Su libro titulado “¡Gracias al Conciliábulo!: Escritos Sedevacantistas” (ed. Voce, Zaragoza, 2022), entre otros análisis teológicos, resume la actual crisis eclesiástica, que el mundo católico padece desde ese llamado “Concilio Pastoral” –Vaticano II-,  que llamativamente y tras 20 siglos de historia católica, no ha sido dogmático y por eso, al decir del Papa que lo convocó (Juan XXIII):

“No iba a obligar a nadie en conciencia, porque no iba a definir nada, ni iba a condenar nada”.

Consecuentemente, lo que dijo de bueno (para eso no hacía falta un nuevo Concilio), no es nuevo y lo que dijo de nuevo…no es bueno. (El misterio inconfesable, está servido).

Estas contradicciones vaticanistas, las resume muy bien este libro de 139 páginas, chispeantes de pedagogía filosófica-teológica.

Una persona políglota, muy bien formada en doctrina católica, y con valor de poner el dedo en la llaga de lo que duele actualmente en esta “gran Tribulación”, o “El misterio de la iniquidad” (Tes. 2), de la que nos profetizó San Pablo, y que el tercer Secreto de Fátima nos advirtió, y que estamos padeciendo en esta cuesta abajo, con evaporación de la fe en tantos católicos, y con tanta perplejidad en materias doctrinales.

Que estamos en un “sedevacantismo vaticanista” es evidente; una jerarquía acéfala y anárquica (ocupada en hablar de todo lo temporal y pedir perdones por supuestas faltas de quienes ya no tienen voz para defenderse), solo nos obliga a seguir fieles a la doctrina dogmática y tradicional de siglos.

Todo lo que se aparte de esa pureza doctrinal, no puede ser obedecido.

Para ejercer la virtud ordinal de la obediencia, primero hay que saber mandar.

Lo contrario sería hacernos cómplices de lo mal ordenado.

Y esto es lo que hizo el valiente y gran teólogo Monseñor Lefebvre: zancadillear los errores modernistas del Vaticano II, sin negar la legitimidad papal y por tanto, defender la pureza doctrinal secular y ya incontestable de los Concilios Ecuménicos, dogmáticos y defensores de la eterna Verdad revelada en la Sagrada Escritura y en la Tradicción oral apostólica (los dos cauces de la única Revelación  divina).

El único punto ambiguo o mal explicado de este autor, don Patricio Shaw, ha sido lo que escribió: “Monseñor Lefebvre y sucesores, se enfrentaron contra lo que tenían por la verdadera Iglesia y esto, constituye un Cisma, al menos intencional y subjetivo”.

¡NO, señor Shaw! Monseñor se limitó a defender a la única Iglesia fundada por Jesucristo, y esto, no se presta a subjetivismos.

Por eso no hubo ninguna clase de Cisma, al no haberse apartado delo reconocimiento de la legítima autoridad, sino de haberle llamado la atención por sus infidelidades doctrinales, como San Pablo llamó la atención a San Pedro (aunque fuese una cuestión de cobardía autoritaria).

Y esto,  lo que demuestra, es el verdadero  amor a la Verdad eterna.

Monseñor Lefebvre usó la autoridad del  orden que le confería su cargo episcopal, pero no la autoridad de jurisdicción, que le hubiese declarado rebelde cismático.

Transmitió el sacerdocio auténtico, nada más.

Por eso fue false la excomunión que Juan Pablo II le hizo y solo así, Benedicto XVI se la levantó años después de la muerte de Monseñor.

La desobediencia justificada, no es objeto de excomunión.

Hay un canon, llamado “Del estado de necesidad”, que exime de culpa a quien desobedece lo herético y trata de componer lo ortodoxo.

Los fieles a la Santa Tradicción, estamos con Monseñor, y su Hermandad San Pio X.

Por eso sus Seminarios en cinco continentes, siguen dando providenciales vocaciones al sacerdocio, predicando la misma y eterna Verdad salvífica.

Por sus obras les conoceréis.

Lo verdadero, es eternamente nuevo.