y madre de sus hijos, pasara antes por las manos de ningún hombre, aunque fueran su padre, sus hermanos, su abuelo o sus tíos.

¡Y ahí surgió el problema!, pues las "autoridades" del poblado se mantuvieron firmes en la defensa de las normas que venían de sus antepasados y le plantearon al joven Enkidú una encrucijada vital: O aceptaba las normas o tenía que abandonar el poblado y a la joven elegida.

Enkidú protestó, lloró y trató de convencer a los miembros más importantes del poblado que aquello era una locura, un disparate, algo antinatural. Pero, todas sus quejas fueron inútiles. Al final se celebró un "juicio del pueblo" para que fuese el pueblo el que decidiese.

Según la leyenda el fiscal acusador, que representaba al pueblo y a la Ley, dijo en su alegato:

- Amigos todos, compatriotas, estamos aquí reunidos para juzgar la rebeldía del joven Enkidú. Nuestro admirado Enkidú no acepta que su amada Astarté haga el amor con los miembros varones de su familia y ello va contra nuestras costumbres más sagradas. No estamos en contra de Enkidú por sus razones, sino porque si aceptáramos sus razones y rompiéramos con las costumbres ancestrales de nuestro pueblo sería una ruina para todos. Porque los pueblos que olvidan su historia y reniegan de las costumbres heredadas de sus mayores están condenados a desaparecer. ¡Es eso lo que yo defiendo, lo que todos debemos defender! ¡Nuestra historia, nuestras costumbres, nuestras leyes! Por tanto, yo pido a este Consejo que rechace las razones del joven Enkidú y le condene a aceptar nuestras costumbres o a que abandone nuestro poblado.

Entonces el Jefe de aquel Consejo, un aciano de 48 años que había combatido casi toda su vida contra los enemigos internos y externos, le dio la palabra al joven Enkidú, quien muy serio, pero aparentemente tranquilo, se acercó al círculo de los oradores y dijo:

- Amigos míos, antes de exponer mis razones os pido que contempléis, aunque sólo sea un momento, a mi amada Astarté. Fijaros bien en su belleza, fijaros bien en su cuerpo, fijaros bien en sus ojos... Y decidme, ¿cómo? ¿Cómo puedo yo permitir que mi amada sea mancillada por las manos de otro hombre, aunque ese hombre sea mi padre? ¿Cómo puedo yo permitir que sus labios sean besados por otros labios que no sean los míos? ¿Cómo puedo yo permitir, que mi corazón se abra y sangre, que su bellísimo cuerpo sea tocado por manos extrañas, aunque sean las de mis hermanos? ¿Cómo puedo yo permitir que su virginidad sea robada con mi consentimiento...? Amigos míos –y en ese momento la voz de Enkidú se rompió y las lágrimas afloraron a sus ojos-. Amigos míos, yo no estoy contra las costumbres y las normas de nuestro pueblo. Sabéis todos que yo he luchado siempre en defensa de Carruca y que muchas veces me he jugado la vida por defenderos a todos... ¡No!, no, yo no estoy contra nuestras costumbres, yo sólo defiendo el honor de mi amada Astarté. ¿Habéis pensado la humillación que sería para Astarté pasar por las manos de otros hombres, aunque sean los hombres de mi propia familia? ¿Habéis pensado lo que sufriría la bella Astarté teniendo que soportar sobre su hermoso cuerpo a un hombre al que no ama? Por todo ello, os ruego, os suplico, os imploro, que reconsideréis antes de juzgar y que aprobéis nuestro matrimonio desatendiendo las normas de nuestros antepasados... Si queremos ganar el futuro tenemos que empezar por modificar el presente. Las leyes no pueden ser eternas, los tiempos cambian y hasta la Naturaleza evoluciona... ¡Sed justos, sed comprensivos y en nombre de Afrodita yo os pido que me permitáis casarme con Astarté, con mi amada Astarté, como yo la amo, virgen y pura, sin que la hayan tocado otras manos que no sean las mías.

