Cuando indagamos en la etimología de los vocablos, nos satisface descubrir sus raíces y hallar las causas, matices y sentido borrados por el paso del tiempo, la inercia y la rutina. En palabras radicalmente connotadas o gastadas por el uso, a veces se olvida su primer significado, y aun estando plenamente a la vista, éste se nos muestra invisible. Pongamos por caso la palabra “vanguardia”, inevitablemente unida, desde hace más de un siglo, al campo del Arte.

Con frecuencia se reivindican las vanguardias como movimientos rebeldes, inconformistas, renovadores, audaces, casi siempre en un sentido positivo, relegando su activismo político a un papel secundario. Sin embargo, tan evidente es la raíz militar del término “vanguardia” como el carácter agresivo y vinculaciones políticas de los movimientos definidos a sí mismos como tales vanguardias artísticas.

Procedente del término francés avant-garde, vanguardia alude a aquella unidad de combate que precede al grueso de un ejército y cuyas funciones implican la toma de contacto con el enemigo: exploración, hostigamiento o asalto –siempre en primera línea– y, frecuentemente, hasta el propio sacrificio.

Ateniéndonos a su primera aparición en el terreno de las artes, en el siglo XIX, la “vanguardia” literaria se revistió de la autoridad social que el estamento militar acreditaba. Ya lo manifestó Baudelaire en Mon coeur mis à nu (Mi corazón al desnudo, 1859-66), aludiendo a “la prensa militante, los poetas de combate y los literatos de vanguardia” como consecuencia “del amor, de la predilección de los franceses por las metáforas militares”. (XXIII, Ed. Visor, Madrid, 1983, p. 57).

Y aunque pronto la bellaquería y tendencias criminales al servicio de la revolución desbancaron cualquier eco de nobleza castrense, los “gastadores” revolucionarios siguieron sirviéndose de aquel prestigio del ejército –y, específicamente, de sus más arrojados y valientes miembros– para disfrazar su naturaleza truhanesca, sus intenciones subversivas y sus proclamas violentas.

Así, ya antes del siglo XX es fácilmente constatable la subordinación voluntaria de los ismos artísticos de vanguardia a la política y su función como mascarón de proa de la revolución. Como bien indicó el profesor Renato Poggioli (1907-1963): “La vanguardia permaneció subordinada, incluso en la esfera del arte, a los ideales de un radicalismo no cultural sino político. Y que la imagen y el término fuesen caros apóstoles de la revuelta anárquica y libertaria de la revolución social y de la insurrección proletaria, lo prueba el hecho de que en el 78 Bakunin llegó a fundar y publicar, por poco tiempo, en Suiza, en La Chaux de Fonds (Romandía), un periódico de agitación política que se llamó L’avant-garde”. (Teoría del arte de vanguardia, 1962, Revista de Occidente, Madrid, 1964, p. 25).

Sin embargo, en la siguiente centuria fueron los mismos artistas de vanguardia quienes reivindicaron una y otra vez los lazos entre vanguardia y revolución tanto en sus obras plásticas como en sus textos y proclamas. Así, entre los productos artísticos se hizo imposible distinguir el arte de la propaganda. Véase –al margen de la cartelería–, por ejemplo, ¡Golpea a los blancos con la cuña roja! (1920), de El Lissitzki; o Monumento a la III Internacional (1919), de Vladimir Tatlin. Y qué decir de las incontables muestras de adhesión de Vladimir Maiakovski, paladín del futurismo ruso. Este miembro del Partido Comunista y responsable del texto de cientos de carteles de la agencia soviética de propaganda ROSTA, afirmó en marzo de 1918: “La revolución del contenido, el socialismo, el anarquismo, son impensables sin la revolución formal, el futurismo”. (Cit. por Renée Poznanski, Intelligentsia et révolution, Ed. Anthropos, París, 1981, p. 214).

A su vez, publicaciones artístico-revolucionarias evidenciaban la estrecha unión entre la política y las nuevas manifestaciones plásticas en sus mismas cabeceras. Desde la expresionista alemana Die Aktion (La Acción), hasta la surrealista francesa La Révolution Surrealiste. De tal manera, Die Aktion, subtitulada Wochenschrift für politik, literatur und kunst –es decir, Semanario de política, literatura y arte–, fue rebautizada en 1918 como Semanario para el socialismo revolucionario, y otra vez, en 1929, como Revista para el comunismo revolucionario. Por su parte, La Révolution Surrealiste pasó a denominarse Le Surréalisme au service de la Révolution en 1930.

Ahora bien, visto lo anterior, se da un hecho curioso en el que merece la pena detenerse. Es cierto que el papel de la vanguardia artística como fuerza de choque del revolucionarismo político podemos encontrarlo explícito ya el siglo XIX, pero, ¿acaso hoy no parece haberse diluido extrañamente aquel origen y primer significado?

Cuanto más próximas en el tiempo han sido las manifestaciones artísticas de vanguardia, y más clara y evidente su función como correa de transmisión ideológica; según su carácter militante se fue enconando y se hizo mucho más acusado, ya en el siglo XX, ¿cómo es que ese carácter combativo ha terminado interpretándose –hasta la actualidad– como un rasgo creativo, o una suerte de liberación?

