Final del Mundial Italia ´90. 8 de julio. Estadio Olímpico de Roma. Se repite la final mexicana de cuatro años antes. En lastimoso encuentro, la Alemania dirigida por Franz Beckenbauer gana 1 a 0, gracias a un gol de penalty (que no pudo detener, en esta ocasión, el arquero "salvador" Sergio Goycochea). Los germanos se transforman en campeones mundiales por tercera vez en su historia.

Orgullo de ser argentino

El protocolo de siempre. Antes de iniciarse el duelo, equipos alineados en el campo, himnos nacionales interpretados. Cuando se escucha el albiceleste, estruendosa pitada. Mientras los jugadores argentinos intentaban recitar la letra de la cautivadora tonada - Oíd mortales, el grito sagrado Libertad, Libertad, Libertad - el cámara iba encuadrando a cada uno de los futbolistas. Y se posa en Diego: “¡Hijos de puta, hijos de puta!”.

Y en su libro autobiográfico Yo soy el Diego nos ilumina. “Cuando salimos sentí una silbatina como pocas veces en mi carrera. Nos reventaban los oídos, pero a mí no se movía un pelo, al contrario: me daba más fuerza. Durante el himno, que casi no se escuchó por el abucheo de los italianos, traté de mantener la frente bien arriba y recorría la gente con la mirada"

Orgullo. Frente bien alta, mirada clavada en los ojos. Y el glorioso hijos de puta repetido en dos ocasiones. Seis memorables palabras contra los tifosos italianos, más picados que un condón de pela. Las causa, sencilla de colegir. La albiceleste había sido el verdugo de la Squadra Azzurra en las semifinales disputadas en Nápoles, ciudad donde Diego sobrevenía Dios.

¿Orgullo de ser español?

Y la pregunta del millón. Cuando han humillado nuestro himno nacional en innumerables finales de la Copa Rey Elefantito (o de su emérito progenitor), ¿ningún español osa defenderlo? Pues parece que no.

Y recuerden a todo un masonazo, Emmanuel Macrón. Suspensión automática del partido en caso de humillar un símbolo nacional. En desacuerdo con el presidente gabacho. Eso sí, como te cisques en La Marcha Real, yo me acuerdo de tu santísima madre. O doy fuego a la ikurriña o a la señera, esos dos falsarios trapos culeros. De puta a puta, taconazo. En fin.