El año que pasé en Michigan

me hinché de escribir notitas

y de recibirlas también.

Era el género/estrella

entre los estudiantes del high school.

Una vez, estando en la biblioteca,

recibí una muy “picante”

de tres risueñas mocitas

sentadas cerca de mí.

No supe si se estaban

quedando conmigo

o si querían poner a prueba

mi sentido del humor.

«Do you wanna scratch my balls?», les escribí.

Pero cuando iba a hacerles

llegar mi notita

una mano censora

la interceptó.

Era la mano

del bibliotecario,

un tipo rubicundo y barbudo

con cara de tarugo.

Vi que la leía pero

nada comentó.

Al cabo de un rato sonó

mi nombre en megafonía.

Me invitaban a pasar

por Dirección.

Sentado tras su escritorio,

me esperaba el Director.

«Toma asiento», me dijo.

Me senté frente a él.

Entonces abrió un cajón,

pero no extrajo un revólver

(como en las películas)

sino un arma al parecer

más peligrosa y dañina:

mi notita.

«¿Debo suponer que esto

lo has escrito tú?», me preguntó.

Yo no me molesté

ni en coger el papel.

«Sí ‒le dije‒, lo he escrito yo».

«¿Y tenéis costumbre en España

‒añadió con retintín‒

de escribir cosas así?».

«No, no tenemos esa

costumbre», le respondí.

«Ah, me alegra saberlo», apostilló.

Después me ordenó que volviera

a la biblioteca

y ahí esperé sentado

su decisión.