Es de suponer que el lector esté al cabo del revuelo que se ha montado con la decisión de WhatsApp de forzar a sus usuarios a compartir sus datos con Facebook si quieren seguir usando la aplicación.  Sin lugar a dudas se trata de un nuevo atropello contra el consumidor de las multinacionales propietarias de las más populares redes sociales. Traficar con los datos personales del ciudadano se ha convertido en su principal negocio. Nuestras búsquedas en internet rápidamente se traducen en banners publicitarios, pero también nuestra localización física y nuestros gustos se utilizan para el marketing personalizado. Tener el perfil de consumidor de los usuarios de las redes sociales es un valor publicitario que vale mucho dinero. Pero claro, además del más puro interés mercantilista, hay otros intereses en juego, porque por las redes sociales circulan nuestros datos sobre aspectos muy íntimos de nuestras vidas.  Más allá de la voluntaria exposición pública en las galerías de Facebook, Twitter, Tik Tok, YouTube, Instagram…  de irresponsables e imprudentes, todos compartimos opiniones o damos cuenta de nuestras experiencias cuando usamos una u otra aplicación. Baste recordar como pillaron al “amigo” Zuckerberg, fundador de Facebook, vendiendo datos a Cambridge Analytica, datos relativos a la tendencia u opinión política de los usuarios de su red.

Quizá también recuerden que allá por el 2000 la Unión Europea se tomó en serio la lucha contra los monopolios tecnológicos e investigó y multó en varias ocasiones a Microsoft por abusar de su posición dominante en varios ámbitos relacionados con su sistema operativo Windows y su navegador Internet Explorer, de manera que impedía la competencia. Bill Gates, por entonces principal CEO de la multinacional, se quería comer todo el pastel. Hoy este buen filántropo, sigue en las mismas, pero con el “mundo mundial” como tarta.

El traspaso de datos que pretende Zuckerberg entre WhatsApp y Facebook es otro capítulo en esta línea de abuso de posición dominante. No olvidemos que la Comisión Federal de Comercio de Estados Unidos (FTC) y un grupo de fiscales de 48 estados, presentaron en 2020 dos demandas contra Facebook por controlar a la vez Instagram y WhatsApp. ¿Mantendrá la administración Biden estas demandas? ¿Aplicará la legislación antimonopolio a las multinacionales tecnológicas, que, como Google, propietaria también de YouTube, Apple o Facebook, tomaron partido en contra de Trump?.

Todas estas grandes compañías han asumido el discurso político en favor de la agenda mundialista y ya, sin tapujos, censuran toda opinión relevante contraria al cambio climático, el multiculturalismo, la lucha contra la inmigración incontrolada, el islamismo, el feminismo o la ideológia LGBT. Como el poder de los medios de comunicación clásicos para controlar la opinión pública va en mengua, hay que evitar que la disidencia que se oponga al consenso capitalismo-socialdemocracia globalista, pueda valerse de las redes sociales para fomentar la resistencia.

La censura a Trump por parte de Twitter y Facebook ejemplifica las practicas liberticidas de estas grandes compañías. Si recordamos que en 2018 una sentencia del tribunal federal del Distrito Sur de Nueva York prohibió a Donald Trump bloquear a sus críticos en Twitter porque eso atentaría contra la Primera Enmienda, establecida en 1791 con el fin de proteger la libertad de expresión, ya que “bloquear a los demandantes por sus opiniones políticas supone una forma de discriminación”, nos daremos cuenta de la calaña sin escrúpulos que pretende pastorear la opinión pública.

La neutralidad de las redes sociales debería garantizar la libre circulación de ideas y opiniones, sin más límites que evitar aquellos actos constitutivos de delito. De hecho, en Estados Unidos la normativa conocida como Sección 230 establece que "ningún proveedor o usuario de un servicio informático interactivo será tratado como el editor o difundidor de cualquier información proporcionada por otro proveedor de contenido de información", traducido al lenguaje de la calle, que no son responsables por las opiniones que se emiten en sus plataformas. Pero estas grandes compañías se han acogido a la Ley de Decencia en las Comunicaciones de Estados Unidos, creada en 1996 para regular la pornografía en internet y proteger a los menores, para aplicar una clausula que les permite eliminar el material que se considere obsceno, lascivo, sucio, excesivamente violento, acosador o de otra manera objetable. Hacen y deshacen a su antojo con la disculpa de eliminar contenidos que incitan al odio o consideran “fake news”. Cesar Vidal, Alvise, Javier Negre o VOX y cientos de usuarios anónimos han sufrido su censura porque YouTube, Twitter o Facebook no consideraban políticamente correcto lo que decían. Es decir, se dedican activamente a seleccionar qué puede estar publicado o no en sus plataformas, se colocan en la posición del editor, pero, a la vez, no asumen las responsabilidad como tal.

De ser plataformas neutrales, toda censura o cierre de cuentas por motivos ideológicos debería dar lugar a la correspondiente indemnización de daños y perjuicios para sus titulares a cargo de las compañías que las controlan. De ser plataformas que controlan editorialmente los contenidos que permiten circular por sus redes, ninguna exención de responsabilidad debería beneficiarles. Lo uno o lo otro, pero parafraseando el refranero popular, Facebook, Google y Twitter se quedan con “la burra y los cien ducados”.

A principios del siglo XXI la Unión Europea se atrevió a actuar contra Microsoft, ¿actuará hoy contra Facebook y WhatsApp? Mucho nos tememos que los gigantescos aparatos burocráticos del Estado cada día están más lejos de servir para proteger al más débil y más cerca del Estado- corporación con que la agenda mundialista quiere sustituir al Estado-nación. En cuanto a la neutralidad de las redes, ya saben, les queda telegram, parler, signal…  En vez del pluralismo ese que tanto gusta predicar a algunos y que se supone que es un valor democrático, habrá que volver a acudir al refranero y aplicarnos lo de “cada oveja con su pareja” para elegir redes según permitan expresar la opinión de unos u otros.