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Pero, la historia no terminó ahí, en La Adrada, porque la Guerra siguió y siguió la vida, que la vida siempre sigue. Don Juan no murió y milagrosamente salvó la vida. Bueno, milagrosamente o gracias a las infusiones de musgo que Agustina se inventó al ver que los emplastes no mejoraban la infección de la herida. Nadie supo qué contenía el musgo obtenido en los troncos de los pinos y más si procedían de las zonas más húmedas, pero surtieron un efecto increíble.  Las fiebres desaparecieron en pocos días y el enfermo se fue recuperando poco a poco, hasta poder levantarse y dar algunos pasos por el jardín. Años más tarde aquellas infusiones le servirían al Don Juan “farmacéutico” para hacer su primer negocio, pues se descubrió que el musgo contenía penicilina.

 

                 En los primeros días del nuevo año, ya 1937, María Antonia dio a luz una hermosa niña que al nacer pesó 4,15 gramos... y las dos abuelas lo celebraron a lo grande. Aquel día toda la familia comió pavo. A la recién nacida se le puso de nombre en la pila bautismal María Leonor. Y los padres  comenzaron a dormir juntos. Don Juan, agradecido como estaba con las dos mujeres, Agustina y María Antonia, pues ellas le habían salvado la vida, se resignó a ser el marido, un marido clásico, aunque no hubiese de por medio ningún tipo de amor.

 

                 Sin embargo, aquella paz no duró mucho, pues Don Juan, sintiéndose español, y falangista como era,  en cuanto se vio curado del todo y fuerte físicamente, decidió incorporarse al Ejército. La guerra todavía no estaba decidida y había que evitar a toda costa que vencieran los rojos. Así que un día cogió su maleta, se despidió de todos, especialmente de su madre y su hija recién nacida, y se plantó en Arenas de San Pedro, donde supo que necesitaban voluntarios para  la columna de caballería que mandaba el coronel Don José Monasterio.

 

               Y con la columna Monasterio, luego I División de Caballería, hizo lo que quedaba de guerra. Y además con éxito, pues no sólo tuvo la suerte de no recibir ni un rasguño, a pesar de participar en cientos de operaciones y combates, sino que  además en la batalla del río Alfambra, cuando lo de Teruel, ganó la Medalla  Militar individual por salvar la vida de un grupo de soldados nacionales que habían sido cercados exponiendo su propia vida. Aquella medalla le abriría después muchas puertas.  Fueron dos años muy duros, en los que apenas pudo volver por La Adrada, sólo una semana durante las Navidades de 1938. Tiempo suficiente, eso sí, para meditar sobre su propia vida y recapacitar sobre sus ideas políticas. Porque en contra del ambiente superpatriótico que vivía a su alrededor y del “España, Una, Grande y Libre” en su interior  fue madurando una “España en convivencia”, donde pudiesen vivir y respetarse todos.  “No podemos matarnos los unos a los otros cada equis años” pensaba y se decía a sí mismo en sus muchos ratos de soledad.  Y es que no podía olvidar lo que había pasado con su padre y el padre de María Antonia, su mujer, en aquellos primeros días del Alzamiento.

 

          Por todo ello, y eso incluso antes de terminar la guerra, había decidido  dejar el Ejército (muchos de sus Jefes trataron de convencerle para que ingresara en la Academia Militar y le auguraban una carrera triunfal) y la política para dedicarse por entero a sus estudios de Farmacia y a la familia. Los horrores de la guerra, quizás,  le habían traumatizado... y eso que al final estuvo entre los vencedores.

 

         Así que en 1.939, en cuanto fue licenciado, volvió a La Adrada para continuar y terminar la carrera de Farmacia, la de su padre y la de su abuelo. Pero, ya desde la llegada a “su” pueblo se tropezó con la España real que había quedado tras el desastre de la guerra. Porque aquella España Nacional había iniciado el exterminio de cualquier tipo de oposición al Régimen nacido de la Victoria y muy en especial de todo lo que “oliera” a comunismo. Y tuvo problemas. Las nuevas autoridades quisieron detener a su mujer y a sus hermanos, y a su madre Agustina, sólo por ser la familia del “comunista”. Y eso le encrespó. Y a Doña Leonor, que tuvo que luchar contra todos en defensa de aquella gente inocente. Así  que hubo que cambiar, incluso, lo de “la hija del comunista” por un patriótico “la mujer del héroe”.

