El afán de originalidad es el primer paso hacia la herejía. Y además un contrasentido, porque en nuestros días no hay nada más original que adherir punto por punto la doctrina católica.

La Santísima Trinidad ‒un solo Dios en tres Personas‒ es un misterio insondable para la mente humana que, sin embargo, misterio sobre misterio, por obra y gracia de la Fe lo incorporamos a nuestro entendimiento con toda naturalidad.

Fratelli tutti, sí, los que tenemos y reconocemos un mismo Padre, Dios, y una misma Madre, la Virgen María. Los demás seres humanos no son nuestros hermanos sino nuestros congéneres.

Lecciones de la Semana Santa: el aplauso mundano es efímero (Domingo de Ramos), el dolor es inevitable (Viernes Santo), Dios es eterno (Domingo de Resurrección).

Caminando por el paseo de la playa atrapé al vuelo estas palabras pronunciadas por una mujer que venía en sentido contrario conversando con otra: «Para perdonar hay que amar». Seguí el resto de mi caminata reflexionando sobre esa frase.

Dice un sedevacantista que no es católico rezar por un hereje. Vaya, hombre. ¿No eran católicos entonces los rezos de Santa Mónica por su hijo Agustín cuando éste andaba perdido en herejías? Lo que no es católico es el rigorismo farisaico de los sedevacantistas.

Algunos episodios de mi vida que en su momento celebré como triunfos comprendo ahora que me llevaban a la perdición y, a la inversa, ciertos reveses que me parecieron fracasos hoy sé que robustecieron mi espíritu y a la larga me beneficiaron. Dios sabe infinitamente mejor que nosotros lo que nos conviene. Hay que confiar siempre en la Providencia.

Pregúntate si aquello que estás pensando hacer (ver tal película, leer tal libro, ir a tal lugar, publicar lo que quiera que sea dondequiera que sea…) agrada a Dios. Si la respuesta es sí, hazlo. Si la respuesta es no, no lo hagas.

Podríamos decir, creo que sin demasiada exageración, que Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona son, respectivamente, el cerebro y el corazón de la teología cristiana, sin que esto excluya, claro está, el pensamiento del segundo ni el sentimiento del primero. Y de San Pablo de Tarso podríamos decir que es el fuego que los iluminó a los dos.

La paz sin verdad, y por tanto sin justicia, es criminal. Un dulce asesinato de almas.

Que esté el fiel de nuestra balanza bien equilibrado: en un platillo la verdad y en el otro la caridad, pesando ambas lo mismo.

Vivir con fe, en la Fe verdadera, es vivir con luz, viendo la realidad tal cual es, viendo lo que está bien y lo que está mal. Pero no basta la sola fe, contra lo que dicen los herejes protestantes. No basta sólo con ver correctamente; además hay que obrar en consecuencia transitando el camino que lleva al Cielo.

No pecar: ésta es la cuestión. Todo lo demás, o carece de importancia o tiene una importancia secundaria.

Jesús es la luz del mundo; quien lo sigue, no anda en tinieblas. No porque lo diga yo, claro, sino porque lo dijo Él mismo. Por no creerle, por no seguirlo, estamos como estamos: caminando hacia el abismo.

Hacer, no lo que a uno le agrada, sino lo que a Dios le agrada, es el camino de la santidad. Y sólo hallar agrado en hacer lo que es del agrado de Dios, le suponga a uno los sacrificios y las renuncias que le suponga, es la santidad misma. ¡Adelante, amigos! Con la gracia de Dios todos podemos lograrlo.

Dios es buen pagador. Puede demorarse en el pago (o parecernos a nosotros, siempre tan apresurados e impacientes, que se demora en el pago), pero llegado el momento nos paga “ciento por uno”.

Extraer del dolor frutos santificantes es la gran lección que debe aprender todo cristiano.

«Quien sabe un poco de teología y nada de todo lo demás sabe infinitamente más que quien sabe mucho de todo lo demás y nada de teología». La veracidad de este aserto que leí, creo recordar, en un libro de Castellani, se me hace de cada vez (como dicen los mallorquines) más evidente. Pues de nada sirve un saber que no sabe de Dios. De nada realmente transcendente.

