Hoy, es casi noche abrileña. En el cielo, un cielo acariciado por una brisa agradable de poniente, brillan, rutilantes, cientos de estrellas que presagian un amanecer azul y brillante. Por fin, ha estallado una nueva primavera.

En unos días entrará la primera luna de primavera y con ella, como salida de la magia y el misterio que imprime a la vida el paso del tiempo, la Semana Santa concurrirá a su cita anual. Una semana en la que España entera no podrá, un año más, vivir a ritmo de paso lento, de redoble destemplado de lejano tambor y de agudo toque de clarín que se pierde entre las esquinas en noches plenas de ese penetrante olor a jazmín y a clavel recién cortado que emana de los tronos procesionales al desfilar, lentos, pesarosos, ante las atónitas miradas de propios y extraños.

Aun llevo cosido al alma, pese a los años transcurridos, el recuerdo de aquellas procesiones del Jueves Santo coruñés. Aquella procesión a la que acudía, puntual, de la mano de mi madre, para ver desfilar, en respetuoso silencio, roto tan solo por el rezo en baja voz de piadosas plegarias, los pasos de “la Oración en el Huerto”, “el Beso de Judas” y “el Cristo del Perdón” por las calles del centro de la ciudad. Todavía recuerdo la devoción y el recogimiento con que las gentes se asomaban a las calles para ver discurrir el cortejo de aquella llamada “Procesión del Silencio” que tenía su origen en la Colegiata de Santa María del Campo de donde salía la imagen titular del Cristo del Perdón”.

Aquella noche constituía para mí una especie de hito anual comparable tan solo con las de Nochebuena y San Juan, noches que formaban una especie de mágica trilogía en la que se me permitía trasnochar más allá de lo que era habitual cualquier otra noche del año. Era pues, una de esas noches deseadas y esperadas con ansia a lo largo del año, que compartía con alguno de mis amigos de siempre a los que también les era permitido salir para contemplar el discurrir de la procesión.

Lentamente, el cortejo procesional desfilaba ante mis ojos llenos de sorpresa y admiración por el drama que contemplaban; por aquellos hombres de rostro cubierto y pies descalzos que discurrían entonando trágicos cantos que hacían estremecer a la noche, mientras las farolas de la calle se apagaban y los escaparates de los establecimientos se sumían en la más impenetrable oscuridad como queriendo así poner más énfasis al dramatismo del momento.

Al final, de regreso a casa, mi madre me hablaba en baja voz del drama de la Pasión y luego, antes de quedarme dormido, soñando con encapuchados y pasos de madera policromada, juntos rezábamos aquella oración que ella me había enseñado años atrás que empezaba con la frase “por la calle de la Amargura” y que, por desgracia, no he sido capaz de conservar fresca en mi memoria.

Lo cierto es que, a partir de aquellos años de temprana edad, comencé a sentir en mí propio ser la noche de Jueves Santo, con sus pasos policromados, sus encapuchados, sus cruces que desgarran el pavimento, sus tambores destemplados, sus plegarias en alta voz que estremecen la noche, sus agudas marchas de clarín procesional, su olor a flores recién cortadas, sus silencios elocuentes mezclados con las sombras fantasmales que se proyectan sobre las pétreas paredes de las viejas calles de la ciudad.

“El Cristo de la Buena Muerte” de Málaga

Con el paso de los años fui testigo de otros Jueves Santos vividos en otras tierras de España. Noches de Pasión española que ponen velo de luto a una luna que estrena la primavera, a una luna que deja definitivamente atrás a un invierno que ya es tan solo un recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue. A una luna que juega, tímida, a ser cortejada por las estrellas.

Como olvidar la ciudad mediterránea que, en noche de Pasión, fue testigo de aquel idilio juvenil que marcó todo un hito romántico en el devenir de los primeros años de juventud. Aquella popularmente llamada “tribuna de los pobres” desde la que vimos desfilar, con emoción difícilmente contenida, a los Novios de la Muerte escoltando a su “Cristo de Mena”, en noche abrileña cargada de ensueños, con tintes de emotivas declaraciones de amor bajo el influjo de una luna de primavera acariciada por la tibia brisa de un Mediterráneo eterno.

Tampoco puedo olvidar aquel otro Jueves de Semana Mayor en el que fui testigo de la puesta en escena del drama pasional en la vieja ciudad castellana. Todo un museo en la calle con lo mejor de nuestra escultura barroca. Mientras, en silencio, de la mano de la joven amada, se pergeñaban planes de un futuro que nunca llegó. A lo lejos, sobre un lejano puente celador de mil evocaciones, un grupo de encapuchados portadores de rutilantes fanales daban luz y escolta a un Cristo yacente que procesionaba lento, agotado, camino de su morada de culto tras cruzar el frío río castellano.

