¡Qué felicidad!

A Mallorca vinieron a verme

mis hermanas y mamá.

El jueves 24 de junio

por la tarde llegaron las cuatro:

mamá y Samanta desde La Coruña,

desde Madrid Pilar

e Isabel desde Bruselas.

En el Hotel Tropical, aquí en El Arenal,

al ladito de mi casa se instalaron

en primera línea de mar.

Esa tarde la pasamos

en la orilla tumbados

dándonos gozosos baños

hasta la puesta del sol,

con el cual nos retratamos

cuando en la Tramuntana se hundió.

En el chiringuito Bon Vent

en el paseo de la playa cenamos

por palmeras arropados

y una hermosa luna llena

que rielaba en el mar

como dijo mamá

con verso de Espronceda.

El viernes nos fuimos de excursión

a Cala S’Amarador,

espejo de agua turquesa

coronado por la fronda

a su alrededor.

Bordeando un lateral

por un camino saliente

que Isabel “la muralla china”

con gracia lo bautizó

llegamos a la vecina

Cala Mondragó.

Esa noche cenamos

en Palma en Can’ Eduardo

con el panorama extraordinario

del puerto y la Catedral,

comiendo marisco y brindando

por su majestad el Spanish King,

es decir por papá,

que con nosotros no estaba

por su agenda laboral.

El sábado por la mañana

bajamos de nuevo a Palma

a pasear por la ciudad

con punto de partida

cómo no en la Catedral

y de Palma a Puerto Portals,

donde pasamos el día

en su playa que es de las playas

de esta isla nuestro portal.

Gente guapa desfilando

por la arena como en pasarela

en un entorno ideal.

De vuelta en el hotel

a su azotea subimos

a ver el atardecer,

haciéndonos unas fotos

que imágenes sacadas

de un sueño parecen ser.

Y ya de despedida

cenamos en Palma en el Tast,

impregnada el alma mía

de una azul melancolía

por el tiempo feliz que se va.

Al día siguiente volaron

mis hermanas y mamá.