Estamos llegando al final de esta Semana Santa en la que, un año más, nos hemos visto privados de sus manifestaciones populares más tradicionales: los desfiles procesionales que, desde antiguo, nos han mostrado la mejor catequesis para comprender el misterio de la Pasión y muerte del Salvador.

Y ahora que los días de la Semana Mayor se agotan, cabe preguntarse si volveremos a celebrar la Semana Santa como hemos venido haciendo desde siempre; si volveremos a ver en nuestras calles las imágenes sagradas de Cristos y Dolorosas, de pasos de Misterio y pasos de Virgen; si volveremos a escuchar el vago lamento de tambores destemplados o el agudo sonido de clarines que lloran la muerte del Redentor; si de nuevo, al doblar cualquier esquina, nos daremos de cara con largas filas de cofrades y penitentes y con hermosas damas españolas con Mantilla o con el recio desfilar, a paso lento, de nuestras Tropas.

Conviene hacernos estas sencillas preguntas quizás para que, lo que venga, no nos coja con el paso cambiado y luego tengamos que lamentar la pérdida de una tradición secular clavada, como los clavos a la Cruz, en lo más profundo del alma de la España eterna.

No deberíamos perder la perspectiva y así, retrotrayéndonos en el tiempo, recordar lo que hicieron estos mismos que nos gobiernan ahora, cuando asumieron el poder durante la nefasta II República.

A lo largo de aquellos “idílicos” años, si hacemos excepción del año 1935, la inmensa mayoría de los desfiles procesionales, la inmensa mayoría de las Cofradías penitenciales dejaron de salir a las calles, no solo por las prohibiciones expresas por parte de la Autoridad competente, sino también porque se habían quedado sin sus imágenes, sus elementos ornamentales e incluso sus templos. Y nada de eso se originó porque “ardieron o se quemaron” iglesias e imágenes, como dice algún estulto comentarista televisivo cada vez que, en tal o cual ciudad, especialmente andaluza, retransmite una procesión de Semana Santa.

Aquí, ni ardió, ni se quemó nada, le plantó fuego, de forma intencionada, la chusma marxista y patibularia, con la inacción, cuando no la complicidad descarada, de tipos tan siniestros como el loado Manuel Azaña que no movió ni un dedo para evitar tales desmanes.

Tanto la quema de conventos, iglesias e imágenes, como la prohibición de cualquier tipo de manifestación religiosa obedecieron al deseo perverso de socialistas, comunistas y masones de atentar contra su principal enemigo: la Iglesia católica. Era necesario que el pueblo dejase de creer, de tener fe, de tener conciencia de que la vida no termina aquí para así perder la libertad y convertirse en esclavos sumisos a un sistema que odia al hombre como portador de valores eternos.

El otro día, a alguien le escuché decir que en el Parlamento europeo se barrunta, en algunos de sus grupos, la posibilidad de eliminar, dentro de nuestra panoplia de libertades más elementales, la religiosa. Para ellos, al menos para esos que están detrás de esta idea, la religión, como un valor capaz de trascender más allá de lo terrenal, no es buena para llevar adelante sus miserables planes de eliminación de la civilización cristiana como elemento vertebrador de la variopinta Europa.

Durante este largo año de una pandemia provocada y manejada de forma sibilina, con toda la mala intención, por este gobierno miserable y sectario y sus socios -socialistas, comunistas, golpistas, separatistas, perroflautas, manteros, okupas, ecologistas, animalistas, anarquistas y proetarras-, han trabajado con celeridad a favor de sus intereses bastardos y casi sin enterarnos han derribado Cruces, han limitado todo lo que han podido los cultos religiosos y han prohibido expresamente cualquier manifestación de fe cristiana en nuestras calles.

Semana Santa de Valladolid

¿Realmente, era necesario suprimir las procesiones de Semana Santa? Llama la atención que, en otras épocas de nuestra historia, en tiempos de pandemias mucho más severas que la que estamos viviendo ahora, las ciudades y los pueblos optasen por sacar a sus calles y plazas, Vírgenes, Cristos o Santos para que sirviesen de mediadores para liberarlos de tan penosa situación, obteniendo, en la mayoría de las ocasiones, los resultados deseados.

Si, ya sé. Algunos, los escépticos, dirán, dibujando una sonrisilla estúpida en sus rostros, aquello de que fue pura casualidad o que, simplemente, el ciclo de la enfermedad había concluido. Tal vez, pero ¿y si no fuese eso…?

