El cronista ya no recuerda cuándo pudo escribir la última crónica de la cueva. El tiempo, ese tirano implacable que todo lo devora, se le echó encima y a punto estuvo de aplastarlo. Al cronista le abate muchas veces, además del tiempo, un soterrado sentimiento de distancia, de ausencia, de querida y malograda soledad. Y se ve solo, como un pájaro con alas rotas al borde del acantilado; al filo del abismo, bajo rutilantes estrellas que dibujan sus huellas por el horizonte hasta el océano perpetuo; se ve cual náufrago que aguarda paciente su fin ante la inmensa adversidad del universo. Frente al ir y venir de las olas del viento.

La naturaleza, madre de todo lo creado, viene a darnos su lección incomprensible, con destruirlo tras haberlo creado. Por eso siempre está de medio luto, teñida de nostalgia. En su capacidad de crear, recrear y hacerlo desaparecer, a un ritmo trepidante, adelantándose a cualquier proyecto humano y construcción, sin detener jamás el ciclo natural de su constancia. Así el cronista como cualquier amante de levantar un hito en el camino, observa que el paso de la naturaleza aliado con el tiempo, aguanta más a destruir que él a construir o que cualquiera en llevar a la realidad tangible su idea, sueño o ilusión. Ve que tras el reñido acuerdo con el medio, éste terminará pronto llevándose lo que él haya podido levantar, enterrándolo todo tras el derribo, haciéndolo desaparecer, con todo cuanto ha amado.

Se hacen las cosas físicas con la memoria, el entendimiento y la voluntad, potencias trascendentales. Pero se necesita el cuerpo, además del espíritu: la capacidad mecánica de fuerza, agilidad y resistencia, cual resultado directo y ejecución de cuanto ha imaginado. Y algo imprescindible; el corazón.

Nada sin el afecto debido hacia algo puede concluirse. Es el motor que mueve el eje de la tierra para alumbrar una nueva luz cada madrugada. El corazón es necesario en el ejercicio de vivir y en cuanto uno hace con cariño para mantenerse vivo.

El cronista no se explica, quizá porque no tiene explicación, su querencia de laborar en la cueva del monte. Lo intuye como un sentimiento ancestral, atávico a esa llamada de la tierra, por el aire libre, por las montañas, el río, los árboles y las aves del cielo. Por el medio natural que lo vio nacer. Es algo que no puede entender con la razón, si no con el sentimiento. El río legendario que tiene al lado, le está hablando las 24 horas del día con sus distintas voces y sonidos; tampoco sería capaz de explicarlo. Sólo lo escucha en medio de la soledad y su voz se torna diferente en sus registros, según las horas de luz o de sombra. Lo escucha, cómplice de la soledad, y calla, cual si tuviera un pacto secreto que a nadie puede revelar.

Cuántos de sus ancestros pasaron por allí y pudieron experimentar el mismo sentimiento bajo esa fuerte atracción telúrica. Y con ellos el cronista cree estar en deuda, porque cree que tuvo que haber habido muchas almas buenas, aún en su familia. Por las almas nobles que han discurrido por el mundo sembrando su trabajo y mejor voluntad, aunque hayan acabado en el martirio como los santos. Por todos los que consiguieron con su buen hacer que hoy vivamos mejor gracias a lo que ellos hicieron bien. El cronista se cree heredero deudor de esa estirpe de hombres antiguos que profesó la vocación de tan profundo misterio, en su amor por la existencia. Por la madre naturaleza que nos trae a este valle de lágrimas, hermoso aun más en primavera y otoño; magnífico siempre si los humanos no lo inundaran de penas y dolor. Al final, si cada cual no muere antes de tiempo, ella se lo lleva y cubre con su insondable y misteriosa sombra. Bajo su blanco manto cuando agoniza el otoño.

A lo lejos, una prominencia mítica formando la cadena montañosa. Desde lo alto de una de ellas, a donde solo reina la soledad y el silencio, y hasta donde la vista alcanza, las peñas peladas se ven como enormes espinazos de dinosaurios muertos.

El cronista es el personaje que protagoniza las escenas que se narran en "Crónicas de la Cueva". En apelación a la sensatez, todo es auténticamente cierto, porque el cronista cree que ante la literatura no se necesita inventar nada, cuando la realidad todo lo inunda y supera. Sólo hace falta acertar a exponerlo por escrito que es el medio originario y secular. Todo lo creado y percibido por los cinco sentidos con sus formas tamaños, colores y sonidos. Y plasmarlo en el soporte del pergamino, como Dios manda.

"Crónicas de la cueva", es el último libro publicado de un servidor que ni si quiera pudo acabar de presentar por la pandemia y estados de alarma.  Un servidor, a la sazón, el cronista, hizo el libro en tercera persona, esa de la que se dice que no existe.

Un día, se dijo ante el escenario que le inspiraron las crónicas: "He venido aquí para reencarnarme en el alma dura de los montes; en aquel sueño infantil hecho de orfandad y hielo, porque siento en las entrañas la fría soledad de la paz; la sola frialdad eterna; la luz invisible de Dios y de la nada".  Luego, todo lo demás fue cosa de seguir. Pues bien afirmaba Paul Valéry: "Los dioses regalan el primer verso; los demás los hace el poeta". Y así, entre el amor a la naturaleza que no es de nadie, la música del tiempo a quien la oyere, y la muerte que es de todos, edificó un alto sueño, una crónica tras otra, que dedicó a Dios y a la Nada.