Dios nos pille confesados

de pecados capitales,

los siete que así llamados

son por ser de nuestros males

sus cabezas principales.

 

La soberbia es entre ellos

el más grave y destacado,

pues lleva de Lucifer

su firma y sello estampados.

Es negarse a obedecer

a Dios pretendiendo ser

más Dios que Dios uno mismo.

El pasaporte al abismo.

 

La avaricia es ansiedad

de riquezas materiales

que deja en la sequedad

las fuentes espirituales;

un querer acumular

sólo bienes terrenales

que acaba por sepultar

al alma en banalidades.

 

La lujuria es la locura

de la carne que ha perdido

para el placer la mesura

y que ya nomás procura

alimentar los sentidos

convirtiendo en bestia impura

a la humana criatura

que en sus garras ha caído.

 

Un ogro que poseído

por el Demonio delira

de odio y crueldad sin medida,

así es el pecador

de quien se adueña la ira.

Cuando al espejo se mira,

tras su ataque de furor,

ve una mirada asesina.

 

La gula es la destemplanza

de aquel a quien nunca alcanza

la comida y la bebida

que se enjareta en la panza.

Aunque es cierto que podría

prestarse a risa y a chanza,

este pecado chirría

al pesarlo en la balanza.

 

La envidia es el escozor

que el bien ajeno provoca,

tanto más escocedor

por cuanto que de la boca

del escocido saldrá

ponzoña y maledicencia

que su mal en evidencia

ante los otros pondrá.

 

Y a la pereza llegamos,

que ahora pereza me da.

Si os parece la abordamos

en otra oportunidad.