Bicicleta, bici, birula, cleta, chiva, ciclo. Da la sensación de que su sencillo pero elegante mecanismo ha existido desde siempre, como una consecuencia lógica e inevitable de una mente lúcida. Da la sensación de que nosotros mismos podríamos haber llegado a idear tal prodigio de la mecánica.

Casi sin darnos cuenta, la bicicleta nos va imponiendo sus principios, que son los inherentes a la vida. Las dificultades en el camino que han de ser sorteadas con valentía y confianza, la importancia del equilibrio, la posibilidad, siempre presente, de caer y la imposibilidad de detenernos del todo ante una vida que nos arrastra hacia adelante; la necesidad de viajar liviano y la obligación de disfrutar del camino sin importar el destino.

Y como he dicho, casi sin darnos cuenta, la bicicleta nos dota de herramientas que van infinitamente más allá del mero desplazamiento y deja una impronta en nosotros tan nítida como esa marca de la infancia que muchos lucimos en las rodillas.

La bicicleta, en sí misma, carece de la capacidad necesaria para cumplir a su cometido. La bicicleta la hacemos nosotros. Y es la fusión con el potencial humano la que permite el desplazamiento. Es el esfuerzo propio el que nos permite seguir adelante. Si el ciclomotor o el automóvil dependen del motor para avanzar, la bicicleta no cuenta más que con nuestra voluntad y la firmeza y fuerza de nuestro pedaleo. Y será ese el factor determinante que hará de este ingenio un medio para ir a comprar el pan o para atravesar países.

Su mecanismo y su estructura no dejan lugar al regodeo ornamental, al adorno fácil más allá de una pequeña cesta o unos flecos vistosos. Es lo que es, cada elemento sirve a un propósito claro.

El imparable desarrollo tecnológico, crecimiento y nuevos medios de transporte parecen imponer un nuevo orden urbano que tiende a excluir a nuestra decimonónica amiga. Ante este embate constante, el noble velocípedo resiste imperturbable la llegada de los nuevos tiempos. Con su ligereza, versatilidad y gracia en las curvas nos es imposible no sentirnos libres de nuevo, nos lanza a nuestra infancia y nos devuelve la mirada inocente y juguetona que perdimos en algún momento del camino.

¡Lo que es la vida! Comencé este texto con la idea última de denunciar que se está perdiendo este medio de transporte a expensas de alternativas más “cómodas” o rápidas. No obstante, a medida que plasmaba estas líneas he llegado a una conclusión muy distinta. Nada más lejos de la realidad, la bicicleta tiene y tendrá siempre su lugar en el mundo. Insustituible por sus virtudes. La bicicleta no necesita alegatos, no nos exige defensa alguna.

¿Quieres que la libertad te despeine? Utilizame. ¿Quieres perderte sin rumbo por las estrechas y sinuosas calles de cualquier ciudad del mundo? Aquí me tienes.

Lejos de ser un mero medio de locomoción, la bicicleta es una forma de relacionarnos con nuestro entorno: el olor que desprenden los bollitos recién hechos de la panadería de la esquina, el piar de los pájaros al pasar por debajo de los árboles, el niño despistado que una madre atenta reconduce a tiempo al ver que se interpone en nuestra trayectoria, la brisa estival o la dura humedad del otoño en nuestro rostro, el tacto de los adoquines bajo las ruedas. Su encanto reside, en efecto, más en sus “debilidades” que en sus fortalezas

Gracias bicicleta, gracias por todo.