No hace mucho, por circunstancias que no vienen al caso, consulté una Biblia Scío de 1845. Una obra excelentemente editada en seis tomos –cuatro para el Antiguo Testamento y dos para el Nuevo–, ilustrada con estampas de extraordinaria calidad. Cualquiera podría suponer que un ingente número de imágenes y un gramaje alto justificaban el tamaño de la edición, o que una gruesa tipografía y generoso interlineado fueran su causa. Sin embargo, el número de estampas –16 ilustran el Antiguo Testamento y 15 el Nuevo– no era razón suficiente para explicar semejante extensión. Ésta se debía en parte a la división de cada página en dos columnas que presentan simultáneamente enfrentadas las Sagradas Escrituras en latín a la izquierda y en español la derecha. Pero también, y sobre todo, a la gran cantidad de notas al pie de texto, con aclaraciones sobre el significado original de las palabras, su contexto y fuentes de referencia, con más de doscientos autores y unas seiscientas obras citados. No en vano, este trabajo llevó al autor muchos años de su vida.

Ahora bien –se preguntará el lector–, ¿quién fue el tal Scío, autor de tan magna obra?

Felipe Scío de Riaza (1738-1796) fue hijo de Sebastián Cristiano de Scío –en alusión a la isla griega de Quíos– y de Lorenza Isabel de Riaza –localidad segoviana–, empleados en la corte de Felipe V. Con catorce años, Felipe ingresó en la orden de los Padres Escolapios y al finalizar sus estudios en 1854 tomó el nombre profeso de Felipe Scío de San Miguel. Ordenado sacerdote en 1861, viajó por Europa, visitando Italia, Francia y Alemania, permaneciendo algunos años en Roma hasta 1868.

Tras la supresión en España de la orden jesuita el 31 de marzo de 1767, los seguidores de San José de Calasanz ocuparon en gran medida el hueco dejado por los de San Ignacio de Loyola en el ámbito de la enseñanza. En dicho contexto, Felipe Scío contribuyó con una guía docente titulada El Método uniforme para las Escuelas Pías (1780). Un sistema para la enseñanza elemental que proporcionaba una instrucción o “Método que deben observar los maestros en las Escuelas de primeras letras”, dividido en capítulos o “escuelas”: “Escuela de Cartilla”, “Escuela de Deletrear”, “Escuela de Leer”, “Escuela de Escribir”, “Breves elementos de la Ortografía o recta Escritura Española, acomodados a la capacidad de los niños que aprenden a escribir”, “Escuela de Aritmética” y “Escuela de Gramática Castellana”. Además, Scío dedicaba un apartado al modo de preparar los exámenes públicos, propios de los colegios escolapios, titulado “Academia pública de Doctrina Christiana y modo de elegir al Príncipe de ella”, que nos recuerda la obra de Diego Saavedra Fajardo Idea de un Príncipe Político Christiano representada en cien empresas (1640). Y, por último, su Método para los maestros incluía un anexo de 15 láminas de muestras caligráficas.

En el mismo año 1780 en que publicó el Método, Felipe Scío recibió el encargo del rey  Carlos III de hacer una nueva edición de la Biblia, traduciendo la Vulgata al español. A sus conocimientos teológicos y filológicos sumaba Felipe el conocimiento profundo del griego, el latín y el hebreo, lo que confirmaba su idoneidad para abordar aquel trabajo. La tarea le llevaría años e, inconclusa a la muerte del monarca en 1788, la traducción se prolongaría aún dos primaveras más bajo el reinado de Carlos IV. La primera edición bilingüe en latín y castellano, iluminada con magníficas láminas en color, se publicó en 1790, pero ésta presentaba dos “problemas”. Por un lado, era tan lujosa que su precio la hizo inaccesible salvo para la clase más pudiente. Por otro, como ya le sucedió a Elio Antonio de Nebrija y a Fray Luis de León antes que a él, la poca sujeción de Felipe Scío a la Vulgata y la excesiva consideración de los textos hebreos en la traducción despertaron críticas. De modo que la segunda edición se ajustó mucho más a la Vulgata, empobreciendo notablemente las notas de la primera.

En ediciones posteriores también se buscó cómo abaratar los costes sin que la calidad se resintiera excesivamente. Razón por la cual, ya en el siglo XIX, la editorial barcelonesa A. Pons & Cía. se decidió por las estampas en blanco y negro, desestimando las imágenes en color.

En relación a la edición de 1845, en el prefacio en que el editor expresa agradecimiento al Papa Gregorio XVI por su autorización, alude también a algunas ediciones falsas de la Biblia de Scío introducidas en España: “[…] cuando los emisarios de la Sociedad bíblica de Londres derramaron por España, y muy particularmente en Barcelona, a precios ínfimos, millares de ejemplares de traducciones alteradas y mutiladas a guisa de su secta, y que llamaban a su frente el nombre respetable de aquel autor, para mejor seducir a los incautos”.