 

 

Pero, el nuevo Alcalde, el sargento Don Bartomeu Morales, que por cierto se había mantenido al margen de la guerra y siempre permaneció en la retaguardia, no cejaba en su empeño y siguió molestando a la familia del comunista. Hasta que Don Juan se cansó de aquella persecución sicológica y un día se plantó en el Ayuntamiento y quiso resolver el problema de una manera directa y frontal.

 

  • Vamos a ver, Alcalde, lo que estás haciendo con mi familia no puede seguir. Ya estoy hasta las pelotas de tus persecucione..
  • Tu familia no, es la familia de un comunista asesino.
  • Mira, Alcalde, esa familia es mi familia y te tengo que recordar que si ellos, el padre, naturalmente, asesinó a gente de la Derecha, entre ellos a mi propio padre, también él fue asesinado por gente de la Derecha.
  • ¡Era un rojo!
  • Y los que lo mataron a él ¿qué eran?
  • Unos patriotas, que defendían a la España Imperial.
  • Por favor, mi sargento, no me vengas con filosofías. Si ellos mataron también los nuestros, y digo los nuestros con pena, mataron y asesinaron.
  • En las guerras suceden estas cosas y hay que exterminarlos, a ellos y a toda su descendencia.
  • Pues, ni se te ocurra tocar a mi familia, porque entonces serás tú el que corra peligro.
  • Ya se delató el hijo de la rica.

 

En ese momento Don Juan perdió el control de sí mismo, se levantó de donde estaba sentado[1], agarró por el pecho al Señor Alcalde y casi lo estrella contra el techo.

 

  • ... y no vuelvas a mencionar a mi madre porque te puedo matar ahora mismo, ¡rata!, que eso es lo que eres, ¡una rata!

 

Y sin más se dirigió a la puerta y desde allí dijo:

 

  • Pero no te preocupes, esto lo arreglaré a mi modo. ¡Eres un enano!

 

Y muy cabreado salió del Ayuntamiento y se dirigió a su casa. Y nada más llegar se encerró en su despacho, tomó pluma y papel y escribió esta carta.

 

Excmo. Sr. Don Ramón Serrano Suñer

Ministro de la Gobernación

Puerta del Sol nº 2

Madrid

 

Excelentísimo Señor Ministro de la Gobernación, me dirijo a su Excelencia en demanda de auxilio y de justicia. En pocas palabras le voy  a decir lo que me sucede. Las gentes del Frente Popular asesinaron a mi padre, el farmacéutico del pueblo de la Adrada, Tomás Sarramayor, en los primeros días del Alzamiento. El hombre que dirigió el grupo asesino era el comunista Galán, casualmente el padre de la que hoy es mi mujer y madre de mi única hija. Posteriormente, un grupo de Derechas llegado desde Piedralaves asesinaron a mi suegro y a todos los compañeros de las Izquierdas... fueron dos verdaderos crímenes de guerra.

 

Después, quien esto le escribe se incorporó al Glorioso Ejercito Nacional y como soldado integrante de la columna de caballería del general Monasterio continuó la guerra hasta lograr la Victoria total del primero de Abril. Afortunadamente, y con la ayuda de Dios, conseguí que nuestro Caudillo me concediera la Medalla Militar Individual.

 

Bien, no reclamo privilegio alguno por mi actuación en los frentes de batalla, pero sí reclamo que al menos dejen a mi familia en paz.

 

Señor Ministro, el Señor Alcalde de la Adrada, mi pueblo, está empeñado en hacerle la vida imposible a la familia de aquel comunista que si bien participó en algunos asesinatos de locura, entre ellos el de mi propio padre, como le digo, también es cierto que el pobre hombre lo pagó con su propia medicina y fue fusilado en la Plaza del pueblo sin miramiento alguno.

 

Señor Ministro, no estoy dispuesto a que mi familia sea molestada insistentemente por un hombre, que además siempre se mantuvo en la retaguardia, y por ello me dirijo a su Excelencia. Le suplico que tome las medidas oportunas para que a  mi familia, aunque sea la familia de un viejo comunista, no se la vuelva a molestar más.

