¿No indica cierto grado de enfermedad política la atención actual a la república, noventa años después? ¿No debía ser ya una cuestión resuelta y saldada?
Ninguna cuestión histórica está nunca resuelta definitivamente. Siempre hay detalles ignorados o imposibles de aclarar, y siempre son posibles nuevos enfoques en que los hechos adquieren un carácter distinto. Claro que la novedad no es de por sí una virtud: puede surgir  algo nuevo y disparatado, y de hecho abundan las versiones disparatadas, además de las deliberadamente falseadas.
Aun así, ¿por qué esta especie de histeria respecto de nuestro pasado? Parece como si no hubiera pasado.

La causa es fácil de entender: muchos se consideran hoy herederos de los vencidos en la guerra civil, cosa que sí debería estar superada y aclarada, máxime cuando gran parte de esos “herederos” provienen precisamente del franquismo, incluso del funcionariado franquista, como el memoriador Ángel Viñas y bastantes más. Y esos “herederos” han inventado una república puramente imaginaria y un Frente Popular aún más imaginario, que pretenden identificar con aquella. Estos equívocos y evidentes falacias han sido posibles porque el franquismo ofreció de sí mismo, de la guerra y de la república una imagen intelectualmente muy pobre, que ha facilitado las distorsiones de sus contrarios y luego la complicidad de UCD y PP con los memoriadores.


Prácticamente todo el mundo, a derecha e izquierda, identifica al Frente Popular con la república, y habla del bando vencido como republicano.
Así es, una verdadera tontería, o más bien golfería, pero que dice mucho del nivel de la historiografía española al respecto. El Frente Popular destruyó la república, destruyó su legalidad en un doble golpe de estado guerracivilista, el primero en octubre del 34, que fracasó; el segundo mediante unas elecciones fraudulentas en el 36, en las que el Frente Popular afirmó su decisión de impedir que la derecha volviera a gobernar. Destruyó lo que la república tuvo de democrática, que tampoco era mucho, pero que había permitido una alternancia en el poder en 1933. Si no partimos de diferenciar radicalmente entre república y frente popular, no entenderemos nada, y la historia se convierte en un galimatías. Es lo que he querido superar con mis dos libros recientes sobre la república y sobre el Frente Popular.


¿Cómo es posible que se haya tardado tanto en llegar a esas conclusiones?
Por la pobreza historiográfica mencionada. Pero no son conclusiones del todo nuevas.  Stanley Payne, por ejemplo sitúa el fin de la república en 1936, no en el 39, aunque diferimos en la fecha precisa.  Pero sigue predominando la confusión, en unos casos intencionada y en otros por ignorancia o por análisis romos. Como en tantos otros hechos relacionados.


¿Hechos fundamentales o de detalle?
De ambos, aunque los que importan son los fundamentales, los de enfoque. Por ejemplo,  contra una impresión casi generalizada por el mito, la república llegó en un doble proceso:  de suicidio de la monarquía  y de iniciativa de políticos de derecha, en especial Alcalá-Zamora, Maura y, no menos importante y casi siempre olvidado, el general Sanjurjo que, mandando la Guardia Civil, se puso a las órdenes del Comité revolucionario. Desde el principio tuvo todo cierto aire de farsa, porque los tres citados habían sido personajes importantes de la monarquía, incluso ministro Alcalá-Zamora.
Pero la imagen que tiene casi todo el mundo de la república es como un régimen izquierdista, de “trabajadores de todas las clases”.
Lo de “trabajadores de todas las clases” suscitó bastantes bromas dentro y fuera de España. Pero es cierto que si bien el régimen lo trajeron políticos de derecha ayudados por el impulso suicida de la monarquía, tomó muy pronto carácter izquierdista con la gran quema de iglesias, bibliotecas, obras de arte y escuelas. Las izquierdas pasaron a entender el régimen como propiedad suya, se apoderaron de la bandera de la democracia,  y su primer bienio fue una sucesión de violencias, sobre todo  entre las propias izquierdas. De ahí que ganaran las derechas ampliamente las elecciones de noviembre del 33. Lo demás, ya lo sabemos: aquellos “demócratas” y “trabajadores”, socialistas y separatistas, en especial los catalanes, se decidieron por la guerra civil. No voy a extenderme a hora sobre cosas bien conocidas, que en estos dos libros están explicadas a fondo.
Aparentemente, fueron las izquierdas las que destruyeron la república. ¿Por qué tendrían que hacerlo, si era un régimen que les favorecía tanto?

