Ha muerto el que quizás fuera el último editor europeo de otro tiempo. Roberto Calasso, responsable de la editorial “Adelphi” durante más de medio siglo y ganador del prestigioso Premio Formentor en 2016, nació en Florencia y ha muerto en Milán a los 80 años víctima de una enfermedad mortal. Calasso no sólo era uno de los grandes pensadores enfocados a la literatura vivos; también era uno de sus mejores guardianes en calidad de traductor políglota y de estudioso voraz. Su titánica labor editorial, absolutamente encomiable, solo queda oscurecida por una obra literaria donde mitología y literatura, si es que la diferenciación cabe, confluyen en una escritura libre de toda etiqueta y capaz de bucear por el mundo de la novela, de la lírica, del ensayismo de altos vuelos, de la historia del arte rigurosa pero cargada de anécdotas, y de la crítica literaria alejada de todo academicismo estéril en pos de la erudición y del amor al saber. Podemos resumir su labor intelectual en un intento sin parangón por religar lo clásico y lo moderno. Último eslabón de una cadena que antes de él forman personajes del prestigio de Mario Praz, estudioso incomparable del Romanticismo en libros como La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica, o del renombrado esteta Gillo Dorfles; Calasso era, como su contemporáneo Claudio Magris, un escritor romántico nacido a destiempo y enamorado de una época que ya solo podemos resucitar gracias a la literatura de un reducto limitado de autores crepusculares: Joseph Roth, George Simenon, Charles Baudelaire, etcétera. Su obra es una muestra de cómo el símbolo y el arquetipo siguen funcionando en la mentalidad moderna, con las variaciones inevitables del tiempo transcurrido, igual de eficazmente que cuando el hombre vivía a la intemperie en el seno de la naturaleza.

En libros como La ruina de Kasch, Las bodas de Cadmo y Harmonía o Ka; Calasso estudia en profundidad mitologías alejadas, en principio, de la Occidental grecorromana para explorar el mundo de las creencias orientales o incluso de los mitos africanos de una forma totalmente opuesta a “la pose” new age carente por completo de profundidad. En Los Cuarenta y Nueve Escalones o en La literatura y los dioses cristaliza su labor más ensayística que pone de manifiesto una aproximación a la literatura muy alejada de lo que actualmente se enseña en las Universidades españolas del ámbito de las Humanidades, y para encontrar un autor de envergadura comparable en el los últimas décadas habría que recurrir a otro genio recientemente fallecido: George Steiner. Calasso tradujo y estudió a Franz Kafka, seguramente el literato desde el que mejor explica el siglo XX, en una biografía muy personal, K, sin duda influenciada por el trabajo previo de otro sabio italiano de su tiempo: el gran Pietro Citati. En La Folie Baudelaire, Calasso demuestra ser el mejor heredero del citado Mario Praz —que fue su profesor y su gran Maestro— como estudioso del romanticismo y de su simbolismo, una constante en su trabajo; en La actualidad innombrable se acerca a la sociedad de nuestro tiempo con la mirada de quien está acostumbrado a la sabiduría de los grandes pensadores y, por lo tanto, tiene la suficiente altura de miras como para no quedar encallado en el lodazal de las reyertas políticas; en El ardor completa y amplía sus trabajos anteriores sobre mitología oriental desde una óptica muy alejada del vicio simplificador que, como detectara Edward Said décadas atrás, suele mancillar la mirada occidental en sus peregrinaciones físicas e intelectuales a otras latitudes, y utiliza ese dominio del tema para trazar una historia alternativa de las ideas que alumbra una vez más el tenebroso panorama de nuestro presente; y, en su último libro, El Cazador Celeste, el gran escritor que es Roberto Calasso esboza una summa de su pensamiento para retomar toda una filosofía simbólica desde Grecia —”En los tiempos del gran cuervo”— en adelante, hasta el presente, donde traza el camino a seguir para volver a esos “misterios eleusinos” del pasado aún por desentrañar. Sabemos que ha dejado un libro autobiográfico que, suponemos, no tardará mucho en ser traducido al español.

Con la muerte de Calasso, de Steiner, de Jiménez Lozano y de tantos otros en los últimos años uno siente que lo sagrado queda un poco más olvidado en este mundo decadente. Los guardianes del saber perecen sin dejar un relevo claro y uno, que tiene un talante un poco trágico, tiende a pensar que hay un conocimiento que se destruye de manera irremisible con la marcha de Roberto Calasso. O quizás no: un autor es esencialmente el conjunto de sus textos, la totalidad de sus frases impresas a lo largo de millares de páginas desperdigadas por el mundo. Y cada vez que un bibliotecario granujiento se acerque, solitario y en estricto silencio, a un libro de Calasso, ese saber intemporal de los poetas seguirá manteniéndose vivo como si de la última llama palpitante en el vórtice una inmensa tiniebla se tratara. Decía Michel Tournier, en referencia a su propia obra y con no poca ironía, que “un día u otro habrá un estudiante con gafas o una estudiante con lentillas lo bastante excéntricos y fisgones como para desenterrar de debajo del polvo de las bibliotecas a ese novelista francés de la segunda mitad del siglo xx que se esforzaba por encarnar los mitos eternos en personajes e historias de su tiempo. Les dedico una sonrisa a esos lectores improbables”. Vale igual para Roberto Calasso. El saber, el auténtico conocimiento, va camino de convertirse en un asunto de minorías. Algo contra lo que Calasso luchó durante toda su vida en una guerra donde participaron los mejores pero que aun así estaba perdida de antemano.