Nunca creímos que llegaría el día en que la inocencia de los niños fuera vista como una ofensa y combatida como un enemigo. El descaro de las ideologías ―pensábamos en nuestra ingenuidad― respetará el juego limpio y no se atreverá a involucrar a nuestros hijos en la depravación que las impulsa. Error de cálculo fatal por nuestra parte. Error honrado, si se quiere, pero que nos ha condenado a reaccionar con la desventaja de la imprevisión, dando la iniciativa al mal y haciendo así que nuestra última defensa jamás coincida con su último ataque. Es siempre contra la perversión de ayer que combatimos hoy.

   La destrucción no necesita de la previsión, la prudencia y la gravedad que se requieren para crear, puesto que la nada, que es su causa final, sólo necesita ausencia. Las ideologías modernas, siendo exclusivamente negativas, actúan como meras bolas de derribo, con las cuales se puede destruir en un día lo que tardó siglos en levantarse. Son tan rápidas como son vacías, y en su aparente ventaja sobre la verdad está cifrada su verdadera desgracia e impotencia.

   Quizá no fuímos capaces de pensar tan mal del ser humano. Creímos que su maldad tenía límites, y de alguna forma pensamos que cierto vestigio de moral jamás podría desaparecer por completo de su alma. Medimos sus intenciones por nuestra voluntad, sus propósitos por nuestro corazón, sus aspiraciones por nuestros principios. Pero el mal avanzaba por otro camino. Ahora, después que el hombre moderno se ha degradado hasta perder cualquier remanente de vergüenza, no ha podido resistirse y comunicar su propia infeliz condición a los niños. Era cuestión de tiempo, y ese tiempo ha llegado.

   Los niños, con su inocencia avasalladora, recuerdan al hombre moderno su penosa situación, su inocencia perdida. Su presencia es un insulto, una afrenta que lo persigue y que aparece en los momentos más inesperados. La idea de que no todos los seres humanos comparten su envilecimiento no deja al moderno complacerse por completo en su propia putridez, y cierta añoranza que no es capaz de concretar le incomoda y envenena sus días. Con su naturaleza recién estrenada, los niños interfieren en la depravación que las ideologías modernas tratan de imponer, ya que su sola presencia, con el candor y la ternura que transmite, es una persuasión viva para que muchas personas se abstengan de caer en las aberraciones morales en boga.

   Conscientes de este hecho, ya hace tiempo que se viene tratando de eliminar en los niños esa inocencia que tanto perturba los planes del relativismo totalitario. Hay que confundirlos desde la raíz, desconcertarlos en cuanto a su naturaleza biológica, turbar el curso natural de sus conocimientos, ahogar desde el inicio la voz del sentido común que trata de aflorar en sus conciencias. Toda la agenda, todas las medidas programáticas están orientadas hacia esta "desinocenciación", si se me permite el neologismo.

   Frente a este nuevo paradigma, son la Iglesia católica y todos los fieles que la conforman quienes están llamados a oponer resistencia. Aun cuando existan otras ideologías políticas y doctrinas morales que se opongan a este ataque a los niños, sólo la Iglesia católica tiene unas raíces lo suficientemente robustas y duraderas como para no sucumbir ante este huracán que amenaza con destruir todo a su paso. De esas mismas raíces, y durante dos mil años, han surgido las creaciones más bellas y duraderas que ha conocido el mundo occidental y parte del oriental, y que ahora forman parte de su idiosincrasia. Su firmeza está contrastada por siglos de sabotaje, por la conjura de todos los poderes conocidos por destruirla, y auspiciada por su establecimiento enmedio de la persecución y el pogromo que inició contra ella el Imperio más poderoso jamás conocido.

   Toda oposición que no provenga de la Iglesia católica está condenada al fracaso, porque al no estar fundada en y por la Verdad, su situación es por necesidad precaria. Toda filosofía, todo sistema o ideal que hoy parece oponerse a este proyecto de corrupción sistemática de los niños, mañana sucumbirá y se incorporará a la misma función destructora a la que ahora se opone.   

   La razón es que todas ellas están fundadas sobre principios humanos y no divinos, y por lo tanto son tan mortales como sus fundamentos. Debido a ello, pueden resistirse durante un tiempo a la depravación dominante, y hacer creer a una generación entera que su conducta es firme; pero pronto necesitarán agarrarse a algo, parasitar para sobrevivir, y entonces se diluirán en el mal como si nunca hubieran estado separados. Esto puede verse sobre todo en el espectro político, donde los partidos que parecen oponer resistencia al mal no se diferencian de los partidos que ceden desde el principio sino en la cronología. Una ligera mirada restrospectiva confirma este hecho.

   El espíritu del Anticristo tiene por costumbre parodiar a Jesús y utilizar en sentido opuesto sus palabras y acciones, consiguiendo de este modo que algunos incautos confundan el origen que las anima. En esta hora ha creído oportuno decir como Cristo: «Dejad que los niños se acerquen a mí». Pero sus intenciones no pueden ser más contrarias, porque mientras Jesucristo quiere atraer a los niños hacia sí para reestablecer en los hombres su inocencia original una vez incorporados a su Reino, el Anticristo al contrario quiere que los niños se familiaricen con el pecado y atraerlos hacia el Infierno.

   Esta es la verdadera lucha que vivimos, la espiritual, respecto a la cual la material no es más que una imagen o reflejo. En esta situación, ante tantas tempestades que el siglo levanta contra la verdad, la belleza y la vida, sólo la Iglesia católica, a pesar de lo debilitada que pueda parecer en su exterior, puede salvarnos y llevarnos a puerto, y eso por la misma razón por la que los discípulos pudieron salvarse de la tormenta en aquella humilde barca: porque Jesucristo se encontraba en ella.