 

Estoy seguro de que usted, que también ha sufrido en su propia familia los avatares de la guerra, sepa comprender mi postura y me ayude a vivir tranquilo en la España victoriosa que tantos trabajos, tantas luchas y tanta sangre nos ha costado conseguir.

 

Le saluda atentamente Juan Sarramayor. ¡Arriba España!”

 

                                                               ***

 

 

 

¡Ay Dios, lo que provocó aquella carta! Porque no había pasado ni una semana cuando sin previo aviso se presentó en el Ayuntamiento de La Adrada un capitán de la Guardia Civil con varios miembros del Cuerpo y sin más detuvieron al Señor Alcalde, el sargento Don Bartomeu Morales, y se lo llevaron hacia Madrid, casi al mismo tiempo que Don Juan recibía una carta firmada por el Excelentísimo Señor Ministro de la Gobernación, que decía:

 

Al Caballero Medalla Individual Militar,

 Don Juan Sarramayor  y García de Cortázar

La Adrada (Ávila)

 

 

Mi querido amigo Don Juan, recibí su atenta carta y su queja. Tiene usted toda la razón, amigo mío. Porque el aval de un Caballero Medalla Militar  Individual del Glorioso Ejército Nacional es suficiente para proteger a una familia. Y las Autoridades que no lo entiendan así no son dignas de ocupar ningún puesto de responsabilidad en la España por la que hemos luchado, una España en la que podamos convivir todos y nos respetemos todos. Los españoles de todos los bandos tienen que entender que la Guerra ha terminado y que con todos los sacrificios que haya que hacer tenemos que conseguir que la Paz alcanzada sirva de marco a la convivencia de todos.

 

Y por ello he dado instrucciones concretas para que el Señor Alcalde de la Adrada sea apartado y relevado de sus funciones. Para individuos como el sargento Morales no habrá espacio posible en libertad.

 

Amigo Sarramayor, le aseguro que usted y su familia no volverán a ser molestados en lo sucesivo por ninguna Autoridad de la España de la Victoria y si así no fuese le agradecería que me lo comunicase con toda la urgencia posible.

 

Atentamente le saluda y queda a su disposición Ramón Serrano Suñer, Ministro de la Gobernación”

 

Y de su puño y letra había añadidas estas palabras:

 

Sí, amigo mío, yo también he sufrido en mis propias carnes la ferocidad de la guerra, pues como debe saber usted dos de mis hermanos, mis hermanos adorados, fueron vilmente asesinados por los rojos”.

 

Y así fue, pues a partir de ese momento nadie más importunó a Agustina y sus hijos, y menos aún a Maria Antonia, la que ya era su mujer y madre de su hija.

 

***

 

 

En septiembre de 1940 decidió  marcharse a Madrid y en cuanto llegó a casa de su abuelo (su abuela había fallecido poco antes) se matriculó en la Facultad de Farmacia y reinició sus estudios.

 

Y se llevó con él  a Maria Antonia y la niña, y a su hermana menor, una jovencita que acababa de cumplir 12 años,  y no sólo para que ayudara a su hermana sino también para que cursara al menos los estudios básicos.

 

Fueron cuatro años entregados al estudio y a la investigación. Porque entonces descubrió que su abuelo, además de regentar la farmacia que tenía en la calle de San Bernardo esquina a la Gran Vía, se pasaba horas enteras en el pequeño laboratorio que se había montado en la rebotica. Su abuelo era un incansable investigador que no se conformaba con vender medicamentos, él quería conocer todas y cada una de las fórmulas de aquellas medicinas que le llegaban. Especialmente estudió muy a fondo la fórmula de la aspirina. Pero no contento con eso también dedicaba mucho tiempo a preparar sus propias “medicinas”. Y ese fue el veneno que le transmitió a su nieto, la pasión investigadora, esa pasión que hace que el hombre se olvide y se aparte del mundo y se encierre en un laboratorio. Don Juan pasaba los días en la Universidad y las noches, incluso más que su abuelo, jugando con su microscopio, sus probetas, sus bacterias y sus plantas.