Pero, aquel juicio, según la leyenda, no terminó ahí, porque fue tal el enfrentamiento que surgió entre los pobladores de Carruca que al final desembocó en una guerra fratricida que produjo más muertos que cualquier otra guerra con enemigos exteriores. Entre los caídos, desgraciadamente, estuvieron el joven Enkidú y la bella Astarté.

 

 

La segunda: La castidad tiene dos puertas

Sor Teresa quiso ser monja desde su infancia y a ello contribuyó el ambiente en el que se había criado, porque desde que murieron sus padres y se quedó huérfana con cinco años había vivido en casa de sus abuelos maternos, que eran unos católicos fanáticos. Su abuela era de comunión diaria y se pasaba más tiempo en la iglesia que en su casa. No menos devoto era su abuelo, y ambos rezaban dos rosarios al día. Hasta la casa parecía una iglesia, pues en las paredes no había nada más que cuadros religiosos y en una pequeña habitación hasta había una capillita, una escultura de Jesús en la Cruz y dos reclinatorios.

Y por si faltara poco la llevaron a un colegio de monjas. Allí conoció a las hermanas María y Magdalena, y ellas fueron sus grandes amigas durante los años de estudio.

Por tanto, Teresa ya no vio otro camino que el de entregarse a Dios y hacerse monja. A los dieciocho años ya era novicia y vistió los primeros hábitos, naturalmente para ella no existían los hombres. Así que un año más tarde tomó los votos de obediencia, pobreza y castidad. Y todo fue bien hasta que un día sintió un fuego especial en su interior y se dio cuenta que a su cuerpo le faltaba algo. Fue entonces cuando se atrevió a manifestar sus inquietudes al padre confesor y fue este el primero en hablarle a fondo de la castidad. Demasiado a fondo para un alma virgen que apenas si sabía algo del sexo. Y un mundo nuevo se le abrió a la ya hermana Sor Teresa y comenzó a leer biografías de Santas, y poco a poco se fue adentrando en los misterios del sexo masculino y femenino.

Sin embargo, fue la hermana Sor Matilde, la más vieja del convento, la que un día no sólo le abrió los ojos sino que le habló de las dos puertas que tiene la castidad. Según aquella viejecita ella ("y no yo sola", le dijo una tarde) había resuelto el voto de castidad haciendo lo que no estaba prohibido expresamente por las normas de la orden: Hacer el amor por atrás. Nadie, en ninguna norma había prohibido esa vía, esa trampa que permitía saciar los deseos carnales. ¡Dios y aquella exposición rompió la quietud del alma de la joven Sor Teresa! Porque a partir de ese momento la joven comenzó a sentir unos deseos innatos de hacer el amor por atrás y descubrir los misterios del sexo. Tenía veinte años escasos y la naturaleza, o las hormonas o lo que fuese estaban introduciendo en su cuerpo las pasiones de la carne. Así que ya no tuvo otro deseo que buscar o encontrar al hombre con el que experimentar y saciar sus deseos.

Pero, inocente como era, y temerosa de un castigo divino se pasaba horas rezando y hasta tuvo el atrevimiento de abrir su corazón al confesor. Don Sebastián, que así se llamaba el sacerdote que acudía todos los días al convento a decir misa y a confesar a las monjas entendió enseguida lo que estaba pasando en el interior de la hermana Teresa y en lugar de apagar el fuego la roció de gasolina. Tal vez con intenciones pecaminosas uno de aquellos días le dio a leer a escondidas una novela, que se llamaba "Las palomas de María Fernanda" del autor Lucio Séneca, y sólo le dijo:

- Hermana, lea usted esta novelita, sin que la vea nadie por favor, y cuando la termine vuelva usted por aquí.