En 1854, durante los meses de septiembre y octubre, una epidemia de cólera se llevó por delante a más del 12% de la población de La Coruña. Las crónicas, cuentan que los cadáveres se depositaban en los portales para que los carros los condujesen a la gran fosa común, abierta al efecto; que la Autoridad había prohibido, expresamente, que las campanas de los templos tañesen a muerto para evitar que sus toques fuesen interminables. Sin embargo, el 22 de octubre de aquel año, el pueblo coruñés volvió su mirada a la imagen de la Virgen de los Dolores y, rodeada de más de 10.000 coruñeses -más de la mitad de la población que seguía con vida-, de toda edad, sexo y condición, fue sacada a las calles y se obró el milagro ya que, a partir del día siguiente, la curva de mortandad comenzó a disminuir hasta que la epidemia desapareció para siempre.

De esta forma, desde esa fecha, cada vez que llega el Viernes de Dolores, La Coruña saca la imagen de la Señora en procesión, recorriendo las calles del centro urbano y así se hizo incluso en los oscuros años de gobierno municipal de la sectaria marea -una patulea de separatistas y ultraizquierdistas que a punto estuvo de hacer desaparecer a La Coruña como entidad de población-, que, en otro ejercicio de su miseria, trató, por todos los medios, de impedirlo.

¿Realmente se han suspendido las procesiones por la pandemia? Muchos asegurarán que sí; algunos, debidamente aleccionados por el poder malvado, y otros, aterrorizados por el pánico inoculado de forma machacona, clamarán aduciendo que sería una irresponsabilidad haberlas permitido, incluso parte de los altos dignatarios de la Iglesia, poco amigos de estas manifestaciones religioso-populares, aplaudirán con fervor la iniciativa. Pero ¿realmente era este el fin perseguido?

Nuestra Señora de los Dolores de La Coruña

Sospechamos que no. El objetivo va mucho más allá. Se trata de atentar contra otra parte intrínseca del alma de España, contra una de sus tradiciones más inveteradas, contra una manifestación de fe popular que detestan todos aquellos -socialistas, comunistas y demás ralea- que odian visceralmente a España.

Su objetivo es terminar, como sea, con este tipo de manifestaciones nacidas del pueblo. La Semana Santa, las fiestas en honor a tal o cual Santo o Santa, las romerías en honor a una u otra Virgen. Todo aquello que huela a religión, al menos a la católica, hay que extirparlo de la conciencia del pueblo. Las otras confesiones no importan tanto, tan solo se trata de eliminar la fe católica que, por cierto, fue la que acabó con el criminal comunismo y eso no lo perdonan.

Desde una perspectiva más mundana y terrenal, no deberían olvidar todo lo que subyace a la Semana Santa en España, convertida en motor económico no solo de Agencias de viajes, hosteleros y hoteleros. Detrás de este grandioso movimiento religioso-popular se encuentran muchos otros sectores: imagineros, plateros, modistas, carpinteros, floristas, Bandas de Música, cererías…, que llevan dos años resintiéndose en sus economías, aunque, por supuesto, todo esto a ellos nos les preocupa lo más mínimo.

¿Qué argumentarán el año que viene para prohibir las procesiones?, ¿una nueva ola?, ¿el alto riesgo de contagio? Tal vez, se saquen de la manga una Ley que prohíba las manifestaciones religiosas en las calles, justificando que pueden molestar a las minorías. De estos, se puede esperar cualquier cosa.

Sin embargo, ellos continuarán celebrando el día de tal o cual orgullo e, incluso, se permitirán sacar a las calles procesiones impías y obscenas, argumentando que constituyen parte de su libertad de expresión, del sentir de las minorías.

¿Realmente, vamos a permitir que unos pocos se lleven por delante una de las tradiciones más hermosas y más arraigadas en nuestra Patria? ¿Vamos a seguir viviendo de rodillas, como esclavos, acobardados, en lugar de morir de pie, con dignidad?

Allá cada cual. Pero, ni comunistas, ni socialistas, ni globalistas, ni nada que tenga que ver con toda esa colección de miserables que cuenten conmigo, ni ahora, ni nunca, para arrodillarme y agacharles la cabeza ya que eso solo lo hago ante Dios.