Un enemigo mortal de la Fe: el eclecticismo, el apego a diversas filosofías. La doctrina católica es la única filosofía (sabiduría) íntegramente verdadera. Las demás llamadas filosofías, o son falsas o sólo son verdaderas en la medida en que coincidan con la doctrina católica o deriven de ella.

Dios no permite que nadie cargue sobre sus espaldas una cruz cuyo peso sea insoportable. Sería cruel si lo permitiese, y sabemos que Dios es todo Justicia y Misericordia. Bien es cierto que hay cruces que sobrepasan el límite de nuestro aguante humano, pero para eso está la gracia divina, para darnos la fuerza sobrenatural que nos ayude a cargarlas. O los cirineos que Dios pone en nuestro camino cuando hemos caído bajo el peso de nuestra cruz, los cuales, como ángeles custodios, nos ayudan a levantarnos y seguir adelante compartiendo con nosotros el peso de nuestras penalidades. Lo que hay es que aguantar, aguantar siempre, tener paciencia, no desesperar. Dios nunca deja en la estacada a quien en Él confía.

«Para mí lo más importante es el dinero», me dice cierta mujer. «¿Más que el amor?». «Sí». «Te voy a demostrar que eso no es verdad. ¿Quién es la persona que más quieres en este mundo?». «Mi hijo». «Si te ofrecieran mil millones de euros a cambio de matarlo, ¿los aceptarías?». «¡No!». «Pues ahí tienes la demostración: el amor es para ti más importante que el dinero».

Amar al prójimo es desear su salvación eterna y, en la medida en que uno pueda, ayudarle a que se salve. Fuera de esto, lo que los mundanos llaman amor no es más que sentimentalismo.

¿Tenemos presente a Dios en nuestras vidas (en nuestros pensamientos, en nuestras lecturas, en nuestras conversaciones privadas y públicas, a todos los niveles)? ¿Hablamos con Él, le rezamos? ¿Le ofrecemos nuestros sufrimientos sin quejarnos? ¿Nos preguntamos qué haría Jesucristo en nuestro lugar ante tal o cual situación y obramos o procuramos obrar en consecuencia? ¿Rezamos el Rosario cada día o al menos tres Avemarías? ¿Nos confesamos sin demora con sincero arrepentimiento y propósito de enmienda después de cometer un pecado grave? De la respuesta a estas preguntas podemos deducir el estado de salud de nuestra alma, el grado de nuestra religiosidad, la hondura de nuestra fe.

Quienes dan la espalda a Dios a lo largo de su vida ¿qué esperan, qué pretenden? ¿Que Dios cuando hayan cruzado el umbral de su muerte les dé la bienvenida? No sé cuál será el destino final de nadie; sólo digo lo que todos los grandes santos dijeron: morimos como vivimos. Con Dios quienes viven con Dios y sin Él quienes sin Él viven. Y lo que en este mundo es efímero, en el más allá es eterno.

¿Y te quejas porque estás rodeado de mundanos? ¿Acaso te crees mejor que ellos? Si realmente lo fueses te sentirías dichoso de hallar en su compañía la oportunidad de servirles de instrumento de conversión. Acaso te incomode tanto su mundanidad porque en el fondo de tu ser te ves reflejado en ellos como en un espejo.

Estamos obligados a dar testimonio de la verdad, no a convencer de ella a los demás. Y no porque no convenzamos a los demás hemos de falsificarla, edulcorándola o “adaptándola” al gusto de la plebe, para que así sea aceptada. Somos nosotros quienes debemos someternos a la verdad, no la verdad a nosotros.

Es imposible el consenso entre la verdad y el error. En cambio los errores pueden consensuar entre sí infinitamente.

El celo amargo es una forma de soberbia. La soberbia de quien no busca tanto evangelizar a los descarriados como hacerles ver que él es superior a ellos.

Si no amas a tu prójimo, no pretendas evangelizarlo. La caridad es el carburante de la verdad.

