PARECE como si la más triste característica de los gobiernos centristas que vamos padeciendo, fuera su proclividad a las actitudes indignas, su total falta de gallardía, su entreguismo y su inagotable capacidad de aguante, frente a las más desairadas situaciones. Si bien es cierto que, en política, es muchas veces preciso (y hasta recomendable) dominar el amor propio y hasta aparentar cierto cinismo, no lo es menos que semejantes servidumbres del arriesgado oficio de gobernar, como muchas otras, se justifican por la atención al bien común. Lo que carece de todo sentido es degradarse, perder los mínimos de decoro, descender a las más ruines bajezas, sin lograr con ello ninguna contraprestación suficiente.

 

Los penosos años de desgobierno del señor Suárez, conocieron una inacabable ristra de actitudes vergonzantes, de entreguismos, de claudicaciones y debilidades. Puede decirse que don Adolfo se especializó en las bajadas de pantalones, que es como suelen definirse en Castilla tan bochornosas posturas. Unas posturas mantenidas por el señor Duque, con la sola y única obsesión de mantener a ultranza su poltrona de Jefe de Gobierno. Para ello, no vaciló en humillarse ante comunistas, socialistas y separatistas y fue absurdamente generoso en sus concesiones a unos y otros. La inestabilidad de su partido, falsamente mayoritario en el poder, le obligó muchas veces a urdir semejantes trapicheos, para apuntalar las votaciones decisivas. En otras ocasiones, se trataba de contemporizar, en evitación de críticas, ataques o denuncias frontales. Con todo ello, el período presidencial de Suárez ha quedado marcado ya en la historia contemporánea con los peores estigmas de la indignidad.

 

Otros vendrán que buenos nos harán, podrá argumentar ahora el Orgullo de Cebreros. Entre una lamentable fanfarria aduladora, cínicamente orquestada por la prensa del unte, don Leopoldo acaba de rendir la última posición que el viejo y tan celebrado orgullo español mantenía en sus relaciones internacionales. La decisión de abrir la verja de Gibraltar, sin nada a cambio (las supuestas contraprestaciones inmediatas no resisten el más elemental análisis) ha provocado la indignación de los ciudadanos honorables (que son casi todos), en la misma medida en que habrá desatado las carcajadas de los súbditos de Su Graciosa Majestad Británica. Ha sido una bajada de pantalones en toda regla, apoteósica, bochornosa, ridícula e inoportuna. Una nueva demostración de la total falta de talla de estos aprendices de políticos que padecemos.

 

El inacabable contencioso de Gibraltar era el único punto de coincidencia de los políticos españoles de todos los tiempos, fuesen cuales fuesen sus ideologías. En la vergüenza del expolio y en la ineludible necesidad del rescate del Peñón, coincidieron Indalecio Prieto y José Antonio Primo de Rivera, José Calvo Sotelo y Francisco Largo Caballero, Manuel Azaña y Francisco Franco. A ninguno de ellos se le ocurría matizar sobre las ventajas o los inconvenientes materiales que el mantenimiento de la reivindicación tenía o dejaba de tener, a medida que los años iban pasando. Todos planteaban el sangrante tema desde un punto de vista moral; con sagrado orgullo español, con hermosa rebeldía de patriotas. Bien puede decirse que la drástica decisión de Fernando María Castiella, de cerrar la verja y extremar al máximo legal todas las incomodidades para el Gibraltar británico, fue aplaudida y suscrita por la inmensa mayoría de los españoles.

 

Pero la serenidad de nuestra política exterior de entonces, aquel hermoso desdén hacia las afrentas estúpidas, la firmeza en las actitudes, la valoración de los elementos morales y la constante exaltación de la dignidad nacional, que fueron las líneas maestras del Ministerio de Estado (o de Asuntos Exteriores) a todo lo largo del franquismo, se han convertido hoy en una sumisa condescendencia, en un entreguismo lamentable, en una postura cobarde y ruborosa. Las tragaderas del señor Pérez-Llorca resultan infinitas; y así, asistimos a toda clase de desmanes contra nuestros camioneros; de secuestros y sanciones, muchas veces injustas, a nuestros pesqueros; de desaires reiterados en materia de extradiciones; de auténticos desprecios, bofetones sonoros, en las vergonzantes y pedigüeñas expediciones, llamando infructuosamente a las puertas del Mercado Común. El señor Ministro parece inasequible a tanta afrenta; está acorazado y no se inmuta.

 

Lo cual sería cuestión de su exclusiva competencia, si no estuviera representando a España, si no estuviera aguantando, en nombre de España, tanta iniquidad, nunca respondida. Esto es lo grave; que la imagen española en el exterior ha perdido aquel aura de gallardía, aquel prestigio que, incluso en los peores momentos de la nación, le hacía especialmente respetable. Lo cual se comprueba fácilmente, apenas pasa uno la frontera. Porque las carantoñas, los elogios de boquilla y los brindis al final de los banquetes oficiales no pueden servir de consuelo a tanto escupitajo como, a la hora de la verdad, estamos recibiendo desde todas partes.

 

Acabamos de bajarnos los pantalones frente a la Gran Bretaña. Nos los bajamos hace ya mucho con Francia. Hasta con Argelia, hasta con Marruecos. Gracias a tan insensata política de indignidad, nos están dejando incluso sin el consuelo de presumir de nuestro bendito orgullo patrio. Que Dios les perdone; sólo Él, que es infinito en Su bondad, puede hacerlo.

 

(Heraldo Español Nº 83, 20 al 26 de enero de 1982)

VIZCAÍNO CASAS