De un sabroso acontecer en Tordesillas (Cuaderno de viajes)

         Al sano propósito de ejercer nuestras visitas aquellos lugares por los que en su día transitara nuestra reina favorita, Isabel I de Castilla, corriendo de largo el mes de julio del año de Nuestro Señor de 2020, a tal fin nos hospedamos en el señorial Parador de Tordesillas, palacete situado en un pinar al pie de la A-6, sin que esta transitada vía causara ninguna molestia en nuestro ánimo, ni perturbase las benditas horas de un plácido sueño propio y singular de aquellos que ni deben favores ni prestan dinero y en esto dedicando las mañanas a visitas culturales en este caso rebosantes de historia y parte de las largas tardes a descansar en una cómoda tumbona a la sombra de los pinos y por más señas a darnos un chapuzón tras otro en la magnífica y cuidada piscina de la mansión solariega en la dimos con nuestros urbanos huesos, no sin antes espantar a las avispas que tan abundantes son en la orilla de este lago artificial y rectangular.

         Procedentes de la llana Sevilla, llegamos, pues, al Parador, deshicimos en un santiamén las maletas y nos dispusimos a almorzar en Tordesillas. El sitio elegido, que ya llevaba días anotado en mi cuaderno de viajes, fue el restaurante “El Torreón”. Establecimiento de tronío, como tal muy reconocido en la zona, y en el que dimos buena cuenta de un pisto, menestra y dos filetes de ternera, todo ello debidamente regado con Abadía de Retuerta y como colofón saborear con calma veraniega la tarta de la casa y dos cafés que allí sirven en tazas pintadas de oro en sus bordes y asa. Comoquiera que siempre me acompaña mi cuadernillo de viajes y en él anoto esto, eso y aquello, intuyo que el dueño de tan barroco salón, el dueño, que resultó llamarse D. Jeremías de Lózar, al verme escribir y mirar la carta una y otra vez, digo yo que aquel buen hombre pensaría que yo era un puntilloso crítico gourmet de la capital con sus gafas de gran miope y todo en discreta visita de inspección o tal vez porque ese señor en concreto es así de gentil y atento con los nuevos comensales, el caso es que a eso de la medianía de aquel recatado almuerzo, porque comer, lo que se dice comer, comemos lo justito, se dirigió a nosotros y nos ofreció un vino. Ello fue el nacimiento de un curioso acontecer que es de buen cristiano recoger lo más fielmente a su despliegue escénico, porque no sólo de historia, tradiciones y costumbre versan nuestras crónicas, sino a la par de un sinfín de aconteceres que forman parte consustancial de nuestro estudiado transitar por las tierras de la bella España.

         Pero vayamos al suceso que nos trae entre manos y centremos la escena en su fotograma exacto: Estamos a medio almorzar y se acerca el dueño del restaurante.

         –¿Les apetece probar este vino?, venga, una copita de vino ¿Les sirvo?

De manera que con gran naturalidad y maestría nos sirvió un licor de vida que contenía una botella de vidrio decorado con su boca de plata en forma de cabeza de pato con su pico y todo. Jeremías el dueño, después de verter el vino, esperaba nuestra reacción con una creciente y visible impaciencia. Yo di un sorbito, otro más y aquel hombretón con su falda blanca de camarero abría más y más sus ojos observándonos, requiriendo una urgente respuesta.

–Qué cosa más rica, qué suave, cuantos matices a frutas variadas ¡Qué rico!… ¿Qué vino es?

El dueño del recinto hizo señas y de inmediato, un camarero atento a aquella conversación nos trajo una botella de vino.

–Esta para usted es para usted.

–¡No, por Dios, faltaría más, dígame cuanto es y se la abono!

–Es un regalo de casa, nada de abonar. Otra cosa, ¿les ha gustado la tarta?

–Sí, mucho, es casera, sin duda casera con una receta tradicional.

–Exacto, todos nuestros postres son caseros. Ahora van a probar un helado sabor canela en base de flor de barquillo hecho aquí.

–¡No, por Dios, estamos sobradamente satisfechos y atendidos de maravilla. Muchas gracias, no se moleste!

–No, no es nada, ya verán qué rico es nuestro helado casero.

El camarero de al lado estaba atento a la conversación y al escuchar a su jefe, a su señal, fue y nos trajo el citado helado.

Otra vez aquel hombre observando nuestro más mínimo parpadeo y nosotros más cortados que un pavo el 23 de diciembre.

–¡Qué!, ¿qué les ha parecido?

–La verdad que es son una delicia este helado y este sitio. Extrema calidad en los productos, elaboración artesana tradicional, materias primas selectas y atención personalizada. No se puede pedir más –recalqué.

–Ah, lo olvidaba, aún quedan unos tirabuzones de hojaldre bañados en azúcar finísima.

