Acostumbro desde hace ya algunos años, coincidiendo con las últimas luces del día, a pasear por el margen del río. Éste es para mi ciudad, Budapest, su sangre, su alma. Por sus azules aguas corre toda nuestra vida. Hasta allá donde puedo recordar siempre aparece su imagen en mi memoria, me es imposible que sea de otro modo; las tardes de domingo junto a mi abuelo reparando su vieja barca, los baños con mis amigos en verano, los paseos con las chicas…todo cuanto he vivido lo he compartido con él.

Mi casa, y antes la de mis padres, se encuentra situada en la calle Szalay, en la parte de Pest, por lo que os podréis hacer una ligera idea de cómo han transcurrido mis años de existencia y la estrecha relación que con el Danubio he podido tener.

Estos paseos suponen para mí la posibilidad de olvidarme de todas las pequeñas cosas por unas horas, dejar atrás la monotonía del día, abandonarme a mis pensamientos y olvidar por unos instantes que ya sólo soy un pobre viejo enfermo y cansado de todo. Normalmente sigo un itinerario, casi siempre el mismo, de un modo cuasi religioso. Bajo por mi calle, rodeo Országház y dejo que mis pies me lleven en el sentido del río por Széchenyi y Belgrad rakpart.

Cuando más me gusta caminar es a principios de otoño, cuando los árboles se desnudan desprendiéndose de sus hojas y las tardes comienzan a refrescar. Es entonces cuando el río corre más lánguida y pausadamente, y mirando el curso de sus aguas me siento transportado a algo así como a una segunda juventud. En ocasiones miro a los niños en los parques y no me cuesta tanto verme a mí mismo reflejado, jugando entre los arbustos y riendo sin aparente motivo, sin más finalidad que la risa misma.

No acierto a decir con exactitud por qué comencé con esta rutina. Tal vez el hecho de que me jubilaran de mi trabajo y la prematura muerte de mi esposa influyera en ello mucho. Sí, es muy posible que fuera así. Ahora, a esta edad, se me ha de disculpar, se me ha de disculpar que mi vida se me antoje confusa y extraña, que acudan en tropel a mi mente un montón de recuerdos sin apenas sentido alguno.

En uno de mis caminos cualesquiera, se me podrá reconocer fácilmente por mi largo y desarreglado cabello blanco y por mi paso sereno. Me place andar solo y recordar. Cuando me siento cansado me vuelvo por donde he venido y me encierro en mi pequeña casita hasta el día siguiente. Así una tarde tras otra, sin apenas nunca fallar a mi cita. Es posible que se pueda pensar que soy un viejo maniático y caprichoso, y que eso de hacer siempre lo mismo cansaría a cualquiera, pero os aseguro que en absoluto es de esta manera. Aunque todas las tardes se asemejen tanto, no significa que en cada una de ellas no vea algo distinto e interesante, que haya algo que me sugiera seguir sintiéndome vivo. Muchas cosas he aprendido de mis paseos y he conocido a tanta gente que es inútil que intente recordarlos a todos, claro está.

Permitidme que os cuente lo que hoy me ha sucedido y que, como leeréis, no dejará que nada pueda seguir siendo lo mismo.

 

Tras la cena empecé a sentir el cuerpo tan pesado que decidí iniciar mi acostumbrado paseo. Estuve barruntando algo extraño durante todo el día, era una sensación difícil de explicar, se diría que estaba convencido que hoy iba a sucederme algo especial, que de alguna forma había algo nuevo reservado para mí.

Salí de casa y, abstraído en mi pequeño mundo, me dejé llevar en la misma dirección de todos los días, pero esta vez en sentido contrario al del río. Remonté la calle Széchenyi y cruzando el primer puente, bajé los peldaños que lo unen con el parque de Margitsziget, la isla margarita, como siempre la he llamado. Cuando levanté la mirada del suelo me sorprendí a mí mismo allí sin acertar a explicarme por qué había tomado ese derrotero.

Me senté al pie de la pequeña escalinata, decidiendo encender un cigarrillo y descansar unos minutos. A aquella hora aún había unas cuantas parejas que aprovechaban la penumbra de las últimas horas del día para hablarse más dulcemente, para sentirse más cerca de lo acostumbrado y manifestarse su cariño. Permanecí unos minutos ensimismado observando aquella escena; la especial belleza de todo aquello, escuchando el rumor del agua que parecía hablarme mientras el viento mecía los enormes árboles, quedando embriagado con el olor de las flores. Sé que parece tonto, pero sentí en cierta forma que estaba allí por primera vez.

En ese momento afluyeron a mi cabeza con una claridad cristalina recuerdos de un pasado enormemente lejano, de una juventud totalmente olvidada. Recuerdos que hasta entonces me resultaban ajenos, o lo más próximo a una vida anterior. Eran acontecimientos de muchísimos años atrás, hechos que parecían ya olvidados y en los que no había reparado desde mis años de estudiante. Giré mi cabeza y en el banco que estaba a mi derecha pude ver una inscripción, casi imperceptible, labrada en su madera. Pasé mis dedos sobre las letras y pude comprobar que se trataba de algo que había escrito yo mismo hacia al menos cuarenta años. Al momento recordé todo repentinamente. Se trataba de mi apellido y el de una hermosísima joven, la cual era mi prometida por entonces, ambos entrelazados y formando una cruz del tamaño de un puño.

Debía llamar la atención el verme, yo, un viejo estrafalario en cuclillas escudriñando la madera de aquel banco. El que me observara podría pensar cualquier cosa, desde luego. Al minuto vino a sentarse a mi lado una mujer, aún joven, atractiva y extremadamente dulce y educada. Me preguntó qué era lo que estaba haciendo, y aunque intenté disimular y explicarle algo muy diferente, no pudo resultar más ridículo lo que le conté. Ella sonrió.

No sé el tiempo que permanecimos hablando sobre nosotros, sobre nuestras vidas, de un modo vago e impreciso, aunque era obvio que entre aquella mujer y yo existía una enorme empatía. De repente, llamándome por mi nombre, me cogió suavemente por el hombro y terminando de manera sucinta la historia de su vida me dijo, mirándome a los ojos, que había muerto hacía ya más de treinta años. En ese instante mismo lo comprendí todo, la venda cayó de mis ojos. Ella era aquella muchacha con la que cuarenta años atrás nos juramos amor eterno en aquel mismo lugar.