Pues ya lo ven, repasando lo que me quedó de mi biblioteca tras el maremoto del divorcio y el destierro voluntario a mi Córdoba natal, hoy me he reencontrado con el viejo tomo de las "Obras Completas" de  Lucio Anneo Séneca que compré en 1967 y que pagué a plazos. Es uno de aquellos tomos color café de la Editorial Aguilar, papel biblia y pastas duras, que antes y después fueron llenando mi vida, ya que con el mismo formato y cualidades físicas pude comprar y leer las "Obras Completas" de Unamuno, de Baroja, de "Azorín", de Lorca... y 70 años de lecturas.
                Bien, pues releyendo las páginas que leí cuando estaba escribiendo "La tragedia de Séneca" (luego Premio Nacional de Teatro de 1973) me he detenido en un pasaje de su vida poco conocido. Se trata de la acusación de adulterio que le hicieron los esbirros de la impresentable y ninfómana emperatriz Mesalina, por la que fue condenado, tras un juicio escandaloso que puso en pie de guerra a la loca  Roma del "loco" Calígula... porque, además,  la acusada como partícipe del pecado era la bellísima Julia Livila, la sobrina preferida del otro loco llamado Claudio.
                ¿Se imaginan ustedes al estoico filósofo cordobés sentado en el banquillo y teniendo que defender, ante el Senado, su honorabilidad y su respeto por el matrimonio y la familia?... Pues, allí se pudo comprobar que la denuncia procedía de los celos de la emperatriz, Mesalina, que sospechaba que la bella Julia estaba intentando conquistarse al ya viejo Claudio, su tío, para arrebatarle el imperio a ella... y para matar dos pájaros de un tiro hizo creer que Séneca, que era el más crítico de sus escándalos sexuales, estaba liado con ella, lo que consiguió...ya que la sentencia fue inapelable.
                   Séneca fue condenado a 8 años de destierro a la isla de Córcega, (la misma que muchos años después vería nacer al  gran Napoleón Bonaparte) desde el año 41 hasta el 49 de nuestra era, y allí "en medio del vivo reposo del mar, dentro de su cinturón de montañas fieras y grandes, que se elevan hasta el cielo", como escribiría en la "Consolación a Helvia", su madre, acabaría vencido por el ansia de volver a su Roma (para los romanos el destierro de Roma era más doloroso que la propia muerte).
                 Y peor le fue a la "adúltera" Julia Livila, que fue declarada culpable y relegada a una isla del mar Egeo... "y rodeada  --escribe Tácito-- de soledad y aguas amargas acabó miserablemente sus días"
               Sí, Séneca fue, ha sido y sigue siendo uno de mis más fieles amigos y compañero de fátigas... sobre todo ahora que estoy viviendo en esta jaula del virus asesino algo parecido a su destierro... aunque él podía ver, al menos, el cielo y el mar, y yo me tengo que conformar con las paredes blancas de un patio interior.