Noche de primavera de joven andadura; noche de abril, serena, mágica; noche cálida con suaves matices olorosos de flores que estallan, como carcasa de fuegos artificiales, deslizándose por las esquinas de las viejas callejuelas, estrechas y poco iluminadas. Noche de Jueves Santo, pórtico de un amanecer distinto, oscuro, cargado de tristeza, de dolor, de malos presagios...

A lo lejos se escucha, vago, perdido, como un eco indeseable, el redoble cadencioso y lento de un tambor quizás destemplado. La gente, en silencio, se va agolpando en las aceras, en los cruces de las calles iluminadas con mortecinos tonos de luz amarillenta. Niños con rostros sobrecogidos, soñolientos; ancianos con facciones gastadas, surcadas por la indeleble marca del tiempo que pasa; mujeres con manos temblorosas, cubiertas sus cabezas con negros pañuelos que evocan el recuerdo de la muerte. Todos aguardan, con dramática tensión, el paso del cortejo procesional.

Golpe a golpe, redoble a redoble, los tambores van surgiendo de la lejanía, haciéndose cada vez más dueños, más señores de la noche que se oculta tras su propio manto negro, escondiendo su rostro de mujer entre sombras inquietantes.

De repente, como de la nada, un agudo sonido de clarín rasga el nocturno abrileño deslizándose, a caballo de la brisa, por entre las esquinas. Un gemido de dolor, de angustia, de profunda amargura, hecho eco entre las piedras de las murallas medievales que pone un nudo en la garganta impidiendo tragar saliva.

Una cruz y dos ciriales abren el desfile procesional proyectando sus avisadoras siluetas, irreales, fantásticas, sobre las losas humedecidas por el rocío nocturno. Hombres encapuchados, con los rostros cubiertos de un negro que traslada el tiempo a otro jamás vivido, portando enormes cirios que, en su crepitar, reflejan sombras fantasmales, mágicas, sobre las lunas de los escaparates apagados, silenciosos, vacíos, inundando el ambiente con un fuerte y pegadizo olor a cera quemada.

El silencio es el principal protagonista en esta noche de primavera de poca andadura, recién estrenada.

Ante las gentes, que se agolpan en las aceras, desfilan, con lentitud parsimoniosa, largas filas de cofrades vestidos con hábitos de diferentes tonos, negros, azules, verdes, blancos, propios de cada Hermandad; con los rostros cubiertos por altos capirotes adornados de cruces de oro y plata. Pies desnudos se deslizan por las frías losas de gastada piedra secular. Enormes cruces de madera discurren, arañando el empedrado, portadas por hombros doloridos, heridos por la exigencia de una vieja promesa, por la renovación de la esperanza, de la fe.

Poco a poco, los tambores se van acercando, se van haciendo más presentes, rompiendo los últimos silencios de la noche profunda y oscura que parece querer huir entre sus propias sombras. Una exclamación de infantil asombro surge de un balcón lleno de niños absortos en la contemplación de milenario drama. Las cruces de metal golpean el suelo marcando el ritmo lúgubre de la marcha; aquí la ansiada parada; allá el reinicio del lento discurrir camino del Calvario. En una esquina, oculta bajo el dintel de la puerta de un vetusto caserón, una mujer rubia, de pelo lacio, con acento de una tierra lejana, ajena quizás al dramatismo del momento, dispara un par de veces el flash de su cámara, atravesando el alma de la noche como un rayo en atardecer invernal de espantosa tormenta.

El silencio todo lo puede, la mística del instante hace encoger el corazón; nadie habla, tal vez en voz baja alguien deje escapar tan solo siete palabras. ¡Todo está consumado! Una ráfaga de viento frío golpea el rostro, hiriéndolo, como las pesadas madejas de lana pican las espaldas de los disciplinantes en la dramática celebración de una Semana Mayor perdida en el tiempo, en los recuerdos; luego, sin querer detenerse ni un solo instante, huye deslizándose entre recónditos claustros, perdiéndose entre las callejas solitarias y mal iluminadas, dejando tras de sí un escalofrío que encoje el alma.