De hecho, el hermanamiento entre arte y política en torno al término “vanguardia” fue acentuándose en tanto se produjo el tránsito de un socialismo teórico o utópico a un socialismo revolucionario, pero ya fue expresado con claridad en el XIX, como lo demuestran algunos documentos especialmente significativos.

En tal sentido, el aristócrata Saint-Simon, abanderado del socialismo utópico junto a Owen y Fourier, consideraba que el artista sería un nuevo sacerdote que, a través del arte –entendido como nuevo culto–, revelaría al hombre el futuro glorioso que le esperaba en una civilización nueva: “Seremos nosotros, los artistas, la vanguardia. El poder del arte, en efecto, es más inmediato y más rápido: cuando deseamos difundir nuevas ideas entre los hombres, las inscribimos en el mármol y en la tela [...] y de este modo, sobre todo, ejercemos una influencia eléctrica y victoriosa. Apelamos a la imaginación y a los sentimientos de la humanidad, por lo cual siempre inspiramos la acción más viva y decisiva”. (Saint-Simon, Opinions litteraires, phillosophiques et industrielles, citado por Donald Egbert, "The idea of 'Avant-Garde' in Art and Politics", en Daniel Bell, Las contradicciones culturales del capitalismo, Alianza Universidad, España, 1982, p. 47)”.

A su vez, Gabriel-Desiré Laverdant, seguidor de Charles Fourier, afirmaba: “El Arte, expresión de la Sociedad, manifiesta en su impulso más alto, las tendencias sociales más avanzadas: es anticipador y revelador. Ahora bien, para saber si el arte cumple bien su propia misión de iniciador, si el artista está verdaderamente situado en la vanguardia, es necesario saber a dónde va la Humanidad, cuál es el destino de la especie […] Junto al himno a la felicidad el canto doloroso y desesperado […] Poned al desnudo con brutal pincel todas las fealdades, todas las inmundicias que hay en el fondo de nuestra sociedad […]”. (De la mision de l’art et du rôle des artistes, 1845).

¿Por qué ignorar, a la luz de lo apuntado, la raíz combativa e ideológica del término “vanguardia”?

No queriendo cansar al lector con una relación más larga y detallada, valoraremos sólo dos razones; una esgrimida por sus detractores y otra por sus partidarios.

Por un lado, se entiende que para subrayar su distancia y desprecio por las citadas corrientes o ismos de vanguardia, Pío Baroja ignorase intencionadamente su poder y alcance rebajando su connotación belicista: “Tampoco he creído nunca que la pintura tenga nada que ver con las ideas revolucionarias. La revolución es un concepto político y social que se lleva con un abuso, sin sentido, a la esfera de las artes”.

Al fin y al cabo, en su afán por restarles importancia, se comprende que pusiera todo el acento en mofarse de las vanguardias y ridiculizarlas: “Es ridículo que se hayan llamado algunos pintores fauvistas o fieristas, como si quisieran amenazar al mundo con sus pinceles y su aceite de linaza. A la mayoría de la gente, ¿qué nos importa que uno quiera pintar con colores fuertes y no mezclados y el otro no quiera emplear el negro? Allá él. Si el resultado es agradable tendrá éxito, y si no, no. […] Todas esas fantasías vienen de la guerra del 14 al 18, que fue la gran incubadora de las mayores tonterías de la época”. (Desde la última vuelta del camino, 1944-1948, Editorial Planeta, Barcelona, 1970, vol. II,  pp. 15 y 16).

Por otra parte, entre los partidarios de la vanguardia también se comprende el intento de difuminar y esconder a posteriori –tras la II GM– su función política, a fin de, mediante el engaño, proseguir en su empeño y alcanzar su invariable objetivo: la conquista del poder. Desde luego, hay que reconocer que hasta la fecha han tenido éxito en su empresa. A tenor de los libros de texto escolares y manuales de arte, no cabe duda de que se ha impuesto con unanimidad preocupante una visión idílica de aquellos ismos, sustrayendo a la percepción de la masa dos aspectos esenciales: su carácter destructivo y su incapacidad para generar obras perdurables.

Recordemos que el Diccionario de la Real Academia Española recoge, en su primera acepción, que vanguardia significa: “parte de una fuerza armada, que va delante del cuerpo principal”.

Las vanguardias artísticas precedieron y acompañaron la revolución socialista. Insertas en un proceso revolucionario que, según fue proclamado por sus mismos portavoces una y mil veces, se desarrollaba en cuatro fases encaminadas a un único fin, la toma del poder: propaganda (arte, escuela y medios de comunicación), provocación (algaradas, sabotajes y terrorismo), guerra civil y dictadura (llamada del proletariado aunque jamás llegara a serlo). Fueron las vanguardias, en virtud de su deshumanización,  fundamentalmente estériles en la creación de obras dignas de memoria, pero útiles como agente disolvente y punta de lanza “amable” de una ideología totalitaria. Aún hoy permanecen vigentes como salvoconducto legitimador de la intolerancia y la barbarie. Convendría entenderlo y, sobre todo, no olvidarlo.

 

Santiago Prieto Pérez. Doctor en Bellas Artes (UCM)