El estilo, nuestra tabla de “salvación” ante el derrumbe presente. Por Luys Coleto

Criaturas de presentes, de quevedescas presentes sucesiones de difuntos, precisemos, la moda deviene el óptimo recordatorio, antropológico y sociológico, de nuestra caduca, feble y febril envoltura carnal: portentosa y vistosa forma de venerar el presente. Carpe diem, atrapando horacianamente las flores, mientras nos reste todavía tiempo. Con la plandemia actual, recordando  al amigo cordobés, eternamente clarividente: “Mama mía, esto se acaba”.

La moda nos recuerda que somos, afortunadamente, mortales

La moda nos recuerda, memento mori, que dentro de un rato, ¿por qué no?, nuestra singladura existencial puede concluir súbitamente. La moda,  exploración enardecida y alocada de la novedad, vista la circundante fealdad de tantas cosas tradicionales. Y grandilocuente y falsamente motejadas de eternas. La moda, donde lo efímero deviene grandísimo valor (vistas tantas estafas esencialistas), vivaquea y enaltece los placeres- intelectuales y carnales-, paladeándose éstos con intensidad y gloriosa fruición de ultimísimo instante.

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El estilo hace al monje…y es el monje…y no lo es…

La moda como especialísima forma de adornar, pulir y significar el cuerpo. Incidiendo directamente en cierta forma de identidad individual y colectiva. Pulverizadas definitivamente, hogaño, la identidades fuertes - nacionales y religiosas, preferentemente- , la moda nos recuerda, a través de fugaces constructos, dolorosa paradoja mediante, que somos seres eternos.

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Dichas pautas de identidad se encuentran íntima, intimísimamente, más bien,   asociadas al atuendo que decidimos llevar, según el contexto, la cultura, y la sociedad a la cual pertenecemos. Son transmisoras de información social y personal, por las cuales logramos hacer juicios de valor a través del vestuario que se utiliza. El hábito sí hace al monje, de hecho lo es, se mimetizan ambos: no solo lo embosca.

Inmortal y eterno, a través de lo efímero

Resquebrajado todo sentido comunitario, la moda ofrece búsqueda permanente de pertenecer a un grupo y al mismo tiempo ser diferente, y único. Ser inmortal y eterno, a través refajos plurales, irresoluble contrasentido. Y en su resolución, penitencia, también grandeza.

Una exclusividad, por cierto, que conlleva tener o desarrollar un estilo específico. Un estilo definido como un modo de expresión, primordial y distintivo, poro abierto: el vínculo del estilo con las modas, transitando del orden de lo general a lo particular. La moda en estos casos asume una posición imperante y de ejecutora del mundo del buen gusto, pero incluso así, existirían pequeñas modas que se instituyen dentro de otras esferas de no tanta envergadura y que son denominadas estilos. Moda y estilo, vasos comunicantes, pero tan antitéticos en tantísimas ocasiones.

La máscara es el ser

Lo dicho, reitero. El placer, la innegociable individualidad y la máscara, esa máscara proporcionando imagen de equívoco y ambiguo, facilitando el traspaso de una manera de ser a otra muy distinta, siempre más grandeza en Epimeteo en que su hermano Prometeo. Mutantes máscaras, personalidad siempre en arriscada construcción, confeccionada de plurales faces y antifaces. Definiendo arquetipos y estereotipos a través de un estilo.

Porque se posee la pedregosa certidumbre de que el estilo promete eternidad, y, sobre todo, atemporalidad. El estilo pasa a ser la forma, triple y aporético salto mortal, de individualización dentro de la frenética “tiranía” de la moda. Es una forma de mostrarse distinto - y distante - ante los demás y, por lo tanto, identificándose como un ser único y especial, aunque luego tal distinción devenga filfa e irrealidad.

Antes muerto que sencillo

Dicho recurso estético puede ser utilizado para obtener una suerte de autoconocimiento (αυτογνωσία), una forma de desigualar la particularidad ante la avasalladora generalidad, una sensación de pertenecer a un mundo paralelo en el cual esa diferencia forja verdaderos protagonistas con estilo. Seres real y genuinamente diferentes. La diferencia de fuera denotaría- y connotaría -la insuperable distinción de su interior. Pues eso, antes muerto que sencillo. En fin.

