Populus me silbilat at mihi plaudo ipse domi

ac nummos contemplar in arca

 

El prestamista vivía en un sucio, maloliente y estrecho pasaje de las afueras de la ciudad de León. En aquellos días todos sus correligionarios se hacinaban, como decían las gentes, cual piara en torno a la parte de la ciudad que se les había concedido, con el fin de protegerse de los ataques que, como respuesta daban los habitantes ante cualquier tipo de calamidad. Por entonces, existían pocas actividades a las que ellos pudieran dedicarse libremente sin ser molestados o al menos mirados con recelo, y es que sobre sí pesaba, por encima de todas las cosas, la culpa del deicidio. Desde la conquista de la ciudad por parte de los cristianos, no les cupo hacer otra cosa que aceptar las impuestas condiciones de éstos, y soportar con resignación la nueva situación.

Su vida transcurría sin grandes sobresaltos, sin otro quehacer que la plena dedicación a su pequeña tienducha, la cual utilizaba como señuelo de lo que en verdad era, lugar de préstamo e interés, el templo de la usura. Los que allí llegaban, eran los desesperados, aquellos que, abrumados por las deudas, derrotados del peculio, no abrazaban otra posibilidad que recurrir al prestamista aun a sabiendas que lo único que obtendrían pudiera ser, en el mejor de los casos, alargar en agonía su miseria. El desorden de las cosas que allí había, la chamarilería, la distribución que a modo de almoneda se encontraba por doquier impidiendo andar libremente, le prestaba al lugar un aspecto de pobreza y suciedad al que acompañaba casi inevitablemente la idea de compasión para con el dueño. Por ello no había domingo en que los vecinos, después de la santa misa, no se acercaran hasta su puerta para darle algunas monedas, algo de alimento o cualquier otra cosa en calidad de limosna que él aceptaba con una falsa actitud gentil y de agradecimiento.

Los días transcurrían de esta manera, y aún había quien aseguraba que a las noches le restaba horas al sueño para disfrutar contando monedas que atesoraba en pequeños baúles que escondía con sumo cuidado, bajo las losas, en el sótano de su casa. Únicamente contaba con la compañía que le dispensaba su bella sobrina, a la que acogió siendo aún una niña y a la que sin permitirle si no en contadas ocasiones salir a la calle, tenía recluida a su servicio. Apenas había ninguna persona a la que pudiera llamar amigo; fuera del rédito, del interés, del partido que pudiera sacar al dinero, había cosa alguna que en verdad le llamara la atención o despertase en él la más mínima curiosidad. Entre los que le conocían, entre aquellos que le trataban, era bien sabido.

 

Se cuenta por aquellas tierras que una tarde de cuaresma, una tarde como tantas otras, llegó hasta la puerta de la tienda un hombre de pulidos modales que decía ser de alta cuna, cristiano viejo, y que respondía al nombre de Pablo de Paz, hombre instruido y de letras, y natural de Carrión de los condes. Era su faz altiva y delgada, resguardada tras una espesa barba, de frente amplia y clara, marcados pómulos, de ojos negros y mirada penetrante; bien parecido y proporcionado, de manos cuidadas, y por sus ropajes y actitud se diría que hombre de mundo. Llegó hasta la puerta, y empuñando la aldaba con firmeza y rotundidad marcó tres golpes secos. El enclenque hombrecillo entreabrió tímidamente la puerta, se diría que no más por no gastar el gozne, interpelándole quién era y qué quería a esas horas. Éste, cordialmente y en voz baja, le indicó que quedaría agradecido de poder entrar en su casa para allí hablar con mayor confianza, y que lo que le venía a plantear no era cosa que pudiera hablarse en plena calle y a la luz del mundo; que le concediera atención por unos momentos, ya que le traía una empresa de la que bien pudiera sacar buen partido. Ante esto, frente a la posibilidad de la llegada de nuevos dineros, encendiéndosele la mirada, concedió beneplácito en que entrase aquel caballero en su morada.

Bajo el dintel de la entrada, haciendo un leve gesto con su mano, indicó de este modo a los que le acompañaban que descabalgaran y trajeran varios fardos consigo. Así procedieron. La curiosidad atenazaba al usurero, balbuceaba con palabras entrecortadas con las que pretendía interpelar al caballero, a lo que éste no parecía prestar gran importancia disponiendo de la estancia de la manera que mejor convino. Se sentaron en la única mesa que allí había, quedando los acompañantes de don Pablo de pie, detrás de ellos. Haciendo otro gesto, de inmediato fue interpretado por los que le seguían con su salida de la casa, quedando los dos totalmente solos.

Sin apenas dejarle respiro, el hidalgo, acercándosele al oído, casi susurrando, le dijo:

 

-Bien, seré breve. La prisa me acucia y no dispongo de mucho tiempo. Por cuestiones de las que no quisiera extenderme en detalles, te diré que desde hace un tiempo ando como el perro y el gato con la justicia y que, no puedo permanecer ni un solo día más en estas tierras. Si me encuentran estoy perdido. En estos bultos que han traído mis hombres de confianza hasta tu casa, se encuentran cálices, reliquias y joyas de incalculable valor, entre ellas algunas pertenecientes a la emperatriz de Constantinopla. Créeme si te digo, que no me es grato venir aquí y contarte todo esto.

 

A cada cosa que decía el castellano, el avaro leonés prestaba mayor atención, podíasele ver en los ojos el color morado de la codicia. En aquellos momentos solamente podía tener la mente presta para calcular la manera de sacar tajada de todo aquello.

 

-Bueno, -respondió-, como comprenderás al venir a mi casa a contarme todo esto me pones en un compromiso muy grande. Hay quienes desearían verme involucrado en cualquier escándalo para echarme en brazos de los corchetes. ¿Qué recibiré yo a cambio?

-Me es enteramente imposible desplazarme con rapidez con todas estas joyas y objetos de valor. No puedo ir a ningún sitio a mal venderlo, pues con ello iría dejando pistas de mi paso. Había pensado que podría dejar la integridad de las cosas aquí, a salvo, durante todo lo que durase mi ausencia, que me anticipases un dinero con el que me fuera posible vivir a mí y a mis hombres ese tiempo, que a cambio te quedases con un tercio de su contenido, y que si al término de un año no he regresado todo lo que contienen sea tuyo.

-No sé, no sé…es un grave riesgo lo que me planteas. ¿Cuál sería la cantidad de dinero que precisarías, de la que estamos hablando?

-Unos diez mil maravedíes sería suficiente.

Largo rato permanecieron discutiendo en voz baja, aclarando los pormenores de todo aquello. Al final acordaron lo dispuesto por el caballero en un principio. Así, tras cenar poca cosa con sus hombres en la casa del prestamista, y esperar a que oscureciese, salieron de allí descabalgados, a pie, sin hacer ningún ruido ni llamar la atención.

Cuando hubo supuesto que el visitante se encontraría ya fuera de la ciudad, corrió despavorido hacia uno de los cofres, apartó los trapos en los que estaba envuelto, forzó el pequeño cerrojo, y al levantar la tapa no podía creer lo que veían sus ojos, pues lo que contenían eran únicamente, pesadas piedras.