Dos cruces cargó en su vida:

la de Patricio, su marido,

y la de su hijo Agustín,

que tanto la hicieron sufrir

por estar uno y otro alejados

del camino de la Fe.

Por ellos oró y lloró

con lágrimas oceánicas

suplicándole al buen Dios

que sus almas convirtiera.

Por ellos oró y lloró

durante años noches enteras

y sus lágrimas al fin

dieron los frutos queridos:

en gracia murió su marido

y en santidad vivió Agustín.

Después, satisfechos sus anhelos,

dejó este mundo para seguir

ayudando desde el cielo.

Bendita sea Santa Mónica,

esposa y madre ejemplar,

que supo perseverar

y poner en lo más alto

sus oraciones y su llanto.