La moda es "fimera". Por Rafael López

Mi querido archirival Luys Coleto ha dejado de dirigirme la palabra desde que, en la controversia del pasado domingo, le diese una buena tunda en la simpática encuesta que ofrece El Correo de España. No es mi intención "bajar el ritmo" y acometo esta nueva entrega de la mejor sección del Correo, aunque su visibilidad dentro del mismo no sea acorde a su calidad, con total desprecio a esa manifestación de animadversión por parte de ese mal perdedor que es don Luys. 
 
La evolución de la moda es básicamente una evolución social, cuando el hombre se cubría con las pieles de los animales que cazaba no existían estas tonterías, sin embargo el desarrollo de las sociedades y su paralelo aumento en su complejidad propició que tanto el vestuario, como el peinado y las joyas y abalorios formasen un signo visual del estatus de los individuos. Esto supuso un cambio cualitativo brutal, ya que se dejó de considerar al vestuario como un mero complemento para cubrir, y abrigar, los cuerpos, al peinado como un elemento de higiene individual, y los abalorios dejaron de ser meros recuerdos de piezas abatidas. 
 
Durante muchos siglos los cambios relacionados con la moda fueron muy "contenidos" y sobre todo había un componente de permanencia temporal infinitamente mayor que ahora, donde la voracidad temporal hace que se consuman, cual ave fénix, cuasi al tiempo de aparecer. Si hablamos de moda y respetando los cambios históricos, por tener escasas similitudes con el concepto actual que se tiene de dicho término, nos tenemos que situar en el siglo XX. Fue entonces cuando la influencia, principalmente, del cine cinceló la profusión de innumerables tendencias en la ropa, los peinados y los adornos. Bastaba que un famoso actor estadounidense saliera sin camiseta interior en una película (Clark Gable en "Sucedió una noche") para hundir las ventas de dicha prenda, y así con todo, ¡un auténtico sin Dios, vamos! 
 
Luego vinieron movimientos hippies, rockeros enfundados en cuero negro, y mil signos de decadencia más, aliñados con las tendencias de alta costura, principalmente, francesas formando, más que un selecto y elegante "cóctel", un batiburrillo de prendas que se quedaban anticuadas antes de haberlas casi estrenado. Se impuso además un efecto demoníaco y perverso: el logotipo de marras, ese símbolo (a veces son animales, otras letras o dibujos representativos) que identifica una marca de prestigio, aunque luego fabriquen las prendas en la dictatorial y ultra capitalista China comunista, por el cual una prenda multiplicaba exponencialmente su precio de venta al público a pesar de sus menguantes costes de producción. No verán, queridos lectores, que lleve prendas de esa guisa ya que yo no hago publicidad gratuita, eso si, sí me pagarán sería un anuncio andante sin complejo alguno. 
 
Y llegamos ya al final de mi argumentación con un ejemplo que creo muy significativo de la decadencia de la moda: los pantalones vaqueros rotos que han causado estragos entre mujeres y hombres, jóvenes y no tan jóvenes. Ese esperpento de pagar más por una prenda rota es algo que haría levantar del cajón a nuestros ancestros. Personalmente no permitiría que un Hijo, o un Nieto, mio salieran de esa guisa a la calle, antes les desheredaba, amén de recordarles ese antiguo, y sabio, dicho aragonés "más vale cosido feo que roto bonico" 
 
Por cierto Gabrielle "Coco" Chanel, posiblemente la persona más influyente en esto de la moda dijo en más de una ocasión "la mode se démodé, le style jamais", que puede traducirse por "la moda pasa, el estilo permanece". Queridos lectores apuesten por el estilo porque ese es el caballo ganador.
 
P.D.: dedico mi parte de esta controversia a mi Madre y a la Abuela materna de mi Esposa, dos primorosas titanes de la costura y el ganchillo que seguirán haciendo sus sobresalientes labores en el Cielo.