No será tanto tu amor a Dios cuando tan escaso es tu amor a tus prójimos. «Si no amas a quien puedes ver, ¿cómo vas a amar a Dios, a quien no puedes ver?».

El amor a la humanidad, así en abstracto, suele ser la coartada de los incapaces para el amor verdadero.

¿Qué quieres? Respuesta del mundano: «Ser feliz». Respuesta del católico: «Salvarme».

A los mundanos no se les puede hablar del Infierno, como no sea para hacer chistecitos banalizantes o para negar su existencia. A quien osa hablarles en serio del tema lo mandan al infierno… del rechazo mundano.

¿Para qué estamos en este mundo? «Para ser felices», responderá el mundano, y el pobrecito, al primer revés que sufra (pues todos inevitablemente sufrimos reveses en este mundo), verá tambalearse el sentido de su vida. Lo cierto es que aquí no estamos para ser felices sino para salvar nuestra alma y, así, hallar la felicidad eterna y plena en el Cielo. Los momentos de felicidad terrenal no hemos pues de verlos más que como pequeños anticipos de la felicidad celestial y los reveses y sufrimientos que padecemos ofrecérselos a Dios como penitencia y reparación por nuestros pecados. Pero ¿cómo explicarle esto al mundano que todo lo fía a este mundo? No hay manera. Sólo rezar para que el Espíritu Santo toque su corazón e ilumine su entendimiento.

Un católico y un mundano, aunque utilicen las mismas palabras, hablan idiomas distintos, radicalmente antagónicos. Al menos las palabras más importantes (amor, libertad, felicidad, paz…) tienen en boca de uno y otro significados dispares, inconciliables. El católico las subordina a Dios; el mundano, a su ego.

Agradecerle a Dios éxitos mundanos que Él no quiere para nosotros ‒no se diga ya si tales “éxitos” son directamente pecaminosos‒ infringe el segundo Mandamiento: «No tomarás el nombre de Dios en vano». El único verdadero éxito es estar en orden con Dios, al cual deben subordinarse los demás. Toda ayuda que Él nos preste para conseguirlo es lo que tenemos que agradecerle, tanto si nos agrada como si no. A veces las privaciones, o los castigos, son la forma como Dios ayuda a nuestra mejora espiritual, y también estas ayudas se las tenemos que agradecer.

En este mundo hay que elegir: o la defensa de la verdad, que nos cierra las puertas de los palacios mundanos, o el confort de la mundanidad, que nos cierra las puertas del Paraíso.

El primer requisito para ir al Cielo es querer ir al Cielo. Parece una obviedad, pero no lo es. Hay muchísima gente que no es que quiera o no quiera ir al Cielo, es que ni se lo plantea. Todas sus querencias están puestas en este mundo.

En la película de los mundanos el malo es el católico. El que les previene del peligro de ir al Infierno, cuando ellos no quieren ni pensar en la muerte; el que llama al pan pan y al pecado pecado, cuando ellos han hecho del pecado su pan de cada día; el que no se alegra de sus éxitos cuando ve que tales éxitos, por alejarlos de Dios, no redundan en beneficio de sus almas; el que siempre pone a Dios en el centro de todo, cuando ellos ocupan ese lugar; el que, en definitiva, no hace otra cosa que aguarles su fiesta.

¿Agrada a Dios una misa celebrada por un sacerdote que le da la espalda para dirigirse no a Él sino a los feligreses? ¿Agrada a Dios una misa en la que los feligreses toman la sagrada forma con la mano y sin arrodillarse y recibiéndola indistintamente de manos consagradas y sin consagrar? ¿Agrada a Dios, en suma, una misa protestantizada que hubiese sido inconcebible para cualquiera de los grandes santos y doctores de la Iglesia Católica?

Que los curas de la misa moderna pongan como requisito para poder comulgar el hacerlo en la mano y no el estar en gracia de Dios lo dice todo sobre esos curas y sobre esa misa.

Del mismo modo que un homosexual no deja de ser homosexual por ser bisexual, un cura modernista no deja de ser modernista por ser birritualista.