Luego, con el paso de los años, Semana Santa a Semana Santa, la sobrecogedora escenificación del Jueves Santo me sorprendió en otras ciudades de España. En unas y otras, siempre de la mano de mi amada con la que compartí el lento discurrir de Pasos policromados, el chirriar de las cadenas al arrastrar por las calles, el monótono redoblar de los tambores destemplados y el agudo sonido de los clarines procesionales perdiéndose entre calladas esquinas celadoras de mil secretos indescifrables.

Siempre miro al cielo cada vez que se acerca un nuevo Jueves Santo, la luna de primavera se abre paso entre nubes y estrellas rutilantes, anunciando que, tras la Pasión, tras el sufrimiento y la muerte está la Resurrección, la eclosión de una nueva primavera que ya se advierte no solo en el insistente trinar de los pájaros, sino también en el despertar de la naturaleza abotargada tras un largo y frío invierno que ha quedado definitivamente atrás.

Pronto será de nuevo Jueves Santo y, sin embargo, un año más no podré reencontrarme en las calles con la tradición; cruzar mi lento discurrir con esos “Besos de Judas”, “Oraciones en el Huerto”, “Cristos atados a la Columna”, “Cristos de Mena” y con esas hermosas Señoras de lágrimas de plata en los ojos que lloran por la trágica muerte de un Hijo en el terrible madero, allá en un lejano monte del Gólgota.

“La Esperanza de Triana” de Sevilla

Tampoco este año, España entera volverá, con sus Banderas a media asta, a ser un clamor de tambores y de clarines; de hermanos de Paso o de luz; de penitentes que entonan lúgubres misereres; de Picaos y Empalaos que llevan más lejos que nadie sus promesas; de jóvenes ataviadas con la elegante Matilla española; de visita a siete iglesias de la mano de nuestros mayores. Pronto será de nuevo Jueves Santo y no podré, como lo vengo haciendo desde niño, asomarme a una calle española para sentir emocionado el lento paso del Hijo de Dios en su trágica Pasión, mientras la señal de la Cruz se dibuja en mi rostro.

Recordaré, como siempre, el cariño y la ternura de mi madre de cuya mano aprendí lo que es y significa esta fecha de tan marcado significado. Dejaré que la brisa abrileña acaricie mi rostro y que una ráfaga de suave viento de poniente me envuelva con aromas a flores recién cortadas. Miraré al cielo seguro de ver, en un lucero, el rostro de mi madre asomado al infinito contemplando el lento discurrir de los pasos procesionales. A mi lado, como siempre, estará mi amada que será testigo, junto a mí, del gran drama pasional. Luego, al llegar a casa, en la intimidad de mí mismo, trataré de recordar aquella oración que comenzaba diciendo “por la calle de la Amargura” que aprendí siendo muy pequeño.

Sin embargo, como cada noche de Jueves Santo, me asomaré a la ventana para contemplar, en la soledad de mi alma, la luna, esa luna española que juega a ser mujer con los luceros; esa luna que se asoma cada noche a su balcón enrejado para escuchar, en baja voz, la romántica ronda que pasa dejando la estela de sus canciones juveniles de tuna. Dejaré que el perfume de las flores que empiezan a brotar acaricie mi rostro y me embriague con sus aromas cargados de sensuales evocaciones. Miraré al cielo y allí estará esa luna guiñándome su ojo de mujer hechicera; esa luna llena de primavera que se habrá hecho dueña y señora del cielo.

La noche se irá perdiendo lentamente por poniente, huyendo sumergida en un mar de aguas oscuras; a lo lejos, como por arte de magia, un sol de levante se abrirá paso para vivir su particular romance con una luna que, como la gran dama de negro manto, huirá perdiéndose en un horizonte soñado. A lo lejos, imaginaré el eco vago de los tambores destemplados que volverán a rasgar la mañana, mientras que un agudo clarín irá marcando, una a una, las tres caídas del Señor. Miles de cofrades discurrirán lentos por calles y plazas con sus rostros enlutados, con su grave aspecto que impresiona a quien los mira, con sus promesas ocultas en lo más profundo de sus corazones, de sus almas.

La trágica Pasión estará llegando a su cenit: la muerte del Señor en el madero. Después, como esa hermosa luna llena de primavera, llegará la renovación del alma por medio de la Resurrección. El ciclo habrá vuelto a comenzar y con él la primavera habrá despertado.