 

  • Juan, ven quiero hablar contigo –dijo el abuelo Don Tomás nada más llegar esa tarde.
  • ¿Qué pasa, abuelo?
  • Quiero explicarte por dónde voy en esta “guerra” que me traigo contra la nicotina. Creo que estoy en el buen camino, pero no me gustaría que se perdiera lo que ya llevo andado si me ocurriese algo antes de llegar al final del túnel.
  • No seas absurdo, abuelo, tú estás como un roble.
  • No te fíes de las apariencias, muchacho, voy a cumplir 85 años y esos son muchos años.
  • Pues tú me dirás.
  • Vamos a ver, comencé mis ensayos partiendo de las cualidades del salvado de trigo, aunque luego lo mezclé con el salvado de centeno, porque uno de los efectos nocivos de la nicotina es la absorción de oxígen.. Pensé que lo primero que había que hacer era contrarrestar la pérdida de oxígeno y probé con infusiones de salvado de trigo, y la verdad es que eso dio buen resultado y me animó a seguir aunque no era suficiente. Entonces al salvado le añadí un grano de hinojo, por su riqueza en vitamina c, y en calcio y potasio. Y eso también me dio un buen resultado. ... y eso casi me acerca al triunfo, pero no, el “preparado” contrarresta los efectos de la nicotina pero no acababa con ellos... y desde entonces vengo haciendo pruebas con otras plantas y nada, no lo consigo. Y en esas estoy en este momento y quiero que tú me ayudes.
  • Abuelo, creo que, ciertamente, vas por buen camino, pero creo que tenemos que dar con “alguien”, y así vamos a llamarle al desconocido que tenemos que encontrar, para que el antídoto sea totalmente eficaz. Abuelo, si encontramos a ese “alguien” habremos conseguido un milagro porque milagro sería encontrar la fórmula, incluso una vacuna, que acabe con los efectos mortales del tabaco.
  • Sí, tiene que haber “alguien” que ayude al organismo a vencer a la nicotina.
  • Abuelo, una cosa ¿y con quién has ensayado los efectos de tu “preparado”?
  • ¡Ah, hijo mío!, primero con esa amiga que ahora tienes a tus pies.
  • ¿Con “Lara”?
  • Sí, con “Lara”, “Lara” es mi conejillo de indias, una gata más lista que el hambre. A ella le inyecto la nicotina y pasado un tiempo mi “preparado”. Luego me limitó a observar.
  • ¿Y qué observas?
  • Pues, algo curioso, que cuando le inyecto la nicotina inmediatamente empieza a toser y después, cuando le inyecto mi “preparado”, casi deja de toser. Pero, no me quedé en “Lara” y he experimentado con el fumador empedernido que soy y más de lo mismo. Sin embargo, como te digo, algo falta para que el remedio sea curativo al ciento por ciento. ¡Y ese será nuestro desafio!
  • Te ayudaré, abuelo.
  • Ahora quiero hablarte de otra cosa, ¿por qué no me has hablado nunca de tu situación familiar?
  • ¿A qué te refieres, abuelo?
  • Hijo, tú sabes a qué me refiero. Son muy raras tus relaciones con tu mujer.
  • Sí, son raras, pero ya sabes cómo y por qué me casé con María Antonia...
  • Y a lo hecho pecho ¿no?
  • Pues sí. Además, tú sabes que mi verdadera mujer está aquí, entre estas cuatro paredes y estos tubos de cristal.
  • Eso es verdad, tú naciste para la investigació.. ¡como yo!
  • No te preocupes, abuelo, yo soy feliz así.
  • Sí, pero el hombre también necesita amor, el amor es la fuente de las ilusiones y las ilusiones son las que dan vida. Hijo hasta mañana, que duermas bien.

 

Sin embargo, lo más curioso de su vida durante esos años de estudios universitarios fueron las relaciones con su mujer, ya que Maria Antonia era un caso digno de estudio.  Muy pronto descubrió que era una mujer a la que no le gustaba la calle. Nunca quería salir, ni a un cine, ni a un teatro, ni a los toros (fiesta que a él le encantaba) María Antonia sólo salía para ir al mercado, pues  jamás aceptó que alguien le comprase los productos necesarios para las comidas diarias.

Tampoco era una mujer propensa a la cama, y sólo hacía el amor si a Don Juan le apetecía, fría, distante. A pesar de ello en 1943 María Antonia volvió a quedar embarazada y nueve meses justos después nació el primer hijo varón del matrimonio.

[1] Me parece redundancia. En todo caso se levantó del sofá, del sillón…