LOS tiempos no están para ideales. A no ser que consideremos como tales el afán de lucro, las ansias de medrar, el incontenible erotismo del poder. Pero los ideales auténticos, ésos que difícilmente se materializan, que casi siempre terminan en desengaños, aunque nos dejan una profunda satisfacción interior, que nos permite enorgullecernos de nuestro mismo fracaso, han pasado a la historia. Casi, también, los clásicos y me permito decir que inmutables ideales, por lo que a lo largo de los siglos lucharon y murieron los hombres cabales: la Fe, la Patria, el Amor...

(Si algún pasota al uso llega a leer estas líneas, que confío en que no, se estará tronchando de risa. A ver, mucho, montar un cirio por semejantes gilipolleces... ¡Menudo rollo macabeo! El pasota le dará una chupada al porro, echará a caminar con indolencia y será incapaz de entender las lamentaciones de este carroza, servidor que viste y calza).

Pero servidor que viste y calza, ha sentido un cierto asco y, por descontado, una profunda amargura, ante las cosas escritas y dichas por muchos ilustres comentaristas de la actualidad política, algunos, incluso, con cierta fama de escritores notables, a propósito de las desdichadas concesiones hechas por el señor presidente del Gobierno y su experto en Diplomacia, (a) Zorro Plateado, en el tema de Gibraltar. No me refiero a los elogios a eso que han llamado su acertada gestión, porque comprendo que hay que servir a quien paga, cuando no se tienen arrestos (o categoría) para liberarse de tan incómodas dependencias. Lo increíble, lo repugnante, ha sido para mí que, metidos en el tobogán de la adulación y las justificaciones, no han faltado quienes hablaron de la sangrante reivindicación del Peñón como falsa explotación patriótica o como tópico de los ultras y otras cuantas sandeces de similar signo.

Que Dios les perdone. Yo no sé (ni me importa) si Gibraltar tiene o ha dejado de tener el decisivo valor estratégico de otros tiempos. Ignoro asimismo (y no deseo enterarme) si para el comercio de San Roque es bueno o malo que se abra la dichosa verja. Desconozco, finalmente, las conexiones que estas medidas decididas por el Gobierno puedan tener con la cercana anexión al Pacto del Atlántico y con el siempre lejano y problemático acceso al Mercado Común. Para mí Gibraltar no es tema que deba valorarse con frío pragmatismo; es una cuestión de honor. E insisto, a despecho de las sonrisitas irónicas que pueda provocar en más de un español del momento: un problema sentimental, de amor propio herido, de orgullo nacional maltratado durante años y años.

Bien es verdad que yo pertenezco (gracias a Dios) a una generación tan hermosa como absurda: la de los años cuarenta, la generación-puente, la generación frustrada, la generación perdida, la generación sacrificada. Bien; la generación gracias a cuyo sacrificio, entregado alegremente a unos ideales que quizás no lo merecieron, consiguió España despegar de la miseria, codearse con los países importantes del mundo y recobrar su categoría de nación prioritaria. ¡Lástima que, al final, casi todo se haya diluido en la actual fragmentación de este país!

Como miembro orgulloso de esa generación, me echaba a la calle en mis años adolescentes, pidiendo a voces un Gibraltar español. Quizás fuese candidez; quizás, inconsciencia. Pero, en todo caso, pienso que entre aquellas ardorosas manifestaciones y éstas de ahora, en las que se reclama el derecho al aborto, se desata la lucha de clases o se magnifica el adulterio, existen muy sensibles diferencias. A favor nuestro, claro está. A favor de una juventud ilusionada, que aprendió en los campamentos a querer a su Patria y a trabajar por ella, con estilo ardiente y combati­vo. ¿Retóricas inútiles? Creo que no. Lo que hicimos, ahí quedó. Lo que hacen ahora quienes desprecian aquel modo de ser, también está a la vista. Mire y compare el imparcial espectador.

Porque me eduqué así y entonces, no me valen las reflexiones pretendidamente pragmáticas ni los planteamientos temporales: eran otros tiempos... La sociedad actual exige distinta óptica... Hasta la Iglesia se ha desmitificado... No se puede plantear el tema de España con exclusivismo... ¡Cuentos tártaros! Para mí (para los de mi generación) sigue habiendo y siempre habrá valores eternos, verdades inmutables, principios insobornables. Cambia, naturalmente, el aspecto formal de todas las cosas: hasta de ésas. Pero permanece lo sustancial, que no es nunca contingente.

La realidad es otra. La realidad es que el consumismo (del que somos primeros responsables, también hay que decirlo) introdujo la comodidad, la inhibición ante los deberes colectivos, el rechazo de todo sacrificio. Llegaron después las propagandas del marxismo (tan antiguas como él mismo) e incitaron a ese abandono de los principios, a través de métodos clásicos y siempre eficaces: la droga, la pornografía, la incierta libertad de expresión, el ataque contumaz a la familia y a la religión... Toleradas, cuando no azuzadas, esas campañas encontraron terreno abonado en una generación propicia al rechazo de cuanto suponga incomodidad y servicio, a la vez que entusiasta del puro disfrute material. Entonces para ellas, lo de Gibraltar es una pérdida de tiempo. Lo del honor nacional afrentado, un tópico ultra. Lo de limitar al Sur con una vergüenza, palabrería decadente.

He leído estas cosas, las he escuchado, con dolorosa perplejidad, con infinita amargura. No me siento ya capaz, siquiera, de intentar recordarles a estos pobres hombres o a estos enormes canallas, que hasta Julián, el proletario de La verbena de la Paloma, representante del pueblo de Madrid, presumía sobre todo de pundonor y lo que hay que tener...

 

VIZCAÍNO CASAS en el Heraldo Español Nº 84, 27 de enero al 2 de febrero de 1982