Porque no admitían un gobierno de derecha salido de las urnas. No eran izquierdas digamos civilizadas, sino demagógicas y  antidemocráticas. Se decían defensoras de los trabajadores, pero sus medidas aumentaron la miseria, el hambre y el paro, a lo cual reaccionaban con más demagogia, excitando a la violencia. Según ellas y los separatistas, la culpa de sus errores la tenían las derechas pintadas como retrógradas, oscurantistas y golpistas, cuando la inmensa mayoría de la derecha resultó incluso demasiado moderada. Lo cual  fue interpretada como signo de debilidad, que animaba aún más las demagogias y violencias.


Tal como usted lo presenta, hemos tenido unas izquierdas y separatismos realmente vesánicos. Eso parece una explicación muy insuficiente.
No lo es. Los políticos suelen obrar según las circunstancias, pero aplicando ideas generales que tienen en la cabeza. Había una idea que compartían todos, incluso bastantes liberales de derecha, y era la leyenda negra, la denigración de la gran época de España, en la que esta había contribuido tanto a configurar el mundo. Aunque había varios precedentes anteriores, la asunción de la leyenda negra en España cobró fuerza en la Guerra de Independencia, por influencia a medias entre los invasores napoleónicos y unos aliados tan indeseables nacionalmente como los ingleses. La masonería fue un gran vehículo de dicha leyenda. Y después del “desastre del 98″ cobró mayor fuerza todavía. Para Azaña, en los siglos XVI y XVII España solo había creado “un imperio de mendigos y de frailes aliñado con miseria y superstición”, cuya herencia histórica se había prometido “demoler”.  Según Ortega, que tanta influencia tuvo en la llegada de la república, la historia de España había sido “anormal”, “enferma”, un “descarriado vagar”, que por fin iba a enderezar el nuevo régimen. Para los socialistas, la historia de España se resumía en la Inquisición y supuestos genocidios. Para los separatistas vascos o catalanes podía sintetizarse en frases  reveladoras como esta: “nuestro odio a la sucia historia de España es gigantesco, loco, grande y sublime”. Si usted se fija, todos coincidían en lo mismo, y en la idea de que la república iba a terminar con aquella España, aunque de modo diferente: para los separatistas por disgregación, para los socialistas por sovietización, para liberales del tipo de Azaña u Ortega, por un “regeneracionismo”.  


Pero ¿no era justa la idea de regenerar España europeizándola y modernizándola?
El problema de los regeneracionistas era triple: confundían la profunda decadencia de España a partir de la Guerra de Independencia con la historia de España en general, denigrando sobre todo la época fundamental del siglo XVI-XVII. En segundo lugar, esa distorsión fundamental de la historia les cegaba para entender la realidad social presente de España, y ni Azaña ni Ortega, por volver a citar dos personajes tan  emblemáticos, entendía gran cosa de marxismo ni del sentido de los sindicatos y partidos obreristas en quienes pensaban apoyarse; y, por fin, se figuraban capaces de una empresa titánica cuando no pasaban de ser, en política  modestos funcionarios que habían opositado para  “asegurarse la vida” en el aparato estatal de  una monarquía también liberal a la que crucificaban como “necrocracia” y otras lindezas. Desde el principio tuvo  todo un aire de farsa, insisto. Que terminó en tragedia.


Bien, puede ser interesante reenfocar la república como usted dice, pero hoy vivimos  tiempos muy diferentes.

En este sentido no difieren en nada. Los políticos actuales son casi todos muy parecidos, incluso peores, más incultos e indocumentados que los de la república,  pero con las mismas ideas en la cabeza. Esto pudo apreciarse pronto en la transición, cuando casi todos hablaban como si los cuarenta años anteriores no hubieran existido o hubieran sido nefastos, y se presentaban, con toda su enorme mediocridad, como los salvadores de la libertad, la democracia, y sanadores de  una “historia enferma”. Cuando unos botarates se creen capaces de cosas tan grandiosas, es obvio que estamos camino de una nueva tragedia. Aquí cobra máxima importancia el conocimiento de la historia, según la frase de Cicerón: quien ignora el pasado se mantiene en una especie de infancia. Y hoy, una gran masa de población está infantilizada y por tanto es propensa a las peores manipulaciones. Por eso no deben ahorrarse esfuerzos para clarificar ese pasado antes de que, como en la tragedia griega “los muertos maten a los vivos”.