 

Y eso hizo Sor Teresa. Leyó aquellas páginas escandalizada e incluso se asustó como nunca se había asustado. Sobre todo cuando llegó a la escena de las palomas y lo que vino después. Aquella noche no pudo más y se hartó de llorar porque una guerra interior había estallado sin remisión. Por una parte Dios, la Virgen María y todas las Vírgenes del cielo tiraban de ella hacia la castidad máxima y por otra su instinto animal la arrastraba a poner en práctica la experiencia según los deseos de su propio cuerpo.

Aquella batalla alcanzó la cúspide cuando en el Diario de la protagonista leyó estas líneas: "Tarde.

¡Increíble, increíble, increíble, increíble y mil veces increíble! ¡Quique, Quique, Quique y mil veces Quique!

¡Isabelita, me la ha metido por el culo, sí, sí, por el ano... y ahora mismo estoy como una gata rabiosa! Me duele el ano, me duelen las entrañas y sin embargo, estoy llorando de placer. ¡Señor, qué es esto que estoy viviendo! ¡Perdóname, pero me gusta! Mi cuerpo se ha sublevado y ya sólo pienso en su polla (¡Dios, Dios, qué cosas digo!). Ahora mismo bajo y le digo que me lo haga otra vez. Ya no me importa nada.

Señor, perdóname, y hágase tu voluntad. ¡Envidio a las palomas! ¡Quiero ser paloma el resto de mi vida!

Noche

He hablado largo y tendido con Quique de mi vida pasada. Ciertamente es un hombre maravilloso. Siento que me he enamorado y que lo quiero como si fuera Julieta. Ahora me voy a dormir con él. La vida es también maravillosa."

Sor Teresa quedó anonadada y en cuanto aquel día llegó Don Sebastián se hincó de rodillas en el confesionario, y llorando le dijo:

- Padre, no puedo más... Mi alma ahora mismo es un tormento, anoche terminé de leer el libro que usted me dejó y me he pasado la noche llorando.

- Pero, hija mía, ¿por qué? ¡Es la vida! Así son los hombres y las mujeres, así lo quiso el Señor, o así fueron los hombres desde el pecado de Eva. Pero, todo en esta vida tiene remedio...

- ¿Cuál, Padre, cuál? Yo estoy hecha un lío.

- Normal, Teresa, normal. Tú eres una joven y muy bella y también eres un ser humano. Ya sé que tu vocación es firme, pero la batalla que se ha desatado dentro de ti es lógica. Todos los sacerdotes y todas las monjas hemos vivido esa guerra, el sexo es una tentación, la tentación de Satanás. No olvides que también Jesús fue tentado por el demonio. Sólo hay una solución para vencer la tentación, enfrentar ambos contendientes, el amor divino y el amor humano hasta ver cuál de los dos vence... Si en la refriega vence el primero serás ya el resto de tu vida una buena monja, si vence el segundo tendrás que decidir: O abandonar los hábitos o abrir la segunda puerta de la castidad.

Y eso fue lo que hizo Sor Teresa. Porque a los pocos días, y con una estratagema que el propio Don Sebastián puso en práctica ambos se encerraron en la casa del confesor y allí Sor Teresa fue penetrada varias veces por el propio confesor.

Meses después Sor Teresa salía del convento vestida de mujer y arrastrando una maleta. Y colorín colorado este Relato ha terminado".

 

 

La tercera: La leyenda del romano

Cuenta una vieja leyenda romana que allá por los años del emperador Augusto, existió un viejo patricio en Córdoba que a la hora de su muerte sometió a sus hijos a la más terrible de las pruebas, con el noble propósito de dejar su herencia en manos del mejor... para lo cual no le importó desafiar las leyes de Roma, ni siquiera las de la naturaleza.