Algunos no se enteran o, como dice la canción de la chica yeyé, no se quieren enterar. A Monseñor Lefebvre, santo varón, se le excomulgó por defender la Santa Misa de siempre y PARA acabar con la Santa Misa de siempre. Como la jugarreta les salió mal a los excomulgadores, pues un número continuamente creciente de fieles católicos siguió a Monseñor Lefebvre, aquéllos se tuvieron que inventar sobre la marcha un apoyo desde Roma, más falso que Judas, a la Misa tradicional (Ecclesia Dei, Summorum Pontificum) a fin de contrarrestar y anular la congregación fundada por el benemérito Arzobispo francés. El problema es que no sólo se trata de la Misa sino también de la doctrina, la cual, desde que Mons. Lefebvre fue aberrantemente excomulgado, sólo la defiende neta e íntegramente la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, la única que rechaza de plano y explícitamente el modernista Concilio Vaticano II sin caer por otro lado en extremismos antirromanos ni en desvaríos sedevacantistas.

La defensa de la Misa tradicional, de la Misa católica auténtica, no consiste sólo en defender su celebración sino también, simultáneamente, en reclamar que deje de celebrarse, que sea derogada, la protestantizada misa moderna. La coexistencia de ambas, como si las dos fuesen igualmente válidas, es una ofensa a la primera y, por tanto, a Dios. La Tradición, si no es neta, no es Tradición, es Modernismo.

Dice un articulista en Adelante la Fe que el documento de Bergoglio contra la Misa tradicional, cínicamente llamado Traditionis Custodes, es la nueva bomba atómica. No exageremos. La bomba atómica fue el Concilio Vaticano II. El documento bergogliano es una más de sus detonaciones.

Con todo su papal papo, el señor Bergoglio lo ha vuelto a hacer, ha vuelto a colocar una estatua de Lutero, el gran heresiarca, en el Vaticano. Así es como custodia la tradición el autor de Traditionis Custodes.

Mi lucha, o al menos mi lucha principal, no es contra lo no católico sino contra lo que no siendo católico pretende pasar por católico. Puedo ser, y procuro ser, clemente con los extraviados, pero contra los impostores no tengo clemencia ninguna.

Quien se traga el veneno modernista del Concilio Vaticano II es imposible que sea un buen católico. Podrá ser bienintencionado, piadoso a su manera, “buena persona”, pero buen católico, imposible.

Ni medio minuto gasto en discutir con papólatras. Sigan ellos con su papolatría, que yo seguiré con mi Fe.

Curas modernistas que se ponen la sotana para ir de peregrinación como si fuesen a una fiesta de disfraces; votantes de partidos liberales, incluso afiliados a éstos, que ondean banderas tradicionalistas; asistentes a la Misa tridentina que asisten también, indistintamente, a la protestantizada misa moderna… ¡Basta ya de bipolaridades, basta ya de cuadraturas del círculo! O se está con la Tradición o se está con la modernidad. O se está con la Verdad o se está con el error.

El Concilio Vaticano II está podrido de modernismo hasta la médula. Y lo que está podrido no se puede despudrir, hay que tirarlo al tacho.

Bastaría que al nefasto Papa actual lo sucediese un buen Papa, un auténtico vicario de Cristo en la tierra, para que la Iglesia, por supuesto con la ayuda de Dios, volviese a ser, o al menos empezase a volver a ser, el faro y guía de la humanidad, la Madre y Maestra sabia que fue durante siglos. Un Papa que desenterrase el hacha de guerra contra el modernismo; un Papa que derogase la protestantizada misa novus ordo y reestableciese el rito de la Misa tradicional como rito único; un Papa que promoviese e hiciese promover en todas las parroquias y escuelas católicas del mundo la lectura del Catecismo Mayor de San Pío X; un Papa, en definitiva, que lo reinstaurase todo en Cristo.

La Modernidad, la nunca suficientemente execrada Modernidad, al arrumbar a Dios en el desván de los trastos inútiles (o directamente arrojarlo al basurero de la Historia), ha sumido al hombre en las tinieblas, cegando su inteligencia ante las cuestiones transcendentes. Y no es que el hombre moderno sea peor que el hombre antiguo, tradicional; sencillamente es que no ve, no puede ver más allá de sus narices. O, peor aún, debido a las falsas luces que proyecta la Modernidad, cree ver la realidad donde no hay más que alucinaciones.