También dimos cuenta de ese hojaldre casero que sabía a pura gloria.

–¿Conoce usted nuestra bodega?

¡Ni tiempo me dio a decir que no!

–Pues ahora va a conocerla. Fulanito: acompaña a este Sr. y le  enseñas nuestra bodega.

La bodega era un recinto de medianas dimensiones con las botellas a derecha e izquierda descansando tumbadas y una luz verde al fondo que iluminaba lo justo para distinguir los nombres de las etiquetas.

–¿Puedo? –le pregunte al camarero que me acompañaba.

–¡Claro! –me respondió al instante

Entonces tomé por su base una de aquellas botellas que apareció forrada en plástico transparente:“Chateau Pichon. Lussac Saint-Émilion. 2002. Grande Reserve”. La repuse con sumo cuidado en su descansadero y la escena se repitió:  “Chateau  Cheval  Blanc 2012. Burdeos-1er Grand Cru  Classé “A”. Saint-Emilion-Tinto-13,5º”.

         A mí, que tengo una cultura muy básica en vinos, aquello me venía un poco grande. Salimos de la bodega y me esperaba el dueño otra vez con sus grandes ojos preguntones y su sonrisa interminable.

–Enhorabuena, su selección es magnífica, sin duda la más completa en muchos kilómetros a la redonda. Pero dígame, ¿por qué vinos selectos de Francia? Su respuesta no se hizo esperar.

–Mire, aquí vienen y se juntan los más importantes bodegueros de la Ribera del Duero, ellos conocen de sobra todos los vinos de España y entonces me piden vinos franceses para comparar nuevos sabores con los suyos, siempre están experimentando y probando, de ahí la selección que usted ha visto.

–Muy interesante –le repuse. A propósito, este vino que nos ha regalado, “Golfo 8”, ¿qué me dice usted de él?

–Golfo 8 es un vino mezcla de varias bodegas de la zona y es una idea que tuvieron varios bodegueros reunidos aquí, yo también colaboro en ese proyecto. Esas botellas se venden con fines benéficos ¿Estarán muchos días por aquí? –nos preguntó dirigiéndose a mí.

–Nos alojamos en el Parador. Hemos venido por un tema cultural, nos gusta la historia de España y seguimos los pasos de la reina Isabel I, también para probar la cocina y la repostería de la zona y descansar otro tanto, si se puede, porque lo primero es la cultura, ya me entiende ¡Qué calor hace también aquí en Tordesillas!, ¿no?

–Pues sí, ya lo dice el refrán: “Tres meses de invierno y el resto infierno”.

–Nos dimos los nombres y Jeremías nos acompañó a la puesta con un “¡Les espero otro día, hasta la vista!”.

Bajamos al Parador y pasamos las horas de más calor en la piscina. Al caer la tarde, por aprovechar el resto del día nos dirigimos al Balneario de las Salinas, a pocos kilómetros de Tordesillas, en el término de Medina del Campo. Un edificio señorial y de gran lujo (siglo XX) realizado con arquitectura ecléctica de influencia inglesa.

 

Palacio de las Salinas. Medina del Campo (Valladolid)

Al llegar a la puerta de ese recinto palaciego, junto a la carretera, el conjunto estaba cerrado, pero se escuchaba gente a lo lejos, tras el edificio. Esperamos un buen rato a que alguien bien saliese o entrase y en esto llegó una furgoneta rotulada con “Instalaciones eléctricas”. Charlamos con el conductor.

–Mire, hemos visto que no se puede entrar. Venimos de Sevilla con gran ilusión a verlo y fíjese, ¡cerrado!

–¿Desde Sevilla? ¡Sois sevillanos! ¡Pero si yo veraneo todos los años en Cádiz y eso está al lado de Sevilla! Allí, en Cai, ¡picha parriba, picha pabajo!

A esto la puerta, con algún mecanismo de larga distancia, se abrió.

–Entren, entren conmigo. Vayan detrás con su coche, yo hablaré con el dueño y se lo explico.

Así fue como pasamos, al amor de los últimos rayos del sol, al nacimiento del frescor que recorre estos páramos del Señor en la antesala del anochecer, a contemplar en detalle los jardines, el interior y el conjunto de instalaciones de un hermoso palacio, un hotel balneario con gran encanto, acompañados por los dueños que amablemente nos explicaron con toda suerte de detalles la historia del magnífico edificio y sus características distintivas como establecimiento singular orientado tanto a la mejora de la salud como al ocio y el descanso.

Volvimos al Parador y tras el cambio de ropa precedido de abundante agua templada procedente de la ducha nos dispusimos a cenar en los veladores de la pequeña pero coqueta plaza de Tordesillas, acariciados por la brisa que ya se había instalado a su antojo en la estepa vallisoletana y alumbrados por las primeras estrellas que titilaban en la lejana bóveda de la aquella siempre recordada noche estival.