Según esta leyenda, Lucio Afranio Marcelo, que así se llamaba el viejo patricio, un viejo soldado de Julio César en la batalla de Munda, sintiéndose morir llamó a sus siete hijos y les dijo:

- Hijos míos, ya lo veis, la muerte llama a mis puertas sin remedio... y dentro de algunas horas me habré marchado para siempre... Sí, sí... ya sé cuánto lo sentís... pero la vida es así: un día se nace y otro se muere. Os confieso que me hubiese gustado seguir con vosotros unos cuantos años más, pero... los dioses no perdonan y yo no puedo ser más que un dios. También sé que no os dejo en el mejor momento... porque sé de vuestras rencillas y de vuestros enfrentamientos... No, no digáis nada: lo sé. Lo sé y lo lamento... porque me hubiese gustado que os llevarais como verda deros hermanos y no como furibundos enemigos. Por eso he decidido algo que os va a sorprender... No quiero marcharme sin saber cuál de vosotros es el más justo y el más humano... entre otras cosas porque a él debo dejar la dirección de nuestra familia. Venid; escuchad... Se me ha ocurrido que antes que la negra noche me absorba y la soledad reine en esta casa debierais responder a una pregunta... sólo a una pregunta que yo os voy a hacer. Sé que es difícil... y aún más: sé que os va a resultar imposible responderla. Pero este es el juego... ¡mi último juego!. También sé que tal vez no sea justo al poner en práctica lo que he pensado... Sí, porque lo que he pensado es que... ¡aquel de vosotros que no responda con certeza a mi interrogante se tendrá que quitar la vida justo en el momento en que yo deje la mía!... Aunque bien pensado morir no es sino viajar... adentrarse por ese camino que conduce al palacio de los dioses y al Olimpo de la verdad... Pero, por favor, salid y alejaos un tiempo. Yo os iré llamando ante mi presencia...

Y así lo hicieron los hijos. Sin decir una palabra salieron del cuarto donde el padre decía adiós a la vida y se dispusieron para la "gran prueba". Ni que decir tiene lo que aquellos hijos estaban pensando... y muy especialmente teniendo en cuenta sus bruscos caracteres y sus retorcidas personalidades. Luego, pasado un rato, fue llamado ante la presencia del padre el mayor de los hijos y se produjo este diálogo:

PADRE: Ven, hijo mío, ya sé que tú no has sido el responsable de lo que aquí ha pasado, pero... ¡Tenía confianza en ti! ¡Pensé tanto en ti durante mis largas estancias en Roma!... Por favor, dime una cosa: para ti, ¿cuál es el hombre más poderoso de la tierra?

HIJO 1: Padre... ¿el hombre más poderoso de la tierra?... No sé... Tal vez el Emperador... Sí, sí nuestro Emperador.

PADRE: Te equivocas, hijo... El Emperador no es más que un hombre que puede ser vencido por otro hombre. Octavio Augusto, además, es ambicioso... ¡Retírate y cumple con tu deber! Tú no podrías gobernar esta casa.

Después, y como sintiese que la vida se le escapaba, llamó a los demás, todos juntos y les hizo la misma pregunta:

PADRE: para vosotros, ¿cuál es el hombre más poderoso de la tierra? A ver, responderme por orden. De izquierda a derecha... Tú, Marco Antonio, debes ser el primero.

Y aquel mozo que ya había ingresado en la Guardia pretoriana y soñaba con ser centurión dijo:

HIJO 2: Padre, eso ni se duda: el hombre más poderoso de la tierra será siempre el que tenga con él a los ejércitos.

PADRE: Te equivocas, hijo... Un ejército puede ser derrotado por otro ejército y el general más poderoso puede ser encarcelado por sus propios soldados. Por tanto, no acepto tu respuesta. Dispón tus cosas y sígueme...

Luego le tocó el turno a otro de los hijos... aquel que ya había cruzado varias veces el Mediterráneo para comerciar con los galos y los romanos. Su respuesta fue tajante:

HIJO 3: Padre, no lo dudes, el hombre más poderoso de la tierra será el que tenga más oro, más barcos y más esclavos.

PADRE: ¡Ay, hijo!, ya sabía que me responderías así... pero te equivocas. El dinero jamás podrá con la libertad y quien lo ame tanto como tú siempre será un esclavo. No, no me vale tu respuesta, así que dispón tus cosas y sígueme.

