Este es el título de la pieza musical, creada en 1949, por el compositor neoyorkino fallecido en 1990, Aaron Copland y, el australiano, John Ryan, como narrador. El encargo de la composición fue hecho por el director de orquesta Eugene Gossens. Se trata de un tipo de agrupación musical que suele tocar en las calles, o en ocasiones conmemorativas. Para ello emplean instrumentos varios, de percusión (bombo, maracas, bongos, cajón…); de percusión metálicos de viento (trombón, tuba, bombardino,…); en incluso de viento madera (saxofón), amenizando de forma alegre y desenfadada, con notable fuerza y bríos sus actuaciones. De cuando en cuando, se les ve por nuestras ciudades españolas, pero más frecuentemente por Europa. Me considero un mediocre aficionado a la música, pero tengo el oído suficiente para reconocer lo que me gusta y lo que me disgusta, lo que me alegra y me entristece, lo que me anima y me abate, en fin, un hombre corriente sin especial talento. Lo que si digo es que siempre he sentido admiración por aquellos que tienen el talento y el don de la composición, la interpretación y la dirección de las obras musicales. Desde luego que jamás tendré la inspiración de Euterpe, musa de la música, y como sus otras hermanas, hija de Mnemósine y el todopoderoso Zeus. Soy por tanto un hombre común, un hombre corriente, sin genio ni ingenio creativo musical.

 

Una vez planteada esta debilidad innata, de un hombre con oreja pero sin oído, lo que si tengo son entendederas para comprender, interpretar y observar lo que ocurre en la sociedad que me ha tocado vivir. No la he podido elegir, me ha sido impuesta, pero no por ello practico el consentimiento, la indolencia y la indiferencia ante tanta fatalidad y tantísima impertinencia que nos aqueja. Soy un hombre corriente, pero no idiota y, menos aún, tonto manipulable a jornada completa.

 

¿Quién es el hombre corriente? ¿A quién se puede calificar de hombre común? ¿Cuál es la verdadera normalidad del ser humano? Para estas interrogantes sí tengo una respuesta y una argumentación razonada y reflexiva. El ciudadano de a pié, la persona normal, es la que ama la vida, disfruta de la familia, respeta a sus congéneres, se entrega a su trabajo con sacrificio y esfuerzo, se preocupa del porvenir y por el presente, la que añora sus recuerdos y a sus seres queridos, la que cultiva aficiones y aprovecha su tiempo libre de manera enriquecedora. Es la persona que siente y padece el dolor y el sufrimiento propio y ajeno, la que enferma, envejece, procrea, en definitiva, el que tiene principios, valores, creencias e ideología, al menos ése es mi parecer. Dicho esto, una duda me corroe por dentro, me planteo si lo corriente, o lo común, hoy en día, ha sido convertido en vulgar, si la mal llamada normalidad se ha desfigurado convirtiéndose en impersonalidad, anonididad o, sencillamente, en generalidad. Confieso que las conclusiones a las que he llegado son que existe normalidad anormal; que existen muchos seres humanos comunes y corrientes, pero que muchos de ellos han sido cultural, ideológica y moralmente  vulgarizados por un entorno en el que se ha instalado, con éxito abrumador, lo que estimula la chabacanería y la mediocridad más humillante para el la persona común.

 

Así pues, la mutación y transfiguración de lo corriente ha derivado hacia comportamientos, posiciones e interpretaciones del mundo, del sujeto, de las cuestiones y problemas más trascendentes y trascendentales, muy simples, ordinarias, triviales, groseras y zafias. El individuo como concepto ha suplantado al de persona, y no es lo mismo, la vida humana se interpreta de forma intrascendente; la existencia se torna materialista, hedonista y nihilista, en donde el culto al placer y el olvido del dolor inherente a nuestra condición campa a sus anchas; el individualismo destruye la convivencia y el empeño por una empresa común; donde la esencia de ser es el tener y poseer; donde la apariencia disfraza la esencia de una nada impenitente; una sociedad en la que la enfermedad y la vejez es fealdad ; un mundo en el que la manipulación impone éticas de pensamiento único; una cultura imperante e imperativa que proclama la diversidad falseada. Me vuelvo a preguntar ¿Dónde está el hombre común y corriente?

 

Las ideologías dominantes han aniquilado la genialidad, la exquisitez,  la finura, la amabilidad, la delicadeza, o la mera urbanidad. El miramiento, la verdadera corrección, la elegancia, la cortesía, o el refinamiento en todos los ámbitos sociales han sido derrocados por la ordinariez, la trivialidad y la ramplonería. El hombre común y corriente se ha convertido en un ser banal, ramplón y de la mano de algunas doctrinas emergentes,  en un hombre garrulo, basto e insustancial. Quizá mis afirmaciones puedan parecer excesivas, pero el ejercicio de la docencia durante más de treinta años, mi condición de profesor de ética y filosofía, me han aportado una experiencia y un conocimiento empírico que me empujan a plantear estas aseveraciones explícitas, contundentes, aunque no concluyentes.

 

Desde el punto de vista ético-moral, y siempre según mi juicio personal, los valores y principios emergentes –muchos derivados de un sistema educativo fallido y de la falta de formación en el ámbito familiar-, confunden igualdad con igualitarismo; libertad con libertinaje; diversidad con uniformidad; democracia con demagogia; política como servicio público con beneficio particular y partidista; Patria con país o nación; defensa de la vida con cultura de la interrupción de la existencia; valor con precio; memoria histórica con manipulación y tergiversación de la historia; concepto de persona con sujeto e individuo, restándole toda dimensión trascendente; tolerancia con permisividad, indiferente e indolente; etcétera, etcétera, etcétera. Un listado de despropósitos in misericordes de un calibre y de una talla incalificable e inmoral, por muy moral que sea el ser humano y morales sus comportamientos tan contradictorios, exitosos, avasalladores y triunfantes en el mundo actual.

 

El hombre es moral, por tanto libre de elegir pues tiene voluntad de decidir y de no estar sometido a la fuerza de los instintos. No somos animales comunes ni corrientes. Somos seres dotados de una inteligencia y una capacidad de raciocinio que nos convierten en extraordinarios, únicos y exclusivos, sencillamente, en personas excepcionales. Todos lo somos, sin distinción en potencia, si en existencia.  Dentro del género humano, el hombre ordinario es ése ser excepcional del orden natural creado. La normalidad, lo común y corriente, se ha travestido en anormalidad, rareza, deformación, excepción, por no decir anomalía, desviación y aberración, que son sinónimos, aunque los matices sean objeto de debate. La fanfarria para el hombre corriente que yo quiero dedicar al hombre común, es la dirigida a ése ser único y excepcional al que me he referido anteriormente. Debemos recuperar y redescubrir el sentido del ser humano y la dignidad que le debe acompañar.