A este respecto, merece recordarse que en la segunda mitad del siglo XIX hubo un esfuerzo notable por parte de los protestantes por penetrar en los países católicos. Un  período que fue la edad dorada de las logias y en el que su influencia se extendió a todos los ámbitos, precisamente, a través de la propaganda, incidiendo en la captación de las elites a través de ediciones muy cuidadas. Pues si ya el británico Thomas Macklin (1752-1800) financió una ambiciosa gran Biblia ilustrada en 1789 para promover "la gloria de la escuela inglesa de pintura y grabado y los intereses de nuestra Santa Religión", la edición por él encargada a Thomas Bensley y publicada en 1800 fue encuadernada por John Lovejoy (1749-1818), conocido por sus excelentes encuadernaciones masónicas. No olvidemos tampoco que en aquel siglo se publicaron varias ediciones masónicas de la Biblia –las editadas por Collins desde 1819 o por John Hertel tuvieron entonces su máxima difusión–, y al promulgarse en España la libertad de cultos en 1869, se abrieron las puertas a los predicadores evangélicos. A finales de siglo ya se habían puesto las primeras piedras de la que sería Iglesia anglicana de San Jorge en Madrid con la inestimable participación de la mencionada Sociedad Bíblica británica. Y en 1897 el pastor alemán Federico Fliedner (1845-1901) inauguraba también en Madrid el colegio El Porvenir con el respaldo de los Comités suizo y alemán de Apoyo a la Obra Evangélica. Por cierto, destacados masones en España fueron los editores barceloneses Montaner y Simón, responsables, por ejemplo, de la edición de 1887-1890 de la Historia General de España de Modesto Lafuente (1850-1867) continuada por Juan Valera, así como de la revista La Ilustración Artística (1882-1916).

Respecto a los grabados que ilustran las páginas de la Biblia Scío de 1845, cabe hacer dos aclaraciones: En primer lugar, acerca de la procedencia extranjera de sus autores, que tal vez extrañe al lector español. Las escenas recogidas tuvieron como modelos las pinturas de artistas clásicos como Carracci, Ribera, Murillo, Rubens, Rembrandt o Van Dyck, junto a un buen número de franceses como Nicolas Poussin (1594-1665); Philippe de Champaigne (1602-1674) –conocido por sus temas piadosos–; Charles Lebrun (1619-1690); François-Hubert Drouais (1727-1775); Antonine-Jean Gros (1771-1835); Horace Vernet (1789-1863); o Jean Louis Ernest Meissonier (1815-1891). Y los grabadores responsables de la reproducción al aguafuerte de las pinturas realizadas por los artistas anteriormente citados fueron también, casi en su totalidad, franceses.

Este predominio de grabadores galos se debió exclusivamente a una razón económica, destinada a lograr una mayor difusión. Con la finalidad, en definitiva, de divulgar una edición de gran calidad y a la vez competitiva y asequible. De lo que no debe extraerse, por tanto, la conclusión errónea de que no hubiera grabadores españoles, sino de que los grabados escogidos eran mucho más baratos al haber sido publicados con anterioridad. ¿Y dónde se habían publicado? Pues, por ejemplo, en la Santa Biblia editada en 1819 en París por Théodore Desoër (1788-1823). Lo cual, a su vez, nos obliga a desmentir la idea de que la Biblia de Felipe Scío fuera una traducción al español de La Sainte Bible de 1819 en ocho volúmenes, que a su vez eran reedición de una Biblia publicada en Colonia en 1739, traducción de la Vulgata del teólogo jansenista francés Nicolás Le Gros (1675-1751). Porque, al contrario de la Scío, en latín y español, la de Colonia está escrita íntegramente en francés. Y, además, la profundidad y minuciosidad de las notas de Felipe Scío son mucho mayores que las de Le Gros.

Por último, aunque sí podría hallarse una mayor proximidad entre la traducción de Felipe Scío y la realizada en latín y francés por el gran referente galo en este campo, el Padre Louis de Carrières (1662-1717), –reeditada en numerosas ocasiones en Francia a lo largo del siglo XIX–, no cabe atribuir vinculación o dependencia entre ambas, siendo cada una hija del  minucioso trabajo de su autor, por completo independiente.

Dando fin a estas líneas temo haberme extendido en demasía en cuestiones que posiblemente no interesen al lector, pero puede que algunos de los aspectos señalados o relaciones establecidas sí despierten su curiosidad. En todo caso, no está de más llamar la atención sobre una gran obra que, en definitiva, forma parte de nuestra Historia.