“La disciplina es necesaria para hacer lo que sabes que es importante y correcto, en lugar de lo que es fácil y divertido”

El reloj de pared de la comisaría marcaba las diez y treinta y cinco de una desapacible noche del mes de noviembre del año 1985. El policía escuchaba plácidamente la Sinfonía del Nuevo Mundo apoyando sus codos sobre la mesa y sobre sus manos, colocadas a ambos lados de la cara, apoyaba esta. Extasiado por la bellísima sinfonía no reparó al instante como un matrimonio entraba en la sala arrastrando a un chico de unos catorce años.

  • Señor agente – comenzó a decir el padre de forma atropellada – no podemos con nuestro hijo, quisiéramos que los servicios sociales se hicieran cargo de él.
  • Un momento, señores. Por favor díganme con detalle que es lo que desean y el motivo de ello.
  • Este es nuestro hijo. Desde el momento en que nació nos propusimos que fuera feliz. Trabajamos los dos, por lo que, desde casi su nacimiento tuvo una señora que le cuidaba a la que dimos órdenes de que nada le faltara. El niño y nosotros éramos felices. Los problemas empezaron a los siete años cuando lo expulsaron una semana del colegio por haberle bajado las bragas a una niña, cosas de críos. Para compensarle del tremendo disgusto le atiborramos su habitación de juguetes y, naturalmente, fuimos a protestar al tutor por la desmesurada medida que le habían aplicado. A los diez años fue expulsado de nuevo, esta vez por tres meses. Total, por haber llamado guarra y estrecha a una joven profesora que no se dejó manosear. Protestamos de nuevo afirmando que esos castigos nada solucionan e inciden negativamente en su felicidad y su estado emocional. Así nos lo confirmó una psicóloga a la que acudimos. En los doce…
  • ¿La psicóloga les dijo eso? – interrumpió el policía sin salir de su asombro.
  • Si señor…Bueno sigamos. A los doce años acabó en comisaria por haber participado en una paliza a un compañero de colegio.
  • Una vez más la psicóloga nos recomendó paciencia, comprensión y no hacerle daño para que se afirmara su personalidad.
  • ¿Para afirmar su personalidad? El policía no salís de su asombro
  • Así es. Como nos aconsejó que el niño no asistiera al colegio durante un tiempo y le pusiéramos un profesor particular, al tiempo que dos veces al mes acudiera a su consulta para reforzar su autoestima, evitando reprobarlo, tener paciencia y serenidad y mantenerlo contento y feliz.
  • ¿Todo eso les recomendó la psicóloga?
  • Y nosotros seguimos sus consejos al pie de la letra.
  • ¡Válgame, Dios!
  • Con trece años decidimos darle una paga semanal para que se sintiera con cierta libertad. Creímos que 250 pesetas serían suficientes.
  • ¡250 pesetas semanales! Gritó el policía sin poderlo evitar cuando su indignación y su perplejidad alcanzaban cotas casi insoportables.
  • Fue poco después de haberle asignado esa paga cuando nos llamaron de comisaria por haber roto la luna del escaparate de una tienda de electrónica. Semanas más tarde nos amenazó si no le dábamos las llaves de casa para entrar y salir a su antojo. Siguiendo las instrucciones de la psicóloga, se las dimos. A punto de cumplir los catorce años, ante una llamada compungida de su abuela – mi madre – acudimos presurosos temiendo lo peor. Al llegar nos comentó entre lágrimas que la había amenazado si no le daba 1.000 pesetas. Acudimos a la psicóloga antes de tomar una decisión de la que nos podíamos arrepentir. Nos dijo que, ante la deriva del chico y su historial de comportamiento, deberíamos consultarlo con los servicios sociales…Y aquí estamos, señor agente para solicitar que detengan a nuestro hijo y lo entreguen a los servicios sociales.
  • Antes una pregunta, señores: ¿Qué edad tiene el chico?
  • Quince años.
  • ¿Y usted y su esposa?
  • Ella 42 y yo 44
  • Verán…es que me asalta una duda muy razonable: no se si detener al chico o a ustedes, pues no sé muy bien quién es más irresponsable. Y en cuanto a la psicóloga, mejor ni hablar.

Ese chico tendría en la actualidad 35 años y pertenecería a la cáfila de irresponsables (mujeres y hombres) que ni respetan a los demás, ni se respetan a sí mismos. Hacen lo que les viene más al gusto desobedeciendo las órdenes impuestas por la pandemia porque, desde muy niños, fueron educados en los derechos, pero no en los deberes. Y aquí hemos de preguntarnos quienes son más irresponsables, si los niños educados entre algodone y vasitos de cacao al acostarse, o sus padres, dominados por la estupidez y lo políticamente correcto.