Hace apenas un mes, el 17 de junio de 2021, la ministra de Educación Isabel Celaá concedió una entrevista al programa matinal de Televisión Española titulado La Hora de la 1. En él afirmaba: "España abusa de la repetición escolar […] La repetición es una malísima medida tanto para el alumno, como para el sistema". Ni corta ni perezosa, haciendo gala del más absoluto descaro, la responsable de la LOMLOE llegaba a decir que pasar de curso con dos materias suspensas en todos los niveles era “exigir más”. Es decir, puro Orwell: la mentira es la verdad; la guerra es la paz, aprobar sin esfuerzo es exigir más.

Con la nueva ley, la decisión de aprobar a un chaval con tres, cuatro o cinco suspensos, reduciéndolos a dos ya no dependerá “sólo” de su calificación –de datos objetivos evaluados por el profesor de la asignatura– sino que decidirá una “junta de evaluación”. ¿Y qué significará eso en la práctica? Que la “junta de evaluación” hará todo lo posible por quitarse de en medio al mal alumno cuanto antes, pasándole de curso, y que el “fracaso escolar” se reducirá artificialmente mediante la extensión indiscriminada del título de graduado, ya sin valor alguno.

Bien es cierto que no puede sorprendernos que una trilera profesional haga uso de las argucias más viles y rastreras, como tergiversar la cuestión mediante un sofisma: “No por más suspender, y suspender hasta el 30%, un centro no es de mayor calidad que otro, o un profesor es de mayor calidad que otro. No, no. La pedagogía no dice eso”.

Al fin y al cabo, da pena ver a una pobre ignorante balbucear torpemente sus “ideícas” con enorme dificultad. Pero lo que sí debería extrañarnos es que ninguno de los cinco periodistas allí reunidos denunciara o siquiera discutiese la falsedad del burdo silogismo esgrimido por la embalsamada ministra para salir del paso. Incluso tratándose de la típica “entrevista masaje” a los miembros del Gobierno en un medio de propaganda pagado por todos los españoles, al menos alguno podría haber enunciado alguna pregunta incómoda. Por disimular un poco, vaya. Porque lo cierto es que es difícil de justificar la utilidad pública de un programa dirigido por una activista fanática –la señora del tiempo Mónica López–, y secundada por un atajo de palmeros encabezados por el obtuso unicejo de Prisa (El País) Carlos Cue, y el vermicular oportunista de Unidad Editorial (El Mundo) Joaquín Manso. En fin, que cuesta creer que por los 200 euros de media que recibe cada tertuliano, compense pisotear la profesión y denigrarse a uno mismo en público, a no ser que se esté muy convencido –véase el primero– o no se tengan escrúpulos –véase el segundo–.

Lo cierto es que ese es el panorama en el que nos movemos, y no queda otra que asumir la complicidad del Gobierno y la inmensa mayoría de los medios de comunicación, tanto públicos como privados, al fin y al cabo, todos subvencionados.

Pero vayamos más allá, volviendo a la entrevista que daba pie a estas líneas. Remataba la momia proterva su entrevista repitiendo el mantra popularizado en los últimos años, y más aún a raíz de la pandemia: “La digitalización es una palanca de transformación de primera magnitud”. Y es aquí donde convergen el resto de actores que faltaban en la siniestra confabulación que pretende convertir definitivamente a las nuevas generaciones en marionetas descerebradas sin futuro. Estos actores son dos: el presunto partido de la oposición conocido como PP –Partido Pa’ayudar a los enemigos de la Nación– y la Comisión Europea y sus Fondos Sociales para la Educación. ¿Y por qué esta reflexión? Porque los Fondos Sociales Europeos para la Educación están destinados a la implantación en las aulas de la Agenda 2030. Que para el que no lo sepa todavía es la coartada arcoiris para un mundo globalizado en el que millones de individuos sin nación que les ampare quedarán a merced de un capitalismo sin frenos. Y como todos sabemos que quien paga manda, la aceptación de estos fondos sin objeción por el PP, certifican la complicidad de ambos en el mismo objetivo. ¿Acaso no lo creen? Pues para muestra un botón. O mejor, varios botones en forma de cursillos programados por la Comunidad de Madrid para este mismo curso académico, dirigidos a la implementación de la Agenda 2030 en los colegios e institutos de la región. ¡Sí!, la Comunidad de Madrid, la tierra de la libertad salvada por Ayuso, en la que todavía confían los ingenuos que la votaron. Reproduzco brevemente los títulos de las actividades mencionadas y sus objetivos, publicados por la propia Consejería de Educación:

- “La agenda 2030 y su implementación en los centros educativos”, con el objetivo declarado de “facilitar la incorporación de los objetivos de desarrollo sostenible de la agenda 2030 en los centros educativos”.

- “Recursos para abordar la educación hacia la sostenibilidad en el aula”, que anuncia que “el objetivo del curso es introducir los indicadores de la Agenda 2030 en la programación de aula y relacionar e identificar los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) en el currículo”. Y que incluye, por ejemplo, la propaganda de la propia actividad como contenido: “Las Redes Sociales como medio de difusión. Estrategias para diseñar campañas informativas y conmemorativas”. Vamos, que cuando todos pensábamos que la prohibición de los móviles en clase perseguía evitar la distracción de los alumnos, ahora resulta que con fondos europeos se fomenta el uso de las redes sociales entre los profesores y los estudiantes.

- “La sostenibilidad en clave educativa: la escuela sostenible” es otro cursillo que confiesa su pretensión de cambiar la sociedad. En su enunciado se lee: “La UNESCO tiene como objetivo mejorar el acceso a una educación sobre el desarrollo sostenible de calidad a todos los niveles y en todos los contextos sociales, para transformar la sociedad al reorientar la educación”.

“Transformar la educación”, “innovación para transformar la enseñanza”, “gestión del cambio”, “nuevas metodologías para una nueva educación” y otras similares son expresiones que se han hecho comunes en el ámbito educativo de un tiempo a esta parte.

Todas ellas promovidas desde las especialidades que copan la administración educativa a todos los niveles: profesores TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación), pedagogos, psicólogos (orientadores) y profesores de inglés. Con honrosas excepciones, casi ninguno de los que integran estos cuerpos han leído un libro completo y sin viñetas desde que aprobaron la oposición; y algunos en toda su vida.

Si pones un macaco a los mandos de un avión, lo normal es que se estrelle. Pero la culpa no es del mono, sino de quien lo puso al cargo.