Hace unos meses escuché en televisión un fragmento de una entrevista a un soldado. No recuerdo el nombre del militar ni de la profesional, sólo la simpleza, ignorancia y sensiblería de ella. 

El soldado comentaba uno de los momentos de mayor riesgo de su vida laboral, en que estuvo tumbado bajo unos tablones a ras del suelo observando a centímetros de sí los pies de un enemigo dispuesto a degollarle con presteza si descubría su posición. 

La periodistilla le preguntó qué pensó en ese instante. Sugirió: “¿Pasaron por su mente las caritas de sus hijos?”. No sé cómo el soldado mantuvo la flema, como espectadora puse los ojos en blanco y esbocé una mueca de desprecio. Si yo hubiera sido él, habría puesto los puntos sobre las íes, habría enseñado a la entrevistadora una noción básica sobre la vida y especialmente sobre la carrera de las armas: un soldado no es Corín Tellado, es un persona dura y disciplinada entrenada para sobrevivir y salvar la vida a otros, en las circunstancias más hostiles. 

En ocasiones, los altivos graduados en periodismo, endiosados por sí mismos a causa de poseer un título de esa facultad, los mismos que atraviesan dificultades para escribir sin faltas de ortografía o incluir más de cuatro palabras en una oración, están desprovistos de conocimiento elemental sobre la naturaleza humana y el funcionamiento de la sociedad. Nunca he tenido el honor de lucir uniforme, y no he visitado una facultad de periodismo en mi vida, pero sé lo siguiente, y me permito aleccionar a la periodistilla y a sus semejantes: un militar, especialmente en un momento de máximo peligro, es decir, de máxima concentración, no puede permitirse sensiblerías de progre o pensamientos emocionales, que sólo le debilitan. Un militar es un profesional que ha sido entrenado para que en caso de encontrarse en una circunstancia de riesgo mortal, mantenga la mente fría y utilice la inteligencia lógica y cinestésica, con el fin de conservar la vida y cumplir la misión.