Ahora, sumidos en este siglo XXI del goce lujurioso desmedido, en pleno imperio de lo efímero, donde casi todo vale por lo que aparenta (incluso la felicidad propia, que no se antoja tal a los protagonistas si no la airean con los ventanales abiertos, grabada y retransmitida, por supuesto), parece que ser buena gente esté devaluado; que respetar es de necios, amar de payasos y ser hombres de fe es cosa de viejos y de un pasado arcaico. Ahora, al albur de esta hoguera que carboniza a los seres humanos de nuestro tiempo y quema sus virtudes, me pregunto yo si habrá juicio justo y si alguno de nosotros podrá salir bien parado.

Inmersos en esta era del pecado valorado y triunfante, del da igual a quien haga daño, resulta poco más que placentero cuando en primera de Juan 2:1 se enciende un halo de esperanza, capaz de tranquilizar a todos los pecadores del mundo y a los que tienen (o tenemos) ansias de salvación: «Hijos míos, os escribo esto para que no pequéis. Pero si alguno peca, tenemos junto al Padre un abogado, Jesucristo, el justo». Es un gran alivio saber que el día del gran juicio final, el Maestro de la Verdad estará allá, con nosotros, para defendernos ante su padre, el mismísimo Dios. Y es que es un deleite también leer lo que dice Pablo en primera de Timoteo 2:5 «Porque hay un solo Dios, y también un solo mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también». Jesucristo es nuestro abogado, él será el único que estará con nosotros ese día. De ahí la importancia de entregarle el timonel del barco de nuestras vidas.

Huelga decir que uno también se queda algo más sosegado cuando acude a los evangelios Canónicos, ya que tampoco queda lugar a la duda sobre quién es nuestro abogado y nuestro salvador, lo cual me alivia. Se nos dice en Mateo 1:21 «Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Y en Lucas 2:11 «Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor». Y en Juan 14: 5 Jesús le dijo: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.». De similar forma el evangelista Lucas, en Hechos de los Apóstoles dice en el 4:12 «En ningún otro hay Salvación, porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres mediante el cual podamos ser salvos.» 

Y si seguimos leyendo la Biblia y el resto de las epístolas de San Pablo de Tarso y sus discípulos, todas van en la misma línea y nos confirma lo que ya sabíamos: Jesucristo es el abogado nuestro.

Por eso, ahora que sabemos quién estará con nosotros, debemos tener el valor suficiente para vivir según sus enseñanzas, aunque tal y como anticipo Jhon BUNYAN en El «Progreso del Peregrino», no será tarea fácil, pero merecerá la pena. Tenemos mucho que ganar, especialmente en un momento de catarsis como el que padecemos, infectados por un virus que ha colapsado el mundo y sus sistemas políticos, económicos y sociales; en un momento de cruce de traiciones, de falta de valores; en un momento en el que la palabra se ha perdido y la rectitud se ha torcido. 

Es justo ahora, en este siglo en el que vivimos sin escucharnos, cuando tenemos que aplicarla ley del amor de Cristo; repartir con los demás, dar sin esperar, cuidar al noble, perdonar, apostar por los sentimientos, por la entrega, dejar de criticar, de envidiar. Es el momento de valorar al que trabaja y se esfuerza, al que triunfa como resultado de ese tesón; el momento de querer ser mejores, de retarnos; de dejar de aparentar, de vivir en la verdad y abrazados a la Cruz de Cristo. Si lo hacemos, si somos capaces de ser bondad y vivir en Dios, reinará en la Tierra la primavera más colorida que se recuerda y, con ella, acabará la corrupción, las adicciones, las insatisfacciones, depresiones, angustias, ambiciones y tantísimos otros males que nos gobiernan y nos prostituyen como hombres.