En estas últimas elecciones (28 de abril del año 2019), se volvió a vivir la triste situación de la manipulación del patriotismo, de la fratricida guerra del purismo doctrinal más pedante y jactancioso, más terco y nefasto.

Quizá, a la escasa y sencilla razón de esta triste pluma, que no es monárquica ni republicana, que no es democrática (qué horror) ni dictatorial, pero que sería cualquier cosa o todas ellas si eso fuera para bien de España, le resulte fácil hacer una frívola, pero sincera, disquisición sobre este fenómeno de patriotismo jacobino de bandería o facción.

Y como soy un hombre sencillo, intento reducir a conceptos esenciales el significado de los términos y palabras, alejándome de confusas interpretaciones alambicadas que enmarañan y oscurecen la razón.

A este respecto, cuántas elucubraciones sesudas se siguen vertiendo sobre qué es ser de derechas (o de extrema derecha, que es mucho peor, donde va usted a parar), de izquierdas, de centro (es decir, ni una cosa ni otra, sino todo lo contrario), o nada de eso, que también lo hay; a veces esto se parece a la dichosa ideología de género, que cada uno inventa y manifiesta con descaro (y tiene derecho, no divino claro, a ello) su inclinación particularísima.

Y como soy muy simple, partiré de la definición concreta de dos conceptos, ser de derecha o de izquierdas. Derecha: Hablando de colectividades políticas, la parte que su doctrina guarda más respeto a las tradiciones; a los que también llaman, por ello, conservadores. Izquierda: Hablando de colectividades políticas, la que guarda menos respeto a las tradiciones del país.

Personas de ideas reformistas. Que por ello se les llama también progresistas. Por eso, simple que es uno, sin alambicamientos ni subidas pretensiones intelectuales, vía segura de paralogismo, me declaro de derechas (pero qué burro y anticuado, perdón). Respeto y defiendo la grandiosa (la más grande) historia de España; nuestra hidalguía y, claro, sus principios, que se volcaron y crearon la más grande obra humana posible, la Hispanidad, que es el regalo al mundo entero de la universalización de la hidalguía, de la doctrina católica fuente de moral y tradición, que al fin, España dio a la Iglesia muchos más hijos de los que le quitaron todas las herejías juntas; soy de derechas porque entiendo la naturaleza subversiva de la Ilustración y los movimientos de ella surgidos; soy de derechas porque creo en unas leyes y una convivencia social fundamentada en principios esenciales perfilados en el Concilio de Trento; soy de derechas, porque creo en la igualdad esencial de las almas; lo soy, porque creo en la objetividad del bien común; porque sé que el futuro de España, como diría el genial mártir de la Hispanidad D. Ramiro de Maeztu, está en la fidelidad a su pasado.

En fin, podríamos llenar de motivos por los que sin duda soy de derechas, pero será mejor dejarlo aquí, espero que sea suficientemente claro. Pues sí, soy completamente de derechas, y con una dosis nada despreciable de misoneísmo, atemperado por la razón y el respeto a los demás, y así no comulgar con las ruedas de molino del modernismo destructor y furibundo, y para no cometer el error, muy grave, de estar siempre de manera cómoda con la mayoría. ¡Oh, qué felicidad estar siempre dejándose llevar plácidamente por la corriente!

Necesitamos limpiar el corazón envilecido por la vanidad, y abrirlo y ennoblecerlo con la brisa fresca de la humildad y la prudencia, camino de la auténtica sabiduría, de la acción noble y justa, acertada, de fecundo heroísmo. Ya lo dijo hermosamente José Antonio Primo de Rivera: España es irrevocable.

Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir. España no es nuestra como objeto patrimonial; nuestra generación no es dueña absolutamente de España; la ha recibido del esfuerzo de generaciones y generaciones anteriores, y ha de entregarla, como depósito sagrado a los que la sucedan.

Si aprovechara este momento de su paso por la continuidad de los siglos para dividir a España en pedazos, nuestra generación cometería para con las siguientes el más abusivo fraude, la más alevosa traición que es posible imaginar. ¡Qué magníficas palabras!, y qué bellamente expresado, fue una de las mentes más claras de España, ya lo dijo Unamuno.

Y le asiste toda la razón, pues no solamente divide a la patria los odiosos e irracionales separatismos regionales, aldeanismo engreído e infatuado, también la dividen peligrosamente las corrosivas obcecaciones doctrinales, el innoble deseo de tener razón a toda costa, de ser más puro que los demás; de tener razón incluso en contra de la propia razón y de la suerte de España.

Muchos podemos ser cómplices de la desgracia de España, pero a veces la sinrazón de la soberbia y la envidia no permite ver más que el supuesto error del otro, y la razón de España queda oscurecida y despreciada, y ponemos como excusa de nuestra terquedad las palabras de los sabios, sin interpretarlas correctamente, sin analizarlas en su contexto histórico, en su completa profundidad; y acaso ¿esta actitud cerril y dañina no es también una forma de traición, de traición a España?

Terminemos con las también magníficas, hermosas y claras palabras de un contemporáneo de José Antonio mencionado arriba como mártir de la Hispanidad, también asesinado en la guerra civil española (no sé si decir esto sea correcto políticamente, por aquello de la memoria histórica parcial), D. Ramiro de Maeztu, que parafrasea a Fray Juan González Arintero en su obra definitiva Defensa de la Hispanidad: Debemos …evitar lo mismo: “los excesos del estancamiento, o sea, la petrificación del antiquismo”, que para no dar: “en el extremo opuesto, aun más peligroso, del modernismo, que nos induce a suicidarnos con pretexto de vivificarnos”.

Esto es, España es una tradición, un ser irrevocable, pero debemos cuidarla con heroico esmero, porque España está viva.