Es tan evidente la maldad de los frutos que ha dado el Concilio Vaticano II (y ya sabemos que por los frutos se conoce al árbol), que no verlo sólo puede obedecer a ceguera voluntaria o a una supina ignorancia en materia religiosa. Tanto una como otra, en un católico, son culposas, pues un católico tiene la obligación de estar bien formado e informado sobre la religión que profesa. No en vano decía el Papa San Pío X que la primera causa por la que se condenan las almas es el desconocimiento de nuestra doctrina y no en vano, para remediar tal desconocimiento, escribió su Catecismo Mayor, en el que está condensada toda la doctrina católica con precisión y concisión y claridad meridiana. Debería ser lectura de cabecera de todos los católicos del mundo.

Lo peor de los católicos modernistas no es que sean modernistas, sino que se sigan llamando católicos.

¡Oh, cómo envidio al católico moderno! ¡Es todo tan sencillo y tan fácil para él! Vive como le da la gana, estableciendo él mismo lo que es y lo que no es pecado ‒y, claro está, desechando que lo sea todo aquello que, “mientras no le haga daño a nadie”, a él le procure placer. El placer, de hecho, el “disfrutar de la vida” es su mandamiento principal, el núcleo irradiador de su particular religiosidad‒. Cuando mueren sus seres queridos, todos ellos van al Cielo. Y, por supuesto, también a él le espera ese destino eterno, pues él es “una buena persona”. A los no católicos no tiene ninguna necesidad de evangelizarlos. Siempre que sean, como él, buenas personas, lo mismo da cuál sea su religión o que crean o no crean en Dios. También ellos irán al Cielo. «Dios es bueno, Dios es todo amor y misericordia… Vive y deja vivir… Estamos en este mundo para ser felices…». ¡Cómo lo envidio, de verdad, cómo lo envidio al católico moderno! Te lo juro por Snoopy.

Decir que es pecado lo que Dios mismo llama pecado no es juzgar, es atenerse al juicio de Dios. ¿A qué se refiere, entonces, el “no juzguéis” cristiano? A que no juzguemos a las personas, sino sus actos. Sería contradictorio (y Dios no incurre en contradicciones) que Dios nos hubiese dado el raciocinio para que tengamos capacidad de discernimiento y, al mismo tiempo, que nos prohibiese discernir lo que está bien y lo que está mal. Toda nuestra andadura por este mundo es, en este sentido, un continuo juzgar. De lo que se trata es de que nuestro juicio se atenga al juicio de Dios y no de juzgar conforme a nuestros criterios particulares.

Afirmar que tal persona ha ido al Cielo, como suelen hacer los modernistas cuando muere uno de sus allegados, esto sí que es un juicio indebido, una presunción. ¿Quién eres tú para juzgar, modernista?

La expresión tradición viva, tan cara a modernistas de diverso grado, incluidos ciertos sedicentes tradicionalistas, es un pleonasmo. Toda tradición, toda transmisión, es dinámica por definición, está en continuo movimiento (“vida es movimiento”, dice Aristóteles). Asoman pues su rabito diabólico, su elan divisor, aquellos que pretenden contraponer una tradición viva a otra que, según ellos, estaría muerta. Lo que sí tiene la verdadera tradición es una coherencia interna en aquello que transmite, la cual la hace inmutable en su esencia y en sus principios, que es lo que subrepticiamente atacan los pseudotradicionalistas de la “tradición viva”, tan vivos ellos. Transmitir algo distinto a lo que siempre se ha transmitido no es tradición sino traición.

Aprecio mucho en un católico tradicionalista el que sea una persona normal. Ya bastante “rareza” es ser católico tradicionalista en este mundo aberrante como para añadir otras rarezas en el mal sentido de la palabra.

