Las costumbres sociales más arraigadas, antiguas y comunes a todos los pueblos, tienen mucho que ver con el tratamiento del difunto, su entierro y comitiva fúnebre, que ha incorporado ciertos elementos mágicos y religiosos que ha tenido siempre el muerto y su entierro.

Diodoro de Sicilia, en su Biblioteca Histórica del siglo I antes de C., se hace eco de costumbres de esa naturaleza, referidas al Egipto de los faraones: “Cuando alguien muere, todos los parientes y amigos se untan de barro la cabeza y recorren la ciudad lamentándose hasta que el cadáver recibe sepultura. No toman baños, ni vino, ni otro alimento, ni llevan trajes vistosos. Exiten tres clases de entierro: el costoso, el normal y el humilde. Dicen que en el primero se gasta un talento de plata, en el segundo veinte minas y en el último el gasto es mínimo”.

Los extremeños bañaban al difunto para que su alma se presentara limpia ante Dios y rasgaban sus vestiduras para que no encontrara impedimentos en salir del cuerpo; con ese propósito abrían también las ventanas. El cuerpo debía sacarse con los pies por delante, mientras los presentes hacen comentarios elogiosos del muerto y es obligado formar parte del cortejo al camposanto. En Castellón iban con sombrero de copa. En las aldeas asturianas una mujer enlutada portando un cirio encendido iba justo detrás del monaguillo, y sobre la cabeza un cesto lleno de crespones negros; en pueblos vizcaínos en lugar de crespones portaban un par de panes. En los pueblos de Cataluña el cortejo lo componían tres filas y en la del centro iban los familiares y amigos más cercanos; en el Valle de Arán la comitiva la encabezaban los hombres, seguidos del clero, el muerto y las mujeres. Entre los extremeños el cortejo lo presidía la viuda que gritaba: “Me dejas, me abandonas; te llevas el consuelo de mi corazón…”, mientras repetía tres veces el nombre del marido. Aunque en muchos lugares lo habitual era que la viuda no acudiera al entierro.

Los gallegos asistían al entierro con capa y chistera, un atuendo similar al usado en las bodas; las mujeres, cuando formaban parte del cortejo, vestían con mantilla negra y capucha. También acostumbraban a dar limosnas a los pobres que iban al entierro; los que disponían de recursos daban incluso de comer a los asistentes, como última voluntad del difunto, a quien se le descontaban días de Purgatorio por esa acción. Incluso repartían ropa, aunque los “vivos” suprimieron esa costumbre desde el siglo XVIII porque disminuía la masa de la herencia.

En algunos lugares asturianos la comitiva fúnebre paraba en algunos lugares para la colecta de fondos, mientras el cura entonaba los responsos y recogía el donativo en su bonete para bien del alma del muerto y para decirle misas.

Cuando el fallecido era un niño, después del entierro se organizaba un baile, aunque esta costumbre no encajaba muy bien con las plañideras o lloronas pagadas. Todavía en el siglo XVIII había en España cofradías que llevaban al difunto en brazos. Al suprimir los entierros en las iglesias, tuvieron que crear el oficio de cargador de muertos; luego empezaron a llevar a los difuntos en carros o carrozas tiradas por animales, según la condición del finado. En los pueblos más pequeños usaban andas para llevar el cuerpo del fallecido al cementerio; se tiene noticia del uso de escaleras de madera para este mismo fin. En Menorca usaban mulos para este transporte; y en el Valle del Alberche, a horcajadas sobre un asno, con la cabeza apoyada sobre un hombre que va por delante, junto a las orejas del animal. En Tortosa tenían literas.

A principios del siglo XVII las clases pudientes usaban el ataúd y se consideraba pecado de vanidad que un pobre fuera enterrado de esa manera: lo más habitual era meter en el hoyo al muerto, envuelto en una sábana.

Lo de ahora no hay que explicarlo. Lo conocemos todos.