DESDE hace unos días, los taxis de una de las agrupaciones profesionales de Madrid, pueden pagarse con tarjetas de crédito. Hace ya tiempo que el mismo sistema de pago diferido se acepta (según cabe leer en la sección de anuncios por palabras de "El País") en las saunas finlandesas, que es como ahora se llaman las antiguas casas de putas (con perdón). Evidentemente, ambos casos demuestran la actual indigencia de este país, donde nadie tiene un duro, ni siquiera para echar la clásica canita al aire. Me divierte mucho pensar que en mi novela Niñas... ¡al salón! me inventé que una esmerada meretriz noctámbula, del Riscal de hace quince años, introducía la posibilidad de cobrar sus servicios en letras de cambio, si bien debidamente avaladas. Algunas profesionales se enfadaron conmigo, acusándome de pretender arruinarles el negocio. Ahora resulta que mi invento se hace realidad.

Porque aquí todo se está haciendo a crédito, de un tiempo a esta parte y a crédito del llamado facial, o sea, sin cobertura ni aval alguno. Comenzando, como es evidente, por la política. Hace cinco años largos que aguantamos unos ministros, unos líderes y unos mandamases, en general, que funcionan pura y exclusivamente con base en las promesas. Todo son promesas de futuro, promesas de inagotables delicias el día de mañana, promesas de inacabables beneficios cuando la democracia se consolide ya de una, lo cual, por las trazas, va para largo. Semejantes promesas se efectúan sin ningún respaldo sólido, carentes en absoluto de una garantía que las afiance. Como diría el melancólico príncipe Hamlet, no son más que palabras, palabras, palabras...

Pero palabras que cazan incautos (cada vez menos, eso sí). ¡Hay que ver las maravillas que nos prometió el señor duque de Suárez, a lo largo de su execrable y tan dilatado período de gobierno! No ha cumplido ni una sola. Su triste sucesor, don Leopoldo, pareció en un principio que daba de lado la camelancia promisoria; pero acabó cayendo también en ella y ahora nos larga, cada dos por tres, que se encuentra dominado por un moderado optimismo. ¿Optimismo por qué? ¿Porque la peseta está en la pura caca, el desempleo no se frena, los asesinatos continúan, la crisis económica rompe todas las previsiones, los precios se disparan más y más y el país (antes llamado España) aparece inquieto, nervioso, preocupado, triste, irritado, desazonado y temeroso).

A quien más crédito le han venido abriendo en estos años ha sido a la señorita Democracia. La señorita Democracia (la de aquí, aclaro enseguida) nació entre un clamor de entusiasmos, bendecida por todos lados. Era la niña prodigio, la criatura salvadora, el ungüento mágico que tenía que robustecer la piel, siempre delicada, de la nación. Sin embargo, la chiquilla está creciendo poco y mal. Lleva ya encima muchas vacunas, muchos tratamientos cuidadosos, a cargo de expertos doctores y, pese a ello, no medra como se esperaba. Entonces, para no quitarle el crédito que se le concedió, coinciden sus exégetas en destacar lo pequeñita que todavía es.

¿Sabe alguien a qué edad alcanza una democracia normal su pubertad? La nuestra lleva cinco años largos y anda todavía con el biberón y el chupete y, lo que es peor, sus tutores insisten en que no cabe pedirle más de lo que viene dando, porque es todavía demasiado chiquitita. Todos quisiéramos que, siguiendo la moda del último disco de Julio Iglesias, pasara ya de una de niña a mujer, pero no hay forma. Nos la tienen en hibernación, supongo que atiborrándola de vitaminas. Pero no hay manera de hacerla crecer.

Las empresas que viven de las tarjetas de crédito vigilan celosamente el cumplimiento de los pagos aplazados. Cuando fallan, retiran la confianza a los morosos y reparten unas listas negras entre la clientela. Los incumplidores no pueden ya, por nunca jamás, beneficiarse del cómodo sistema crediticio. ¿Hasta cuándo tendremos que aguantar que sigan hablando, prometiendo y mandando quienes nos tienen hartos de faltar a sus promesas? Esta misma democracia niña, ¿seguirá gozando de crédito ilimitado o llegará un día en que, cansado de que no salga del kindergarten, empezaremos a dudar de sus posibilidades de crecimiento?

Trabajar a crédito es cómodo; pero tiene un peligro. Llega un día en que, forzosamente, hay que pagar. O quedar como cocheros.

 

VIZCAÍNO CASAS