El Carlismo es la última estación del tradicionalismo hispánico. No digo que un español o un hispanoamericano no pueda ser tradicionalista sin ser carlista, pero sí digo que, en tal caso, será un tradicionalista incompleto, un tradicionalista que no ha llegado al final del trayecto.

«No existe la sociedad, existe la suma de individuos», escribe una liberal… y se queda tan liberal. Análogamente y siguiendo su “razonamiento”, podríamos decir que no existe el bosque, existe la suma de árboles, o que no existe la ciudad, existe la suma de edificios, etc. Realmente el liberalismo es como una droga alucinógena.

Típico hegelianismo: creer que de la suma del error y la verdad resulta la verdad o que de la suma del mal y el bien resulta el bien. Antes al contrario, no hay peor error ni peor mal que esa creencia que aboca a quien la tiene a un cacao mental de muy difícil arreglo: el maldito pluralismo liberal.

En realidad todo es muy sencillo, tanto en el orden personal como en el político: o triunfa Dios, o triunfa el Demonio; o triunfa el Bien, o triunfa el Mal. Podrá haber grados en el triunfo demoníaco, pero si no se da el combate partiendo de la susodicha premisa, el Mal acaba triunfando. Por eso pretender vencer al Demonio prescindiendo de Dios es abonarse a la derrota de antemano. Por eso (hablo ahora específicamente de lo político) el llamado laicismo no es más que una jugarreta del Demonio en su propio beneficio. Pero desgraciadamente muchos católicos siguen sin entenderlo y dando, por consiguiente, palos de ciego.

¡Ay esos que maldicen el marxismo a la vez que bendicen (u omiten maldecir) el liberalismo del que el marxismo es fruto!

En el plano histórico-político se ve con meridiana claridad: Dios no nos condena, nos condenamos nosotros alejándonos de Él.

Da mucha pena leer o escuchar a víctimas del terrorismo etarra, buena gente, defendiendo “la democracia y las libertades que nos trajo la Transición”. ¿Cuándo se dará cuenta esa gente de que por culpa de la “democracia” y las “libertades” que nos trajo la Transición la ETA pudo extorsionar y asesinar como nunca antes lo había hecho? ¿Y cuándo se dará cuenta esa gente de que por culpa de la “democracia” y las “libertades” que nos trajo la Transición la ETA (o sus terminales políticas, tanto da) ha tenido acceso a nuestras instituciones al punto de ser, hoy, la segunda fuerza en las Vascongadas y nada menos que socia en el gobierno de España?

Escribe un facha: «Estoy en contra de que se derriben cruces [vaya, hombre, menos mal], pero mucho más importantes que las cruces son las necesidades esenciales del pueblo». El típico cacao mental del facherío, tan aquejado de materialismo como lo están los marxistas o los liberales (todos ellos vienen de ese tronco común). Como le he replicado al facha, un pueblo que socava su religión, o que permite que la socaven, está abocado a su ruina en todos los órdenes.

Esa estúpida arrogancia, esa arrogante estupidez de creernos mejores que nuestros antepasados por el simple hecho de ser nosotros posteriores a ellos. El nefasto progresismo.

Siempre es el mismo esquema: hay revolucionarios, hay tibios y hay tradicionalistas. ¿Quiénes son los tibios en la España actual? Quienes defienden la Constitución de 1978.

Las ideologías nacieron con la pretensión, ya de por sí herética, de corregir o “enriquecer”, si no de demoler, la doctrina católica, como si ésta fuese errónea o insuficiente. Cuando lo cierto es que la doctrina católica es perfecta y en ella y nada más que en ella se encuentran todas las soluciones que el hombre necesita para su prosperidad y bienestar tanto en el orden natural como sobrenatural.

Pide un menda por ahí “pruebas que evidencien que el liberalismo ha hecho tanto daño como el comunismo”. Le doy millones de tales pruebas: todos los bebés que han sido asesinados en los vientres de sus madres. Por no hablar de que no habría comunismo sin liberalismo, que es su progenitor.

Ni comunismo ni liberalismo. Libertad. La auténtica. La que está orientada al bien y subordinada a la verdad.