Y así fueron contestando uno tras otro... El cuarto de los hijos dijo que el hombre más poderoso sería el que tuviera el respaldo de los dioses. El quinto que aquel que tuviese la sabiduría y la inteligencia... El sexto, aunque con dudas, dijo que sería más poderoso el que tuviera más amigos... Hasta que le llegó el turno al más pequeño de los siete: Lucilio. Un muchacho robusto que estaba despertando a la vida y que ya había ganado el respeto de todos por su sinceridad y su buen sentido común. Entonces se produjo este diálogo entre padre e hijo:

PADRE: ¿Y tú, Lucilio, qué dices?... ¿quién es para ti el hombre más poderoso de la tierra?

HIJO 7: Padre, no lo vas a creer, pero esto que tú has pensado ha sido y es mi tema predilecto de meditación... Yo no sé lo que pensarás tú, pero... para mí el hombre más poderoso de la tierra será siempre aquel que sepa amar a los suyos y perdonar a los enemigos... Porque ese hombre jamás podrá nadie con él.

PADRE: ¡Has acertado, hijo mío!... ¡Aquel que sepa amar a los suyos y perdonar a los enemigos será siempre el más fuerte!... Porque meditadlo: ni el Emperador, ni los ejércitos, ni el dinero, ni los sacerdotes, ni la inteligencia, ni siquiera la simple amistad podrán nunca con quien en el esplendor ama a los suyos y es correspondido y en la adversidad soporta todo y sabe perdonar a los culpables... ¡Amad, pues, y aprended a perdonar... porque así seréis poderosos!

HIJO 7: Sí, padre, estoy de acuerdo contigo... pero, ya que así piensas por qué no lo haces tú también...

PADRE: ¿Y qué he de hacer yo, Lucilio?

HIJO 7: Perdonar la vida a mis hermanos... Sería injusto que tuvieran que acompañarte en el último viaje porque no acertaron a pensar como tú...

PADRE: ¡Pues es verdad, hijo mío!... ¡Es verdad!... Y te lo concedo... así, pues, acercaos todos...

 

Ya lo habéis oído... Vuestro hermano Lucilio también me ha abierto a mí los ojos. Os perdono, pues. ¡Id en paz y que la vida os sonría!

Y dicho esto, aquel viejo patricio cerró para siempre los ojos entre la alegría y las lágrimas de sus siete hijos.

Esta historia sucedió hace muchos años, tantos que ni siquiera la gran Historia la recuerda ya. Pero el hombre, aquellos hombres... siguen viviendo hoy y vivirán eternamente. Porque así es el alma del ser humano...

 

 

La cuarta: La leyenda de "Natalio el Carteyano"

 

La leyenda que aquí se va a contar tiene también una parte verdadera de historia, pues está demostrado que "Natalio el Carteyano" existió y vivió en la calle María Auxiliadora del barrio de San Lorenzo en Córdoba. Según recoge en sus "Memorias" el escritor Gabriel Araceli, el curandero Natalio, nacido en la aldea de "El Cañuelo" de Nueva Carteya, se estableció en Córdoba en los últimos años del siglo XIX, concretamente en 1877, y desde esa fecha hasta el año 1907 que falleció fue una verdadera institución a nivel popular, ya que llegó a ser considerado como un genio de la medicina sin ser médico, pues no sólo curaba algunas enfermedades del cuerpo sino también las provocadas por motivos espirituales o psicológicos. Según algunas versiones "El Carteyano" dominaba como nadie las hierbas naturales y tenía unas manos milagrosas.

Su fama le venía de antiguo, de cuando en Nueva Carteya curaba los dolores de barriga, las úlceras estomacales y las jaquecas femeninas y recolocaba huesos salidos de su sitio sólo con sus dedos y sus toques corporales.

Muy pronto su fama se fue extendiendo por los pueblos de alrededor hasta el punto de que un día decidió trasladarse a Córdoba capital para aumentar su clientela. Por entonces Natalio, con treinta y ocho años cumplidos, ya se había casado y tenía seis hijos, tres chicos y tres chicas y vivía holgadamente, tanto que hasta se permitía el lujo de vender las hierbas que le traían de varías partes del mundo.

