En los años 70 y 80 en España, una parte importante de la población femenina se incorporó al mundo laboral remunerado fuera del hogar. Ese hecho fue calificado por algunos como “triunfo del feminismo”. Otros sencillamente lo vieron como una forma de que la maquinaria económica doblara la producción: se trataba de generar el doble (porque de pronto importaba más la cantidad que la calidad), gastar el doble, y doblar la velocidad de vida (hasta romper el sistema nervioso), en una carrera que sólo lleva al precipicio. Así, el consumismo sustituyó la ética del ahorro y la austeridad.

Sacar a las mujeres de casa para meterlas en una fábrica u oficina, fue una eficiente manera de que dejase de existir una figura en casa para que la convirtiese en hogar, y educase a los hijos. La sociedad firmó su sentencia de muerte en los años 70-80, cuando la producción económica se convirtió en la prioridad nacional, desplazando a la Familia. Ésta comenzó a erosionarse, y a fecha de 2021, se ha desintegrado.

Ya existen dos generaciones criadas pero no educadas, porque los valores morales han sido sustituidos por lemas publicitarios, y las conversaciones en la mesa de la cocina reemplazadas por pantallas. Los niños han pasado buena parte de su infancia solos en casa frente a un televisor, consola o móvil, siendo emponzoñados hasta convertirse en despojos: sin modales o consideración por los demás, es decir, embrutecidos; enfermos de narcisismo, soberbia egocentrismo y egoísmo, personas con preocupantes delirios de grandeza; sin paciencia, agradecimiento o disciplina. Unos eternos niños, agresivos y con exigencias de marqués, con la extraterrestre idea de que merecen todo a cambio de nada.

No abogo por volver a encerrar a las mujeres en las cocinas, sino por la implantación de un sistema económico que permita a los padres decidir quién de los dos gana el salario y quién pasa el día en casa sosteniendo el hogar y educando. Ese sistema económico es plausible: hasta los años 70, un salario medio era suficiente para mantener a una familia de cinco personas, y además con frecuencia podían ahorrar cierta cantidad. Desde entonces, se han doblado los ingresos, se ha dejado de ahorrar, y parece que los ingresos nunca son suficientes.

Esa situación se debe en buena parte a las necesidades adquiridas, cuestión relacionada con el consumismo y la insistencia en conseguir autoestima y sentirse superior a los demás a golpe de talonario: podríamos llevar una dieta más sencilla, no son necesarios tantos caprichos alimenticios, ni comer fuera de casa, tener una colección de maquillaje propia de un profesional, comprar ropa o complementos todos los meses, pasar por la peluquería o manicurista semanalmente o por el bar a diario. Tampoco es necesario para el bienestar humano contar con varios artículos de marca, tres televisores en casa, además lujosos y de tamaño inmenso, o varias plataformas de descarga de un número pornográfico de música-ruido y series-basura, que se consumen con frecuencia de manera compulsiva y adictiva.

Tampoco es necesario cambiar los electrodomésticos, muebles, y aparatos tecnológicos en cuanto pierden el brillo. No se cuidan las cosas (ni las relaciones personales) para que duren, y en cuanto dejan de ser novedad o el capricho arriba, asaltamos la cuenta bancaria sin pensar dos veces. Cuando surge un gasto necesario para el bienestar como son los propios de la salud mental y física o la educación, protestamos por el precio, o pedimos dinero a quien sí ha ahorrado.

No existe libro de psicología que afirme que para experimentar felicidad haya que pagar un hotel cada tres meses, con la correspondiente foto para enseñar a donnadies que realmente no nos importan, lo felices y ricos que somos. En casa puede hacerse mucho aparte de dormir, limpiar y mirar pantallas, se puede cultivar una vida interior rica, crecer, pero ello requiere esfuerzo y pensar, y es más fácil y rápido pagar para que nos entretengan como en el circo y nos anestesien.

Muchas personas podrían prescindir de automóvil y utilizar el autobús público, pero no les queda paciencia para esperar un cuarto de hora en la parada, y se ha llegado a considerar propio de menesterosos, ancianos y adolescentes el utilizar transporte público. Algunos podrían compartir coche con su pareja, sólo se necesita organización, estar pendiente, y realizar pequeños esfuerzos. Pero todo ello causa pereza; lo queremos todo y lo queremos ya.

Tantas personas han asociado el consumo con su identidad, y viven para ejecutar las órdenes de la publicidad. Sólo se sienten alguien si gastan, no en función de las virtudes adquiridas y vicios perdidos. Consideran a los ancianos seres inferiores e incluso ridículos porque desconocen el inframundo de las pantallas, cuando en realidad deberían prestarles atención para aprender lecciones esenciales de ellos, como el ahorro, la austeridad, la discreción, y la creatividad necesaria para vivir con poco, reduciendo, reutilizando, y priorizando los objetos multiusos. De los ancianos también podemos aprender a valorar la calidad y no la cantidad, y a no tener miedo a la edad: no gastar en tratamientos estéticos para intentar lo imposible, perpetuar la juventud, y deshacernos de un mueble o prenda sólo cuando se caiga a pedazos o tenga un agujero. Viviendo con esa austeridad, control, esfuerzo e inventiva, muchas parejas y familias podrían vivir con un sólo sueldo.

Ha sido oportuno para el gobierno usar como cebo y fachada el concepto de “liberación de la mujer” para que los grilletes que las esclavizan sea la fábrica o la oficina en lugar de la casa. Las mujeres han pasado de trabajar como animales de tiro dentro de casa, a hacerlo fuera, y en muchos sitios, en ambos a la vez. ¿Eso es evolución, eso supone el fin de la opresión de la mujer?

La independencia económica es desde luego importante para el individuo, y ofrece ventajas psicológicas. Pero la independencia mental es la más importante que el ser humano posee: existen tantas mujeres que llevan décadas ganando dinero, comprando y viajando sin tener que pedir dinero a nadie. Pero no saben cambiar su color de pelo sin que el grupo de cinco amigas les den luz verde. Son incapaces de ir al cine sin compañía, les causa pavor ser vistas en un lugar de ocio solas, o regresar a casa con sus pensamientos en lugar de manteniendo la charla barata con otro. ¿Esas mujeres son independientes? Alardean de feminismo muchas, de lo “liberadas” que están, de no tener amo ni señor, pero son igual de esclavas que sus abuelas.

Ninguna persona es completamente autosuficiente, nadie sobrevive sin la aportación de los demás: requerimos que el mecánico arregle nuestro coche, que el médico nos oriente, compartir afecto con familia y amigos. Que una mujer necesite la cartera de un hombre para ir al supermercado no es necesariamente un problema, el dinero no es el rey. Sí es preocupante que sea incapaz de pensar por ella misma, y carecer de personalidad, que para comprar un pantalón muchas necesiten hacer jurar a su novio que la prenda no les hace gorda, y comprobar en internet que hay más gente llevando lo mismo.

Menos mal que el siglo XXI, la incorporación masiva al mercado laboral y el feminismo, iban a liberarnos y elevarnos.