¿Era católica, real y consecuentemente católica, la sociedad española en 1975, año en el que murió Franco? A juzgar por lo que vino poco tiempo después (voto masivo a una Constitución atea, promulgación de la ley del divorcio, victoria por mayoría absoluta del PSOE…), nos inclinamos a creer que no.

En lo esencial, nada ha cambiado políticamente en España desde que murió Franco. Tenemos un régimen demoniocrático en el que sólo cabe elegir entre lo malo y lo peor. Eso sí, lo malo es cada vez más malo y lo peor cada vez peor.

En toda acción política hay dos cuestiones fundamentales: los principios en los que esté basada y las personas que la llevan a cabo. De nada sirve que los principios sean buenos si no lo son quienes los defienden, y viceversa.

Ya están los zascandiles de la derecha liberal con su necio argumento de la edad. ¡Que no, zascandiles, que no! Que lo aberrante no es que se permita “cambiar de sexo” a los menores de edad; lo aberrante es el “cambio de sexo” en sí mismo.

«Eras más divertido cuando hablabas de política», me dijo cierta mujer, hace ya unos cuantos años, cuando yo empecé a abordar preferentemente el tema religioso. Pero lo cierto es que yo nunca he dejado de hablar de política, sólo que antes me iba por las ramas y ahora, hablando de religión, voy a la raíz del asunto. Ya lo dijo Donoso Cortés: «Debajo de toda cuestión política subyace un problema religioso». Quien habla de política ignorando la teología habla en el vacío.

La política, tal y como se concibe en la democracia liberal, es y no puede ser más que un semillero de odios, pues al entronizarse la libertad desligada de la verdad, o sea la opinión sobre la razón, provoca un encono de todos contra todos que, unido al afán de poder, hace imposible la primacía del bien común al que toda política sana y rectamente entendida debe encaminarse. Donde no hay unos principios fundamentales e inmutables compartidos, o al menos respetados, por toda la sociedad ‒y tales principios derivan necesariamente de una instancia superior e intemporal, religiosa, que religa las almas y los corazones de las personas‒ inevitablemente hay un desorden engendrador de toda suerte de injusticias. Dicho con otras palabras, la política sin Dios es un contradiós.

Una barca en la que todos reman en distinta dirección: la democracia liberal.

La elección del mal menor es conveniente, si no queda otro remedio, cuando el mal menor sirve para preservar siquiera una parte del bien; no así cuando el mal menor le sirve al mal mayor para perpetuarse.

¿Por qué la izquierda siempre le gana a la derecha eso que ha dado en llamarse la batalla cultural? Porque la izquierda es dogmática (dogmática de sus errores y falsedades) y la derecha es liberal. Y entre dos contendientes, uno que cree a pies juntillas lo que dice (aunque lo que dice sea erróneo o falso) y otro que no cree realmente en nada (seña de identidad del antidogmático y relativista liberalismo), siempre tiene y tendrá todas las de ganar el primero. Nadie convence a nadie de aquello de lo que no está convencido.

La negación, por activa o por pasiva, de la reyecía de Cristo a todos los niveles (individual, familiar, social, político) lleva inexorablemente al delirio y al caos. No necesitamos retrotraernos a tiempos pretéritos para comprobarlo; tenemos el mejor ejemplo de ello delante de nuestras narices: el mundo en el que vivimos. El mundo del divorcio, del adulterio legalizado, del aborto, del “orgullo gay”, del “matrimonio” sodomita, del “cambio de sexo”, de los vientres de alquiler…

A quienes deseamos una España como Dios manda no nos quedan más que dos opciones: o resignarnos a que “con estos bueyes hay que arar” (los bueyes del régimen del 78) y ofrecer nuestro apoyo al mal menor de turno, que a la postre no hace sino apuntalar el régimen, o luchar “contra toda esperanza” por la salvación de nuestra Patria desde la marginalidad en la que nos encontramos, poniendo todas nuestras capacidades en el empeño y confiando en la ayuda de la Divina Providencia. Pero no nos engañemos: la opción de la resignación no sacará jamás a España ‒y por tanto no es realmente una opción‒ del lodazal revolucionario en el que está metida.