Pero, Natalio, a pesar de sus éxitos no se sentía realizado y comenzó a estudiar el porqué algunos matrimonios sólo tenían niñas y otros sólo niños y poco a poco fue llegando a la conclusión de que todo dependía del propio acto carnal entre hombre y mujer. Según su teoría el sexo del que iba a nacer dependía de la forma de moverse el varón en la vagina de la mujer. Para Natalio, que todavía la ciencia no había descubierto el punto G femenino ni la fuente del máximo placer sexual situado en el clítoris, el placer femenino no estaba situado en un punto fijo sino que se movía de forma circular durante la penetración y los movimientos del acto carnal. Lo que definió como "El polvo circular", o sea aquel en que el hombre no sólo debe penetrar a la mujer sino una vez dentro de la vagina el pene tenía que moverse como si estuviera jugando en una ruleta. "El quid" de la cuestión era saber detener el movimiento justo cuando llegaba la hembra al orgasmo, si lo hacía estando a la izquierda nacería una niña, si por el contrario se detenía a la derecha nacería un niño.

Esta era su teoría, pero no encontró en aquellos años ninguna mujer casada que aceptara el "juego", pues ello significaba que tenía que hacer el amor con el curandero antes de hacerlo con su marido y una vez aprendida la lección.

Hasta que un día la mujer de un sobrino suyo, que ya tenía seis niñas y estaba loca por tener un niño convenció al marido de que nada perdían en participar en el "juego" que les proponía su tío. El joven marido aceptó y en medio de un gran secreto una noche se realizó el experimento... Bueno, el resultado de "aquello" fue que la sobrina tuvo a la postre un niño, su primer hijo varón. ¡ Ay¡, pero la pareja no pudo mantener el secreto y poco a poco se fue extendiendo la fama del curandero Natalio, pues tras la sobrina vinieron otras conocidas y todas ellas alcanzaron su deseo.

Nacía niña o niño a voluntad de los padres siguiendo al pie de la letra las instrucciones del carteyano.

Naturalmente, aquello causó tal revuelo en Córdoba que en los años siguientes llegaron parejas de Andalucía y de otras partes de España, hasta formarse a veces colas en la calle María Auxiliadora.

Sin embargo, la fama del curandero Natalio alcanzó la cumbre cuando un día solicitó sus servicios la Duquesa del Llano del Espinar y Grande de España, la que ya tenía once hijos, todos varones y ansiaba una niña pagando lo que hubiese que pagar o haciendo lo que hubiese que hacer... y Doña Leonora, la señora duquesa, se metió un día en la cama del curandero ya rico y se sometió a la prueba . ¡Fue un éxito total¡, porque Doña Leonora tuvo al fin la hija deseada, que además nació con los rasgos idénticos de su padre, el Señor Duque, lo que confirmó que la labor del curandero carteyano se limitaba a transmitir al marido sus experiencias y sus métodos.

Hasta que un día las Autoridades Cordobesas y el Señor Obispo, alarmados por el revuelo social y las críticas feroces de los médicos y los científicos, prohibieron al curandero Natalio el ejercicio de su profesión, le cerraron sus instalaciones, que ya eran de lujo, y lo encarcelaron.

El curandero "Natalio el Carteyano" murió en 1907 en la cárcel y su método cayó en el olvido. Pero, ni la ciencia ni la medicina han encontrado aún la forma de que los padres elijan el sexo de sus hijos, tan sólo se ha llegado a identificar el sexo del feto cuando aún está en el vientre de la madre.

¿Y leyendo estas cosas y con un buen plato de jamón pata negra ante mis ojos y una botella de Rioja creen ustedes que a mi me puede atacar el traidor Coronavirus que nos está "jodiendo la vida" (y con perdón)?. Pues ya saben...