Al volver esta misma mañana del desayuno, al instante de abrir la exigua portezuela del buzón de mi casa para coger con desidia el correo, aprecié que destacaba de entre todas las cartas una en la que un exótico sello delataba su lejano e incierto origen. Inmediatamente di la vuelta al sobre sin dejarme de interpelar en mi foro interno sobre quién pudiera escribirme desde un sitio tan distante y con aquella letra que a mi parecer resultaba completamente ignota y no exenta de atractivo. Me costó unos segundos adivinar la autoría de la misiva, pero el remite no dejaba resquicio a duda alguna de quién era la persona que había impreso aquellas letras. Se trataba de Cojoncio Ribadavia, un compañero de facultad del que ni sabría decir a ciencia cierta cuanto tiempo ha transcurrido sin saber de él.

Subí la escalera atropelladamente, como en mí es acostumbrado, comiéndome los escalones de dos en dos. Entré en casa y sin desasirme siquiera del abrigo, arrojando sobre la mesa en la que escribo las cosas que traía conmigo en los bolsillos, centré toda mi atención en aquella carta. Esperaba ansioso buenas nuevas del otrora compañero de correrías, de aquel cómplice de tantas noches y escarceos, y he de confesar que resultó un tanto frustrante lo que revelaba el contenido, me espera enteramente otra cosa.

Se explayaba mi antiguo amigo, sobre cómo había transcurrido ese torrente de años sin vernos, cómo después de llegar con tanto esfuerzo hasta aquellas tierras, producto de sucesivas carambolas existenciales, cómo eran ya casi quince años los que, arrastrando sus huesos por aquellos andurriales, había dejado a jirones su vida. Me relataba en esas líneas que todo fue bien durante los primeros cinco años, pero que hacía poco más de diez, los amables naturales de allí se han visto desbordados por un aluvión incontrolado de gentes de muy diversas procedencias. Me dice, que son cerca del doce por ciento de la población y que suman ya los cinco millones, vamos que… ¡se trata de una verdadera invasión! Además, me hace saber que la misma cifra de ciudadanos autóctonos está sin trabajo y que las autoridades no hacen nada al respecto. Me cuenta con tristeza que de las gentes que han llegado de fuera, los hay que se han establecido creando establecimientos destartalados, tiendas insalubres, y que sin respetar ninguna norma básica de sanidad, ni horarios, ni aspecto laboral alguno, están exentos de pagar todo impuesto; que otros, acaparando barrios enteros, amedrentan a los autóctonos residentes pues se dedican a traficar con droga y a otras actividades delictivas; que incluso, y son los más, que venidos de la otra parte del mundo y hablando su misma lengua son los que resultan más molestos, que con sus chillidos y estridente música, parecen incapaces de adaptarse a las más mínimas normas de convivencia; que éstos son los más insoportables, que acaparan todos los recursos sociales y que crean bandas organizadas para extorsionar a los más débiles.

Se lamenta mi amigo que la ciudadanía está harta, pero que nadie puede siquiera protestar, pues de hacerlo son tachados de racistas, llegando incluso a tener que rendir explicaciones legales. Que los políticos, lejos de atajar este problema, alientan a la llegada de más invasores, que les regalan la nacionalidad, mientras ellos roban a manos llenas y viven muy alejados de donde la problemática de los invasores es dramática.

Doblé sobre sí aquellas páginas y las introduje en el sobre quedando pensativo sobre mi amigo, sobre cómo había pasado el tiempo y acerca del modo en que le iban las cosas. Medio absorto, no pude evitar pensar para mis adentros: “pobre Cojoncio, qué triste suerte la suya pero menos mal que nada de eso sucede en España”.