Al fondo, tras una esquina, se advierte el sonido acompasado de unas andas al moverse, al golpear al mismo ritmo las losas de piedra de la calle humedecida por la cera derretida. La gente levanta lentamente su rostro y con un rictus de angustia, de tristeza, nacido de lo más profundo del alma, miran los ojos cansados, doloridos, sobrecogedores, llenos de ternura, dibujados de ansias de perdón, del Cristo atado a la Columna que, a hombros de costaleros sin nombre, desfila por las calles estrechas, silentes, tenuemente iluminadas, de la vieja ciudad en la noche primaveral de Jueves Santo.

Lentamente el Paso va cruzando ante las atónitas miradas de los hombres y mujeres que llenan las calles para revivir el momento más trágico de la Historia. Una sensación de dramatismo sin límites se adueña del ambiente. Un niño comienza a llorar asustado, sin duda, por el instante que esta viviendo y que no acierta a comprender. Se palpa el dolor, la amargura secular, entre las gentes; en sus rostros, que desde siempre han presenciado la repetición de estas mismas imágenes, se advierte una mueca de complicidad, de culpabilidad a veces mal disimulada. Una anciana se santigua; un joven baja levemente la cabeza; uno de los niños del balcón deja escapar un suspiro agudo, penetrante, evocador. El alma se encoge, la angustia del momento embarga a unos y otros; los corazones parecen querer dar un vuelco en sus cavidades.

El Paso se ha detenido, los costaleros descansan la dolorosa carga. El trono, de madera tallada, se adorna con una alfombra de rojas flores que aroman la noche, perfumando las sombras; con crepitantes velas que producen un efecto fantasmal al reflejar sus lenguas, dibujando en la penumbra miles de inquietantes espectros. En lo alto, la imagen tallada de Nuestro Señor, hermosa, patética, desgarradora, aguarda serena, piadosa, mirando al infinito, que el desfile continúe su marcha.

Un niño mira su atormentado rostro con ojos de infinita ternura; una mujer inicia una plegaria en silencio. Un golpe de vara, todos preparados, la atención centrada en el momento bajo las andas de madera; otro golpe seco, el Paso arriba, al cielo de la noche abrileña, a hombros de anónimos costaleros, heridos, amoratados, al borde de estallar en sangre, cargando sobre sus espaldas la pasión y muerte de Cristo. La imagen se estremece. Un golpe más, todavía más seco, y el trono continúa su marcha, su discurrir lento y cadencioso por las calles, buscando el regreso a su morada, la vuelta al templo del que salió horas antes y donde permanecerá hasta que la vida dé una vuelta completa al ciclo anual.

Los últimos ecos de los tambores se pierden entre las esquinas, las postreras notas de los agudos clarines se desgranan entre las desafiantes torres barrocas y las portadas platerescas y neoclásicas de los palacios de la gran plaza próxima. Al fondo, al doblar un recodo callado, bajo un caserón timbrado con viejo escudo de armas, desaparece muy lentamente, camino de su morada, la silueta dolorida, recortada en la noche como una sombra evocadora de mil mensajes de amor eterno, la imagen policromada del Cristo atado a la Columna.

El silencio sigue siendo el protagonista de la más dramática de todas las noches. Una sensación de dolor, de angustia mal disimulada invade todo el ambiente. En la esquina flanqueante una siniestra gárgola ha mudado su terrorífica mueca, estremeciéndose en su propia y pétrea esencia.

Las gentes vuelven, en silencio, a sus casas. Familias enteras susurran en baja voz, de oído a oído, las sensaciones del momento y las comparan con otras de idénticos instantes vividos años atrás; en su penitencia se pierden entre las calles resbaladizas cubiertas por regueros de pálida cera quemada. Un camión comienza a encharcar de agua las aceras. Un farol de luz amarilla, dueño de una esquina, hace un guiño apagándose finalmente como queriendo jugar a un siniestro juego del escondite. Los ecos de los tambores ya son tan solo un recuerdo en el nocturno que se difumina con el paso, lento y pesado, de las horas en busca del amanecer.

A lo lejos, un portal cierra sus dos hojas dejando a la noche fuera, en la calle. Un campanario olvidado, lejano, desgrana casi en silencio, unas campanadas que tañen a muerte como un lamento infinito. Todo se ha quedado vacío, en silencio, nadie discurre ya por las calles en esta madrugada de dramático Jueves Santo. De un balcón próximo se advierte, todavía vago, el aroma de unos claveles húmedos que perfuman la noche con un olor profundo, penetrante, mágico, esperanzador.

Finalmente, es primavera.